¿Qué lugar ocupo aquí?
En este país, en esta ciudad, incluso en este contexto virtual, me pregunto.
«Nací en España, ya desarraigada»
A veces pienso que no tengo mucho que decir más allá de lo que escribí para el prólogo de este libro. No es verdad: podría hablar horas y horas sobre todo lo que subyace en él.
No tengo vergüenza en decir lo mucho que me hacen llorar los poemas de Paloma. Sus palabras, que vienen de su propia experiencia vital, resuenan y despiertan en mí recuerdos bloqueados, heridas que no sabía que tenía.
Si a ti el racismo te suena a algo ajeno, si piensas que no hay «tanto» racismo (¡como si existiera un nivel aceptable mayor que cero!), o que son «unos pocos que hacen mucho ruido», tal vez no llegues a entender el alcance de este libro o lo especial que resulta para mí. Tal vez a ti te escueza leerlo, tal vez cuando lo leas pienses que es algo imaginado, algo exagerado, magnificado.
También existen otras posibilidades: que reconozcas un daño causado, que te des cuenta de que una vez invalidaste la experiencia dolorosa de una persona, de que al no ver colores, tampoco ves la herida provocada. Tal vez te animes a preguntarte, a preguntar, a reaprender. La posibilidad remota de que ocurra algo de esto me hace ver lo necesario de este libro.
No voy a recomendar este libro a la ligera, porque no es para todo el mundo. Pero si leíste «Pachinko», y te horrorizó el trato de los japoneses a extranjeros; si te marcó la experiencia del protagonista en «En la Tierra somos fugazmente grandiosos»; si piensas que estas cosas solo ocurren en Estados Unidos o décadas atrás en el tiempo, tal vez es hora de preguntarse si está pasando aquí.
Es un libro para leer entre líneas. Lo que yo veo en ese libro, tal vez no lo veas tú. Porque veo el agotamiento al tener que justificar un color de piel, unos ojos distintos; la obligación impuesta de ser minoría modélica: el doble de esfuerzo para conseguir la mitad.
Y a pesar de ver todo eso, este libro es especial: porque la herida que abre, también acompaña. Su experiencia fue única, pero el resto de la diáspora también hemos sentido cosas similares. Para mí, es como llorar acompañada, bajo un abrazo invisible hecho de palabras que te recuerdan que no estás sola.
Es un testimonio de lo que nos toca vivir, en un país en el que hemos nacido, pero en el que nos miran como extrañas. Uno en el que desde pequeñas, nos ha tocado ser mayores. En el que, como niñas, nos ha tocado ser madres de nuestros padres, lidiando con cartas institucionales, llamadas a operadoras, burocracia y papeleo.
¿Qué lugar ocupo aquí? Me pregunto.
Qué más da, me respondo. Lo importante es que estoy aquí.
P.D.: si tenéis la oportunidad, id a ver recitar a Paloma Chen donde podáis.