No Verão de 1969 o homem pisou, pela primeira, vez a Lua. Este acontecimento parece hoje muito remoto mas também já naquele tempo aparentava ser um facto muito longínquo. Numa localidade da Andaluzia - mais precisamente em Mágina - um rapaz vive este acontecimento com a paixão e o fervor típicos dos adolescentes. A par do cinema, da televisão e dos livros de ficção científica, o rapaz coloca na Lua toda a essência da sua vida e assiste ao nascimento de uma nova era. É uma história de iniciação em que os progressos científicos fazem com que o sonho adolescente de uma vida mais plena e satisfatória ganhe uma outra dimensão. Em O Vento da Lua o leitor é intimamente tocado pela emocionante expectativa de um adolescente perante a vida, pelo desfasamento sociológico da Espanha franquista e pela limitada, comovedora e poética vivência rural dos anos sessenta. O lirismo, o humor e a exaltação imaginativa aliam-se a este fresco narrativo que muito tem de autobiográfico. Uma prosa sedutora e envolvente que se revela uma homenagem a todos os adolescentes.
Antonio Muñoz Molina is a Spanish writer and, since 8 June 1995, a full member of the Royal Spanish Academy. He currently resides in New York City, United States. In 2004-2005 he served as the director of the Instituto Cervantes of New York. He was born in the town of Úbeda in Jaén province. He studied art history at the University of Granada and journalism in Madrid. He began writing in the 1980s and his first published book, El Robinsón urbano, a collection of his journalistic work, was published in 1984. His columns have regularly appeared in El País and Die Welt. His first novel, Beatus ille, appeared in 1986. It features the imaginary city of Mágina — a re-creation of his Andalusian birthplace — which would reappear in some his later works. In 1987 Muñoz Molina was awarded Spain's National Narrative Prize for El invierno en Lisboa (translated as Winter in Lisbon), a homage to the genres of film noir and jazz music. His El jinete polaco received the Planeta Prize in 1991 and, again, the National Narrative Prize in 1992. His other novels include Beltenebros (1989), a story of love and political intrigue in post-Civil War Madrid, Los misterios de Madrid (1992), and El dueño del secreto (1994). Margaret Sayers Peden's English-language translation of Muñoz Molina's novel Sepharad won the PEN/Book-of-the-Month Club Translation Prize in 2004. He won the Jerusalem Prize in 2013. He is married to Spanish author and journalist, Elvira Lindo.
Hay edades en las que uno no quiere vivir: quiere despegar.
Cambiar de habitación, discutir menos con los padres o aprender a soportar con dignidad el calor, la misa, el colegio, los silencios familiares y la ropa que pica sabe a muy poco. Despegar. Salir disparado hacia cualquier parte, aunque sea hacia la Luna, con tal de que quede suficientemente lejos de la mesa camilla, de los mayores, del miedo, del cuerpo propio y de una España donde moverse ya parecía una insolencia.
Eso es, en buena medida, El viento de la luna: la historia de un muchacho que mira el Apolo XI como quien mira una promesa íntima. Mientras Armstrong y compañía preparan su pequeño paseo por la eternidad, él vive en Mágina, en 1969, entre la infancia que se acaba, una adolescencia que llega con más torpeza que épica, una familia campesina, una educación sentimental hecha de prohibiciones, lecturas, vergüenza, deseo y rabia, y una España tardofranquista donde el futuro parecía llegar siempre por televisión.
Llamarla novela de iniciación sería correcto, pero un poco tacaño, como archivar el libro en una estantería demasiado cómoda. El muchacho descubre la juventud, sí, aunque sobre todo descubre la desproporción. De pronto, el mundo es mucho más grande que su casa, más grande que Mágina, más grande que los mandatos familiares y las verdades aprendidas en la escuela o en la iglesia. Y esa revelación, lejos de salvarlo de inmediato, vuelve casi insoportable todo lo que hasta entonces parecía inevitable.
La idea es magnífica: contraponer la conquista de la Luna, ese momento en que la humanidad se mira a sí misma con cara de especie triunfante, con la vida íntima de un adolescente en una España pobre, inmóvil, doméstica, llena de olores, rutinas, mandatos y pequeñas humillaciones.
En la televisión, el futuro. En la casa, el pasado sentado a la mesa.
Mientras el mundo mira hacia arriba, en esa casa la modernidad puede reducirse a una ducha rudimentaria, con un bidón de gasolina haciendo de depósito en el tejadillo del retrete. Ese detalle, casi grotesco si no fuera tan real, resume mejor que cualquier discurso la distancia entre la épica tecnológica y la precariedad cotidiana. Fuera, los astronautas flotan en el espacio; dentro, un chico se ahoga en la provincia, en el cuerpo, en la familia, en la historia heredada.
Y ahí la novela encuentra sus mejores momentos, porque Muñoz Molina entiende muy bien que la nave que despega solo cuenta una parte de la épica. La otra ocurre en esa conciencia adolescente que empieza a separarse, como puede, del mundo que la fabricó.
La prosa tiene esa cualidad tan suya: envolvente, minuciosa, sensorial, por momentos casi hipnótica. Muñoz Molina escribe como si recordara con todo el cuerpo. La época aparece sudada, olorosa, llena de crujidos, hecha de habitaciones, campos, voces familiares, programas de radio, calor, polvo, ropa limpia y cuerpos cansados.
La memoria aquí se parece muy poco a una postal sepia o a un ejercicio nostálgico de “qué tiempos aquellos”, cosa que conviene celebrar discretamente. Es una materia ambigua, hecha de ternura y aspereza, de belleza sin barniz, de amor por lo perdido y de una necesidad urgente de huir de ello.
Y esa ambigüedad se nota especialmente en la forma en que la novela mira la familia. Hay refugio, sí, pero también límite; afectos hondos y una incomprensión que no necesita grandes escenas para hacerse sentir. El protagonista mira su mundo de origen con cariño, deuda, vergüenza y distancia, sin repartir carnés de atraso desde la comodidad del adulto ni convertir la casa familiar en un álbum demasiado bien iluminado.
Ahí está el padre, por ejemplo, con la azada, con el cansancio antiguo del trabajo físico, con esa resignación de quien apenas ha tenido tiempo para preguntarse si quería otra vida. Desde los ojos del muchacho, la madurez adopta una forma poco heroica: un cuerpo que se va rindiendo poco a poco. Y ese contraste entre el sueño lunar y la fatiga terrestre es uno de los golpes más discretos y más duros de la novela.
En ese mundo hay cariño, deuda, culpa, vergüenza y distancia. La inteligencia del adulto que recuerda convive con la impaciencia feroz del adolescente que quería largarse. Y esa mezcla, cuando funciona, le da al libro una verdad emocional muy reconocible: crecer consiste a veces en amar algo y necesitar alejarse de ello al mismo tiempo. Una faena bastante poco elegante, si quieres, pero muy humana.
El adolescente de El viento de la luna vive en una tensión continua entre lo que tiene delante y lo que imagina. Lee, observa, desea, se avergüenza, fantasea; se sabe distinto, se nota encerrado, intuye un mundo que todavía no sabe nombrar.
El cuerpo también empieza a hablar, con la torpeza, la urgencia y la culpa propias de una educación donde el deseo aparece enseguida vigilado por la sombra del pecado. Muñoz Molina capta muy bien esa edad en la que el placer llega mezclado con miedo, secreto y una especie de sospecha moral contra uno mismo.
La Luna funciona entonces como símbolo, aunque Muñoz Molina evita pasearla por la novela con cartelito explicativo y palmada en la espalda. La Luna es distancia, futuro, ciencia, aventura, evasión, pureza, mentira, posibilidad. También es una pantalla donde proyectar la propia fuga. El muchacho mira a los astronautas, pero lo que necesita de verdad es dejar de ser prisionero de una versión demasiado estrecha de sí mismo. Quiere que exista otro aire.
Hay algo hermoso en esa mezcla de Historia con mayúscula y biografía pequeña. Muñoz Molina siempre ha tenido una sensibilidad especial para hacer que lo privado roce lo histórico sin que una cosa devore a la otra. Aquí la llegada del hombre a la Luna abre una grieta en la realidad de todos los días.
De pronto, en una casa donde todo parece repetirse desde hace generaciones, entra una imagen imposible: unos hombres caminan en otro mundo. La televisión se convierte en una ventana casi sobrenatural. Y para un adolescente que ya está empezando a sospechar que vivir no puede consistir solo en obedecer, estudiar, callar y parecer normal, esa imagen tiene la fuerza de una revelación.
Conviene avisarlo: El viento de la luna avanza con poca prisa y deja los golpes de trama bastante lejos del centro. Quien busque peripecias, giros, fuegos artificiales narrativos y gente corriendo por pasillos con documentos secretos quizá debería abastecerse de paciencia o cambiar de mostrador. Esta es una novela de atmósfera, de memoria, de acumulación. Su movimiento es interior.
Avanza como avanzan ciertos recuerdos: por asociaciones, por insistencias, por capas, por detalles que vuelven. Y eso puede ser una virtud enorme o una zona de fricción, según el lector y según el momento en que lo lea. Muñoz Molina no tiene miedo a demorarse. A veces esa demora intensifica el mundo; otras, puede rozar cierta pesadez contemplativa. Pero incluso cuando uno siente que el libro se queda más tiempo del estrictamente necesario en una escena o en una sensación, hay una convicción de fondo que sostiene el conjunto: recuperar una época desde dentro, como algo vivido antes de convertirse en relato.
Pero cuidado con la nostalgia: la nostalgia aquí tiene dientes. Recordar la adolescencia implica regresar al lugar donde uno empezó a romperse para poder convertirse en otra cosa. Nada de violines acariciando la juventud perdida: más bien el regreso incómodo a esa edad en la que todo empieza a quedar pequeño antes de que exista una salida.
En sus mejores páginas, Muñoz Molina capta muy bien esa incomodidad retrospectiva: el adulto sabe más, entiende más, perdona más; pero el chico que fue todavía está ahí, con su furia intacta, mirando a los mayores como si pertenecieran a una especie incomprensible, mirando su casa como si fuera una cápsula de la que nadie le ha enseñado la escotilla.
Quien haya leído El jinete polaco reconocerá aquí el territorio de Mágina y esa manera de convertir la memoria en una sustancia narrativa, aunque el movimiento es otro. Allí había una amplitud casi generacional, un mosaico más ambicioso, una voluntad de abarcar vidas, tiempos y herencias.
En El viento de la luna, Muñoz Molina estrecha el foco y nos mete dentro de una conciencia adolescente mientras el mundo empieza a resultarle insuficiente. La escala es menor, pero la presión interior quizá sea más directa.
Es fácil pensar en otras novelas de formación, pero El viento de la luna tiene un tono muy propio. El retrato psicológico del muchacho importa, claro, pero alrededor late una España de 1969 material y moral: las jerarquías familiares, la religión, la pobreza, la educación, la diferencia entre campo y ciudad, el peso de los apellidos, las expectativas sociales, la vigilancia sobre el cuerpo y el deseo.
Frente a ese mundo, la imaginación se vuelve una herramienta de supervivencia. Leer, mirar la Luna, soñar con otras vidas: todo eso parece poca cosa desde fuera, pero desde dentro puede ser el primer acto serio de desobediencia.
Y ahí está uno de los grandes aciertos del libro: la vocación, la inteligencia o la sensibilidad pueden nacer lejos de la habitación ideal con luz perfecta y biblioteca ordenada; a veces aparecen en medio del ruido, la incomodidad, la culpa y la falta de espacio.
El protagonista llega a los libros como quien encuentra una salida secreta, bastante lejos de cualquier club refinado. Esa relación con la lectura —menos decorativa que vital— es de lo más hermoso de la novela. Leer no lo vuelve automáticamente mejor, más puro ni más feliz; le da una distancia. Y a ciertas edades, una distancia puede equivaler a una forma de oxígeno.
Quizá por eso El viento de la luna gana fuerza cuando la leemos como una novela sobre la distancia entre lo que somos y el lugar del que venimos, más que como una evocación generacional cerrada. Todos tenemos, de una forma u otra, nuestra Mágina particular: una casa, una época, una educación, un idioma emocional, una serie de normas no escritas que un día empezaron a quedarnos pequeñas.
La novela habla de eso sin convertirlo en consigna. Habla del momento en que uno empieza a mirar su mundo con amor y con rechazo, con gratitud y con impaciencia, con la sensación culpable de que marcharse será una traición y quedarse sería una condena.
No sé si El viento de la luna es la novela más perfecta de Muñoz Molina —seguramente no—, pero sí me parece una de las que mejor muestran su capacidad para convertir la memoria en territorio moral: un ajuste de cuentas íntimo con aquello que nos formó antes de que supiéramos defendernos.
La Luna, al final, importa tanto porque está lejos. Porque brilla sobre ese muchacho como una promesa absurda y necesaria. Porque mientras el mundo celebra que el ser humano ha pisado otro cuerpo celeste, él empieza a comprender algo mucho más modesto y mucho más decisivo: que también él tendrá que encontrar la manera de salir de la órbita familiar, de la órbita histórica, de la órbita de sí mismo.
Y esa, bien mirada, es una aventura espacial bastante seria. Menos fotogénica que la de Armstrong, de acuerdo. Sin bandera, sin escafandra y sin Mundovisión. Pero para quien ha tenido alguna vez trece años y ha sentido que su vida estaba ocurriendo en el lugar equivocado, probablemente igual de peligrosa.
«Pero en los sueños de cada amanecer vuelven los que se fueron yendo uno por uno a lo largo de los años, y en sus presencias regresadas hay algo, un punto de rareza, de absorta melancolía, que me avisa sin que yo sepa comprenderlo de que aunque los vea y les hable y me parezca que permanecen idénticos a mi recuerdo ya no están en este mundo de los vivos.»
Hacía tiempo que unas líneas no me dejaban tan triste pero a la vez ponían tan bien en palabras algo que siento algunas madrugadas al despertar; de ahí las 5 estrellas, que deberían ser 4 en líneas generales. He disfrutado especialmente con las descripciones de este autor, tanto las de los entornos rurales y domésticos donde transcurre la novela, como las del espacio, donde se imagina el protagonista, que vive con entusiasmo la llegada del hombre a la Luna. Una muy grata sorpresa.
Beim Zeus! Wer auf Wissenschaft und Technik steht und wer der Poesie nichts abgewinnen kann, dem rate ich tunlichst von diesem Buch ab! Der Klappentext verspricht zumindest einen Einblick in das Leben eines 12-13 jährigen Jungen im Andalusiens 1969 während der Mondlandung. Was man bekommt, ist genau das. Leider nicht viel mehr, außer dass der Junge ständig am Wichsen ist, seine Eltern nicht versteht und nur Bücher liest. Außerdem liebt der Autor Kommas über Alles! Pro Seite - zwei Sätze. Dem Buch fehlt vor allem Handlung. Gefühlt spielt es nur in der Zeitspanne während der Mondlandung - also vom Start bis zur Landung - der Rückflug war offensichtlich überflüssig. Zwischendurch gibt es einen unerklärlichen Zeitsprung in den Dezember der Vorjahres - wahrscheinlich weil der Junge da rausgekriegt hat, dass der Pimmel noch zu anderen Sachen gut ist. Ich kann da leider nicht aus Erfahrungen schöpfen, aber vielleicht denkt ein 12 Jähriger wirklich nicht weiter als seine Körperflüssigkeiten fliegen können - für mich als Leser war es jedoch langweilig bis ekelig. Aber ich bin wahrscheinlich nicht die Zielgruppe. Das Buch hatte ich vom Flohmarkt der Stadtbibliothek - und eingeordnet war es unter "Familie". Interessante Wahl.
Einzig positiv möchte ich die Beschreibungen der Geschichte der Eltern, Großeltern und Nachbarn erwähnen - darüber hätte ich wirklich gerne mehr erfahren.
Me encanta el Muñoz Molina reminiscente de su infancia en un pueblo perdido de Jaén, el contraste entre la pobreza material y mental de su entorno y los avances que le van llegando a través de los medios de comunicación. Me gusta sobre todo porque sabe distinguir perfectamente entre capacidades y circunstancias, el atraso no es nada endémico de un pueblo o una región sino la consecuencia de la pura mala suerte de haber nacido en un lugar y en una época determinados. MM sabe homenajear a la gente de su entorno con la que se sintió completamente enajenado, la diferencia nunca se convirtió en desprecio. Y si te lees esta novela y después echas mano de los "Tintos de verano" de Elvira Lindo como he hecho yo, la experiencia es realmente inimitable.
Wat een prachtig boek is dit! Ooit ga ik het eens lezen. Maanstorm, in die fantastische poëtische kaft, was hier een paar keer langsgekomen, maar het boek lezen, dat was er tot nu toe nog niet van gekomen.
Graag wilde ik nu juichend het huis uitlopen om te verkondigen dat ik een nieuw meesterwerk ontdekt had, maar helaas. Hoe hard het ook klinkt, de foto op de kaft is meteen het mooiste aan dit boek. Niet dat het barslecht is natuurlijk (anders had ik het niet uitgelezen), maar deze nostalgietrip van de vorige generatie is niet aan mij besteed.
Natte dromen van Raquel Welch (en de schuldgevoelens daarover), de jongensavonturenboeken van Jules Verne, het eindeloze geworstel met geloof en verdoemenis en de nooit verteerde oorlog die maar blijft rondspoken… het tijdsbeeld dat Molina schetst van Spanje in de jaren ’50 en ’60 komt erg vertrouwd over. Het zou net zo goed Vlaanderen kunnen zijn. Toch klikte het niet. De strijd van de dertienjarige Antonio voelde nergens aan als de mijne. Misschien is dat een generatieding.
En toch: ik denk dat hier een heel mooie film in zit. Aangespoord door die poëtische kaftfoto zie ik de beelden al voor mij. Zelfs dat ontbrekende splitsingsteken op de kaft stoort me niet. Ik ben vrij.
De 10 cómo se combinan elementos en esta novela: la vida rural y la carrera espacial. La nostalgia y la dureza. La infancia y la adolescencia. Todo mientras la modernidad penetra poco a poco, como un invasor, en las callejas de un pueblo de Jaén.
Me ha gustado mucho. El autor narra historias de su infancia con el trasfondo de la llegada del hombre a la Luna. Como todo lo que escribe Muñoz Molina, la narrativa es extraordinaria.
La mayor parte de la obra está escrita con una prosa demasiado densa. La historia es interesante, pero está muy recargada, es repetitiva y tiene un exceso de adornos que entorpecen su disfrute.
Di una lentezza esasperante, praticamente in 300 pagine non succede nulla, sono solo le considerazioni del protagonista adolescente sulla propria vita, partendo come base dallo sbarco sulla luna del 1969, che lo porta a considerare il proprio ambiente come stretto e soffocante. Ho fatto molta fatica a finirlo.
Una historia simple y tierna, narrada con maestría (lo cual no sorprende tratándose de Muñoz Molina) Tal vez la historia parezca muy sencilla y poco pretenciosa pero son ésas las que suelen llegar al corazón. Un novela querible.
El inicio del libro es muy bueno, enmarcado desde la perspectiva de un niño y sus quehaceres cotidianos, pero por momentos divaga mucho, creo que la misma historia puede haberla contado en 180 paginas y haberse ahorrado las restantes 135.
Tal vez he empezado a leer este libro en un momento poco adecuado, quizá lo retome algún día, sin embargo hoy llego hasta la pagina 84 y me sorprendo como llegué tan lejos, hasta el momento siento que no ha pasado nada, no esclarezco que quiere tratar el autor. No lo he disfrutado nada.
Juli 1969: Neil Armstrong, Edwin „Buzz“ Aldrin und Michael Collins fliegen zum Mond. Ich war 9 und bei meinen Großeltern in Italien in den Ferien. Natürlich war das für die Kindern meiner Generation DAS EREIGNIS. Der Namenlose Protagonist des Romans ist 13 und lebt in einem unterentwickelten Teil von Andalusien, in einem Haus ohne Anschluss an die Wasserversorgung aber seit kurzem mit Strom also mit Fernsehanschluss. Er hat vor kurzem das Onanieren entdeckt. Ein Hobby den er mit Genuss und schlechtem Gewissen ausgiebig frönt. (Bei mir wird es noch ein paar Jahre dauern.) Spanien 1969: Das Ende des Bürgerkrieges liegt 30 Jahre zurück. Die Wunden, die er aufgerissen hat, sind aber nicht verheilt und bluten noch. Ein Nachbar der als Kriegsgewinnler die Familie des Protagonisten um ihre Ersparnisse betrogen hat und auch andere Nachbaren Land zu Spottpreisen abgekauft hat, liegt im Sterben. Krebs frisst sich durch seine Eingeweiden. Ein anderer Nachbar, ein falangistischer Richter, der Duzende am Ende des Krieges in den Tod geschickt hat und ein paar Jahre vorher bei einem Attentat das Augenlicht verloren hat, hat sich erhängt. Unterdessen fliegen die drei Amerikanische Astronauten weiter. Gebannt schaut die Welt zu. Werden sie im Mondstaub versinken, wie es unbedarfte Kosmologen voraussagen? Werden wir im Jahr 2000, der noch so weit weg scheint, wie ich, alle meine Freunden und der Protagonist hoffen, den Mond besiedelt haben, Missionen zum Mars geschickt haben, Raumschiffe jenseits des äußersten Planeten (Pluto der damals noch ein Planet war) unterwegs zu unbekannten Zivilisationen geschickt haben? Ich schweife ab. Die Mondlandekapsel koppelt sich los. Armstrong und Aldrin lassen Collins zurück. Er wird die nächsten 24 Stunden allein in der unglaublich verletzlichen Büchse verbringen. Er wird alle 72 Minuten 48 Minuten ohne Kontakt zur Erde oder zu seinen Kameraden auf der dunkle Seite des Mondes verbringen. Der einsamste Mensch im Universum. Zeit, das Vergehen der Zeit ist vielleicht Muñoz Hauptthema. Meine Zeit verging damals langsam. Die Sommerferien dehnten sich endlos aus. Draußen im Weltall war jede Minute berechnet. Und dann die späte Nacht des 20. Juli (oder war es bereits des 21. ?) alle Welt schaut der Mondlandung zu. Nur wir nicht. Meine kommunistische Großmutter, die bis zuletzt auf einen Sieg der Sowjetunion in diesem Rennen gehofft hatte, schaltet den Apparat ab und schickt uns ins Bett.
Un libro hermoso y apacible, sobre un adolescente observando el universo y sintiéndolo tan amplio e inconquistable en relación con su propio mundo rural y campesino.
La historia sucede en 1959, en Magina, una zona rural Española desde donde este niño observa fascinado el cielo, la luna, la tierra y sus milagros
"Quién puede conformarse con la seca y pobre textura de la realidad inmediata, de las obligaciones y sus mezquinas recompensas, con la explicación teológica, sombría y punitiva del mundo que ofrecen los curas en el colegio o con la expectativa del trabajo en la tierra al que mis mayores han sacrificado sus vidas y en el que esperan que yo también me deje sepultar"
Es un libro sobre ciencia, sobre astronomía, sobre el tejido fantástico de que esta hecha la realidad, sobre la materia castigadora de los dogmas -la religión, la política-. También es un libro sobre el crecimiento, el difícil descubrir la responsabilidad, el deber ser, el juicio y demás cosas que trae la mirada ajena con los pelos en las piernas, los nuevos deseos y la incertidumbre.
"Yo no había probado el sabor agrio del trabajo obligatorio ni sabía que en la penumbra sabrosa de la soledad pudiera agazaparse como un animal dañino la vergüenza"
En suma, no es el libro atropellado y estrambótico, no tiene suspensos ni suceden grandes cosas, solo los amaneceres, las cosechas, las tardes, la luna sobre el agua fresca del pozo... y unos hombres caminando en la piedra caliza de la luna, mientras un (casi) niño empieza a construir su universo.
Me gustó la pauta que, desde el inicio, enmarca al libro y lo acompaña en sus páginas: los avances de la tecnología y el cuestionamiento de un puberto que residen un alejado pueblo, rodeado de gente sin educación pero que también poco a poco han ido aprehendiendo estos cambios tecnológicos a su rutina. No por "saber más", el puberto, desdeña a sus familiares, sino los comprende, incluso cuando descubre que ha perdido toda relación con su padre. Es cierto que divaga mucho, entre sus aventuras del colegio, párrafos innecesarios sobre la llegada del Apolo 11 y sus peripecias con su tía Lola. Aunque el final es un tanto inesperado y nostálgico, no justifica para que se recomiende la novela. Si con lo dicho aquí te interesa, léelo, sino pasa de largo que no te pierdes de mucho.
Novela que narra las experiencias y esperanzas de un adolescente español en paralelo a lo que significa la llegada del hombre a la luna en su vida y en la de los otros en su familia y en su pueblo. Me parece que la parte final ya con esos fantasmas que te logran encontrar, el libro adquiere su verdadero significado. Hay pasajes muy lentos pero los personajes logran salvar el relato con esas simplezas producto de la ignorancia o de esa sabiduria que el protagonista lucha por mantener.
En 1969 España vive en plena dictadura franquista y un adolescente crece en un pueblo entre los estudios y ayudar a su padre en tareas del campo que no son muy de su agrado y sumido por no perderse ese hito que iba a marcar un antes y un después, la llegada del hombre a la luna. Entre historias de miseria, rencor, el joven solo quiere dar un paso más sin negar de donde es pero sin olvidar que podría optar a una vida mejor.
España año 69. Escenas de la vida rural en el sur. El paso de la infancia protegida, cálida, imaginativa a la adolescencia relatada con sordidez, aspereza y la dureza y la rutina del trabajo del campo. El contraste con la limpieza, la suavidad, la brillantez y la luminosidad de la misión del Apolo XI a la luna. De repente, ha pasado el tiempo y solo queda la añoranza de su padre. El padre que le miraba con una mezcla de ternura y desengaño.
Idea oli ennakkoon hyvä: vaatimatonta elämää Francon Espanjassa ja samaan aikaan lennetään ensimmäistä kertaa Kuuhun perille asti. Ei vain oikein innostanut - oliko (taas) liikaa murrosikäisen pojan kasvua hyvin suorasukaisin sanoin, liikaa sinänsä kiinnostavaa kuvausta vihannestarhuriperheen elämästä ja työstä vai mikä, en tiedä. Ja loppu oli jotenkin yllättävä, oliko tässä koko ajan vain muisteltu?
Me gustó el tema de la astronomía entrelazado con la vita da campesino de un pueblo de Andalucía, y con en el fondo los acontecimientos históricos de la guerra Civil en España y de lo que pasó a la gente en los 30 años que seguiron. Claro, es solamente un poco de contexto para quien no sabe mucho del periodo franquista.
Muchos pasajes y capítulos enteros son de cuatro estrellas. Creo que hay un exceso de páginas dedicadas a la aventura espacial (obsesión del chaval) y también del despertar sexual (pajillero obsesivo, como to...) que lastran y entorpecen la lectura. Pero mira Moby Dick, la mitad de los capítulos dedicados a las ballenas. Es lo que tiene lo obsesivo.
Esta es la historia de un niño que abandona su niñez en la España de finales de los 60. El franquismo, la Iglesia y el qué dirán chocan con las inquietudes del protagonista que, como Neil Amstrong poniendo un pie sobre la Luna, huirá de toda la tradición impuesta para poner un pie en la ciencia, el razonamiento y el autodescubrimiento.
Qué durísima la España de la posguerra, y es que no acaba hasta la muerte del dictador. Es 1969 y a través de los ojos de un adolescente en un medio rural comprendemos esa época que tantas luces y sombras tuvo, porque no basta con abundar en lo negativo, que lo hay, es importante darse cuenta de cómo también existía una cercanía entre personas, familias, vecinos que con los años se perdió.
Dicen que "El jinete polaco" es un buen libro de éste autor, peor El viento de La luna es tan mediocre que no me voy a aventurar. El escuchar la narrativa del alunizaje de 1969 visto a través de los ojos de un pueblo infecto en el medio de la nada española tiene su encanto. pero hasta ahí da el libro. Costumbrista, con ciertos intentos de denunciar a la españa franquista pueblerina. Pero su obsesión con la marginalidad del adolescente, y sus masturbaciones es realmente excesiva. Novela pobre, como el entorno en el que se desarrolla, y un tanto mediocre, como su personaje principal. Raro, porque las otras recomendaciones de la amiga de Victoria resultaron muy acertadas (crímenes imperceptibles, Oscar Wao)
Me ha gustado mucho. Viajar en el espacio con una actitud materialista y poética en partes iguales, como de panteísmo científico. Ver enfrente las conexiones del Universo entre la Luna y la España franquista. Pajas adolescentes en un rancho a mal traer en un pueblo perdido, pero con la chispeza de un mundo interior significativo, la curiosidad, la renuncia al catolicismo rancio y la incomprensión de la familia. En ocasiones resultó cansino de leer, pero el resultado es querible, como alguien más comentó.
Especie de memorias noveladas, la historia transcurre mientras se lanza el Apolo XI y Armstrong pisa la Luna. En la Tierra, en Andalucía, en Mágina, las familias tratan de salir adelante conviviendo con el pasado y esperando mejor futuro.
Es sencillamente cercano, al punto que es fácil que nos reconozcamos en más de una ocasión. Divertido y crítico con respeto y ternura: son los suyos.