Me pasó un poco como con la sidra, pero al revés: el contenido me interesaba muchísimo pero no me terminó de convencer la forma de verterlo.
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"En resumidas cuentas: no termino de entender por qué la gente se limita a jurarse amor eterno (aunque cada vez menos: eso sí lo sé). Debería tener el atrevimiento, en determinadas circunstancias, de jurarse deseo eterno.
Para Spinoza el deseo es el afecto básico, concibiendo la alegría y la tristeza como sus primeras variaciones y derivando todos los demás, incluido el amor, a partir de ellos.
Incapaz de pensar el fin de su amor (en este caso, del amor que está empezando), tampoco puede pensar que antes de este, que vive ahora como absoluto, único, excepcional, pudo haber otro que percibió exactamente de la misma manera, y tiende a considerar al anterior no ya prehistoria sino apenas pálida sombra, involuntario ensayo general fallido de lo que ahora se muestra como plenitud insuperable, incontestable, incomparable.
De tal manera que cuando se van, cuando los perdemos, cuando desaparecen de nuestras vidas, se llevan con ellos algo sustancial, básico, de nuestra realidad personal. Su muerte es nuestra muerte o -si es nuestra la decisión de terminar con ese vínculo- nuestro suicidio.
Nadie está más solo que el que piensa, acaso porque pensar no sea otra cosa que una específica manera de estar solo, como dijera María Zambrano-. Pero tal vez precisamente por eso a pocos le resulte más urgente amar que a quienes consagran su vida al ejercicio del pensamiento.
La premisa foucaultiana según la cual no son los individuos los que tienen experiencias, sino esas experiencias las que producen sujetos.
Del amor como fuente de energía, planteado por Platón; del amor como necesidad, propuesto por Spinoza; del amor como apasionada fusión sin mediaciones, pensado por Arendt, o del amor como resultado de prácticas sociales, señalado por Foucault.