Relectura feliz, una vez más. Y tercera entrega de la saga de Ed y Am Hunter (última en mi poder, la saga alcanza los siete títulos pero sólo se han traducido, y no todos, en baratas ediciones mexicanas muy difíciles de encontrar). Ed cuenta ahora con 20 años y se encuentra haciendo sus primeras armas en una agencia de detectives privados, siempre bajo el ala de su tío Am, que también ha regresado al oficio (y le ha conseguido la chaga a su pariente). El primer caso, realmente el primero ya que lleva apenas dos días trabajando, para Ed es viajar a un pueblito no demasiado lejos de Chicago y examinar el invento de un excéntrico científico para beneficio de su sobrina y posible inversora. Una tarea simple -más para un técnico que para un detective, reflexiona Ed- pero adecuada para empezar a desarrollar filo en el negocio, ¿verdad? No, claro que no, porque en nada aparecen los muertos, un sheriff que odia a los detectives, la posibilidad del primer amor y, además de todo, probablemente un licántropo suelto. Brown combina la mar de feliz sus pasiones -el policial con lo onírico, el misterio bien construido con el relato incluso de horror- y se mueve cómo pez en el agua, logrando (cuando no) un gran relato. Ed vuela solo por vez primera -Am queda atrás en Chicago y es singularmente secundario en esta entrega- y Brown aprovecha para moldear aún más su personalidad, definirlo todavía en mayor medida cómo su héroe protagonista, apelando a sus inseguridades pero también a sus códigos y valores, creando un gran personaje, en definitiva. Algún día conseguiré las novelas que me faltan (y ya puestos a soñar, los derechos para hacerlas en historieta).