Debo reconocer que me aproximé a 'Rokku - Una historia del rock japonés' con unas bajas expectativas, fruto de las lecturas previas que acometí años atrás sobre otros libros que abordaban mismo temario, con irregular acierto y, torpemente, minados de lagunas y mitificación occidental. Sin embargo, en este caso, a la lectura del prólogo empezó a asomar tempranamente una cierta redención. La honestidad, la honda documentación y la brillante agilidad hilando palabras del autor, terminaron por convencerme y difuminar cualquier prejuicio que pudiera albergar tras alcanzar las últimas páginas.
El gran "pero", no obstante, es el habitual y latente cuando se trata de una empresa de altura. Documentar un panorama musical tan amplio y maleable como es el rock y sus periferias en las mil y una expresiones niponas lleva implícito sangrantes omisiones u olvidos: ni una sola mención a J. A. Seazer (del colectivo Tenjo Sajiki), Boris, S.O.B (practicamente anonimizado todo lo relacionado con el hardcore japonés -no así sus fronteras con el noise y el punk primitivo- tan decisivo en la naturaleza identitaria del rock de los 80's-90,s), a las vanguardias que hacen frontera con el free jazz y la música contemporánea de cámara (Jyoji Sawada) o el rock progresivo de Bi Kyo Ran o Ruins, la nueva psicodelia de los 90's (White Heaven y, dañina especialmente su ausencia, Ghost). Pero si hay dos nombres propios en la historia reciente de la música popular japonesa negados o abandonados a su suerte por el autor, esos son Haco y su grupo poliestilista After Dinner y Fishmans, la auténtica revolución dub del siglo pasado.
Con todo, me reitero, bosquejo altamente reconmendado para iniciarse o ahondar en la superficie de un monstruo con mil cabezas.