La puerta del consultorio de la izquierda se abre y aparece un médico delgado, de cuello largo, manos de pianista y pelo entrecano (...) Lo miro con hostilidad. Siento la desconfianza que me despiertan los de su profesión. Los que ya no recetan por teléfono ni van a visitar a los pacientes a la casa, los que necesitan un sinfín de exámenes de laboratorio para diagnosticar un resfriado. Los que ostentan esa autoridad que tanto me incomoda (...) Veo a una madre en una de las bancas de afuera. Le da una ensalada de repollo a una niña parecida a mi nieta mayor. El rostro de la niña tiene una palidez que nunca antes había visto. Agradezco que el cáncer me haya dado a mí en lugar de a mi hija, o a las pequeñas, como si la adversidad tuviera una cuota previamente destinada a cada familia, como si las desgracias no pudieran sumarse hasta el infinito.
Miedo, esa es la palabra que nos invade antes de saber si tenemos o no aquella enfermedad, o cualquiera que nos modifique la vida. Miedo mientras esperamos los resultados, mientras hacemos el tratamiento y mientras esperamos que todo haya quedado eliminado. Pero el miedo también nos mueve, y a veces ese desacomodo es necesario para valorar lo que tenemos, la vida entera. “Ahora los días tienen una plenitud hasta hoy desconocida” (p.135).
Eso fue lo que sintió María Cristina cuando la ginecóloga le dijo que debían repetir la mamografía, después le hicieron una biopsia, después la cirugía para extraer una parte de su seno y el ganglio centinela. En ese proceso hay miedo, negación, esperanza, ansiedad, búsquedas en internet, miedo a perder el amor de la pareja, a perder una parte del cuerpo, miedo a la lástima, pero también a la soledad, aparecen nuevos amigos, testimonios consoladores, remedios caseros, miradas de amor, de incertidumbre, el apoyo de la familia… María Cristina tuvo todo eso, y también el amor de su esposo, quien estuvo en todo el proceso, acompañando, animando y sufriendo en silencio. La compañía de una pareja hace más llevadera la situación.
“Pero tranquila, que no te vas a morir de esto —continúa—. Si es un cáncer, te operamos. Ahora las mujeres pueden esperar curación total. No es como antes, que tenían que morirse”. La importancia de la detección temprana.
Últimamente he estado pensando mucho en la enfermedad, en general, pero que adquiere una dimensión fatal cuando es cáncer. Las palabras de María Cristina Restrepo resonaron conmigo muchísimo no sólo en torno al desgaste que produce el padecimiento en sí, sino al pensar en lo que podría o no podría ser, la espera inquietante de lo que va a pasar, una angustia que no se va aunque la enfermedad, aparentemente, se haya ido y, además, la conciencia clara que uno toma de tener que vivir con más intención, como si después de un diagnóstico así ahora todo lo que nos rodea adquiriera más peso.
Éste libro habla acerca de una mujer que es diagnosticada con cáncer de mama, sus miedos, sus pesares y su lucha contra la enfermedad. Eso sí, se trata de una mujer que tuvo acceso a medicina de primer nivel de manera rápida y no es que eso demerite su historia, pero si que da tristeza pensar cuántas pacientes se complican por no tener está clase de oportunidades.
En Octubre, mes de cáncer de mama vale la pena leer esta crónica con todos sus miedos y temores, molestias y exámenes penosos a los que nos tenemos qué enfrentar las mujeres. De la mano de una mujer temerosa, vamos viviendo esa angustia que da la espera del diagnóstico.