Un inclasificable elogio al acto creativo que aborda cuestiones tan heterogéneas como inconciliables: de las metopas del Partenón al toreo de Curro Romero. ¿Para qué ojos fueron creadas las enormes siluetas de Nazca? ¿Por qué los grandes creadores se empeñan en resolver aspectos de sus obras que ningún ser humano puede llegar a valorar? Con una mirada irónica, polémica y apasionada, el autor analiza este misterioso fenómeno a través de las obras maestras de la arquitectura, la pintura, el cine, la jardinería, los toros y el teatro y deduce que sus autores actuaron como si sus trabajos pudiesen ser observados por un ser superior. Y concluye: en vista del sopor que el agnosticismo contemporáneo es capaz de producir, ¿no sería mejor hacer «como si» Dios existiese y pudiera juzgar nuestras obras?
Vaya absoluta joya he encontrado. Este libro es maravilloso. Tusquets habla sin pretensiones de variadas disciplinas artísticas (arquitectura, pintura, escultura, teatro, jardinería, toreo, etc.) y llega a la conclusión de que sus máximas expresiones en cuanto a calidad y detalle tienen una dimensión necesariamente espiritual.
¿Cuál es el propósito último del arte? Se pregunta Tusquets. Si bien no tiene una respuesta demasiado clara (está constantemente planteando dudas que son incluso contradictorias), transmite la idea de que los grandes artistas han elaborado sus obras para que sea Dios quien las juzgue.
"Aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer 'como si' Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?" (p. 161).
Me ha encantado, sobre todo, el capítulo sobre mística y realismo: explica que, en la antigua cultura egipcia, el máximo realismo en las representaciones tenía como objetivo que el espíritu del difunto encontrara su cuerpo. En esta línea, me ha parecido fascinante su reflexión sobre el toreo y la muerte como una experiencia trascendental. Y también, cómo no, su admiración hacia los pintores que hacen borrones, que aparecen manchados en su proceso creativo, que no paran de desechar obras hasta llegar a la máxima expresión de calidad.
Es un libro generalmente poco conocido, pero totalmente recomendable para todos los amantes del arte en sus diferentes facetas. Resulta maravilloso pensar que todas las inquietudes artísticas (tanto de creación como de público) sirven para acercarnos a Dios.
Es indudable que, a través de una excelente escritura, Tusquets decide poner por escrito toda una recopilación de historias, pensamientos y emociones que recorren su cabeza.
A mi parecer, el nivel va decayendo gradualmente a medida que la obra avanza. Lo que inicialmente son opiniones subjetivas acerca de detalles arquitectónicos y anécdotas relevantes (momentos en los que creo firmemente que Tusquets realmente brilla) acaba en patinazos (irrelevantes a la trama) acerca de la eutanasia, el aborto y el toreo.
Por concluir además, en mi opinión personal (opinión sobre opinión) decir que un árbol es bonito pero que una columna dórica lo es más…
Me remito a mi "review" de Más que discutible, del mismo autor. Diciendo sólo que quizá este tomo ocupe un segundo escalón respecto al primero. Aún así algunos de sus ensayos son igualmente rotundos, como el que da nombre el libro.
Me ha encantado este ensayo de Tusquets. Llegué a él a través de Honos y ha sido una lectura que me ha hecho parar, pensar, disfrutar del proceso y ofrecerme nuevas perspectivas.
El Maestro, tras estudiarla con detenimiento, observó que la posición de una de las ventanas alteraba la composición general, a lo que su colaborador objetó:–Esto no es problema: el muro que cierra el patio de servicio está tan próximo que esta abertura no se puede relacionar con el resto de la fachada. Nadie podrá ver esta falta de rigor geométrico. A lo que el Arquitecto repuso impasible:–Dios sí lo ve. -
¡Qué cercano está el proceso de creación científico del artístico! Artistas y científicos compartimos no solo el proceso sino también muchas ambiciones: la ambición de universalidad, de belleza, de coherencia, de rigor, de alcanzar la elegancia y concisión de una fórmula matemática... Nos sentimos muy cercanos, pero mientras los científicos generan certezas perecederas, los artistas intentamos comunicar... dudas eternas.
En vista de lo que este agnosticismo es capaz de producir, y aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer «como si» Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?
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He disfrutado mucho de esta lectura. Aunque considero que, en algunos momentos, el libro se queda corto en el desarrollo de cada una de las artes y resulta por momentos algo técnico, me quedo con su esencia y con el mensaje profundo que lo atraviesa: vivir y hacer las cosas como si Dios lo viera.
Este libro me ha acompañado durante un par de semanas, pero su mirada me va a acompañar toda la vida, incluso en los actos más cotidianos del día a día. Creo que, si viviéramos así, nos sentiríamos más llenos, haríamos las cosas con un sentido más profundo y, de alguna forma, más espiritual.
Aunque esté literalmente encantado de conocerse a si mismo, me parece innegable reconocer a Oscar Tusquets como a una de las mentes más lúcidas a la hora de hablar de cualquiera de las bellas artes que nos rodean. Ya sea de pintura, escultura, cine, música … y por supuesto, de arquitectura. Y un gran esteta. El libro es una joya intelectual, no exenta de algo de nostalgia.
La importancia de esos pequeños (o grandes) detalles que nadie verá, pero que uno sabe y siente que tienen que estar, que tienen que hacerse, aunque solo Dios lo vea. Aunque Oscar Tusquets ciñe sus reflexiones al mundo de las artes, valen para cualquier otra cosa.
Conjunto de reflexiones del autor respecto de ese algo que tienen las diferentes artes: esa ambición de todo creador por la coherencia formal, deseo de perfección, satisfacción por la obra bien hecha... En definitiva, comportarnos como si tuviéramos que rendir cuentas a un dios inteligente.