La fiesta es aún peor de lo que esperaban, así que tanto Leyre como Diana abandonan pronto el reencuentro de su antigua promoción del instituto. Apenas se conocieron en esos años pero, hartas de la explosión de nostalgia noventera, ambas encuentran en la necesidad de compartir taxi una excusa para no dar por terminada la noche. Sin rumbo ni intenciones fijas, acaban deambulando en busca de algún deus ex machina que les permita creer que el presente no está tan lejos del futuro idílico que les prometieron y que, a sus cuarenta y algo, se les sigue escapando. Escrita a pie de escena a partir de un taller con sus intérpretes, Esta sí tenemos que bailarla de Nando López es una obra de teatro tragicómica y canalla en la que dos mujeres intentan huir de sí mismas durante las horas que contiene una noche. Una comedia ácida llena de ritmo —de fondo resuena el eco de las canciones de Raffaella Carrà—, diálogos punzantes y momentos que van de lo íntimo a lo explosivo. Un viaje a través de bares y carreteras cinéfilas en el que sus dos protagonistas comparten madrugada a vueltas con sus dudas y sus ganas de vivirlo —y bebérselo— todo.
Sin ser demasiado profunda, toca temas que hacen pensar. Es sarcástica y destilada, pero no deja demasiada huella. Como lectura rápida es interesante y entretenida, pero se me hace difícil visualizarla en un escenario. De todos modos, todo lo que proponga la Carrà de fondo me va siempre a parecer bien.
En poco más de 1 hora se lee. Entretenida, dinámica, con mensaje, cómica por momentos. Me ha gustado.
La única pega es creo que al autor se le ha ido de las manos el tema de las drogas. Me ha parecido excesivo o poco creíble que, sobre todo para una de las protagonistas, se trapichee y consuma con tanta facilidad. Sólo eso, creo que no hacía falta. Luego hay otros detalles muy buenos, como esa triple convocatoria al deus ex machina.
La obra que alguien escribiría si su intención fuese hacer que las mujeres de 40 y algo años se sintiesen especiales por un momento pero finalmente comprendiesen que deben volver a la rutina asesina del capitalismo patriarcal contemporáneo.
Una obra de teatro muy sencilla de leer. Llena de ironías, disparates. He disfrutado cuando rompen clichés como: “aunque sea una mierda, esta es mi mierda, así que me voy a quedar un rato aquí, para eso están las zonas de confort”; o alcen la voz ante presiones sociales como: “pero todo va en dos raciones, en dos unidades, en dos plazas. Todo te recuerda que estás incompleta aunque tú no te sientas así”. Y supongo que debería sentirme ofendida pero no puedo desmentir: “y luego dejé filología, lógico, porque filología no era lo mío ni puede ser lo de nadie, hazme caso“. Considero que ambas protagonistas representan la actitud extendida de ser hater. En algunos momentos me he llegado a sentir incómoda al parecerme excesivo.
No obstante, soy una más del grupo de chicas con “meada filosófica” como Leyre y gracias a este libro me recordaré día tras día lo siguiente: “el triunfo es otra cosa, eso que nadie ve pero que tú sabes lo que te ha costado”.
En resumen, tres palabras: actual, imperfecta y sincera.