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First published January 1, 1950
2. PSICÓPATAS DEPRESIVOS
Si nos atenemos, primeramente, a lo que tienen de común todos los depresivos, los veremos como individuos con un concepto de la vida siempre pesimista o, por lo menos, muy escéptico. En el fondo, se niega la vida; pero, no obstante, se la rodea con una especie de amor no correspondido. Todo se toma demasiado en serio; falta la capacidad de la alegría inocente. De todo se ve el lado malo; no hay nada puro; todo está amargado y corrompido de alguna manera. El pasado aparece sin valor; el futuro, amenazante. Carecen de bríos y de confianza ingenua. Las cavilaciones les apartan de las tareas cotidianas y no les dejan reposar. Temores hipocondríacos, exámenes de conciencia, dudas sobre el sentido de la vida...; tales enemigos les acechan constantemente. Las experiencias tristes son profundamente vividas y conducen a crisis; por el contrario, también, a veces, las miserias reales son apropiadas para arrancarles de sus cavilaciones torturadoras.
No siempre existen estas cosas en la superficie. El hipertímico no se oculta; el depresivo es, a menudo, difícil de reconocer. El depresivo puede parecer hipertímico, pero no el hipertímico depresivo. El depresivo no está siempre, externamente, taciturno y abatido; muchas veces, manifiesta una alegría y una actividad del tipo de la «manía por angustia» o de la «manía como fuga», que no corresponde a ningún bienestar interno. Recuérdese, a este respecto, el dístico de HOEDERLIN, «Los bromistas»: «¿Siempre estáis jugando y bromeando?... ¡No tenéis más remedio que hacerlo! ¡Oh amigos! Esto me llega al alma, porque sólo los desesperados se ven forzados a ello.» Otros depresivos son, originariamente, celosos cumplidores de su deber, de una rigidez inflexible. Pero no les alegra ningún éxito y todo descanso trae consigo el peligro de que irrumpan nuevamente los fantasmas ahuyentados. HELLPACH ha hablado de caracteres análogos, bajo el nombre de «anfitimia». Conoce individuos ocupados en múltiples asuntos, activos, muy habladores, de ánimo sombrío y abrumados por constantes escrúpulos y cavilaciones sobre las consecuencias de sus actos y el juicio del mundo. Tales manifestaciones encubridoras y tales complicaciones se encuentran en la mayoría de los depresivos de un nivel mental particularmente elevado. También, frecuentemente, se ve desarrollar una tendencia a la vanidad; la comparación con los que viven contentos y felices y el conocimiento de la sencillez, incluso de la simpleza, que suele caracterizar a éstos, lleva a los que sufren a considerar el sufrimiento como algo noble y a sí mismos como aristócratas. Otros ven en el sufrimiento un mérito, que, lo mismo que su tendencia a reflexionar y a cavilar, la amargura de la vida terrenal y la íntima necesidad de ayuda, les conduce a un sólido refugio filosófico o religioso o les induce a buscarlo.
En su expresión, los depresivos son mucho menos homogéneos que los hipertímicos, sobre todo a causa de sus abundantes velos y máscaras. En muchos, el aspecto y la mímica no delatan nada de su estado de ánimo vital o tan sólo lo hacen en momentos inadvertidos de abandono y de fatiga. A veces, la escritura es la única delatora. Su conducta respecto al prójimo es mucho más reservada, más silenciosa y, a veces, también más rígida que la de los hipertímicos. No con mucha rareza, se encuentra, en los vestidos y en el modo de vivir, una cierta preocupación estética, que puede llegar hasta la presunción y que disimula el des- consuelo interior. Se atiende a lo pequeño, porque lo grande parece demasiado problemático. Pero también se ven, entre los depresivos, figuras desaliñadas.