Mi querida amiga y confidente, mi hermana:
He de pediros disculpas por abandonar la reunión de forma tan precipitada la última vez que estuvisteis visitándonos, ya sabéis que cada jueves paso la velada con mi caballero, y vos como nadie conocéis ese tipo de locura: no tuve otra opción, el fuego dominaba mi alma. Sé que queréis saber, pero solo os diré que después de la cena, sucesivamente infantil y juiciosa, alocada y sensible, a veces incluso libertina, me complací considerándolo un sultán en su serrallo, y fui, una tras otra, todas sus favoritas. Cuando vengáis a verme, os haré más confidencias. Sí, es un chantaje, ¡os necesito aquí!
Si no os he escrito antes ha sido porque el último escándalo ha desviado toda mi atención. Supongo que los rumores habrán llegado hasta el sur. Desconozco qué sabéis y qué no, yo me he enterado de todo, hasta del último detalle, preguntad y seréis informada.
La misma historia de siempre, pero esta vez todo ha llegado demasiado lejos… ¡Oh, este tema me enfurece! ¡Mujeres perdidas, mujeres deshonradas! ¡Enemigas de la virtud!, ¡y lo dicen como un insulto! ¡Perdidas, nosotras, que nos hemos encontrado! Y Valmont, autor de los mismos hechos, es recibido por doquier, invitado a todos los bailes, aplaudido, admirado, animado a conquistar a esta o aquella mujer, incluso he visto con mis propios ojos cómo se hacen apuestas sobre si lo conseguirá o no. A la mismísima Tourvel se le llenaba la boca criticando a las mujeres que caían a sus pies, esas que se entregaban a un “amor criminal” y no defendían su virtud. Y ahora…
¡Habría tanto que decir sobre este tema! En una de nuestras veladas especiales tu querido Donatien Alphonse nos decía que reflexionando sobre todo esto había escrito un párrafo que pensaba incluir en su nueva novela, “Juliette o las prosperidades del vicio” (¿no es un título maravilloso?): «Diviértanse lo más que puedan, no tengan cuidado si les aplican el calificativo más despreciable: “puta”. Una puta es hija de la naturaleza, la muchacha casta es un fenómeno. ¿Quién insulta más a la naturaleza que una mujer que se aferra concienzuda y arrogantemente a la ilusión de que su deseo reprimido es el símbolo del bien?». Todos los presentes aplaudimos. La Marquesa de Merteuil sonreía y asentía, mas replicó “Queridísimo Marqués, para vosotros, los hombres, las derrotas no son sino victorias fallidas”, y explicó de forma brillante lo desigual de esta partida que jugamos hombres y mujeres, ¡no le falta razón, no es fácil mostrarse con valentía en esta sociedad ignorante, siempre dispuesta a castigarnos a nosotras!
Porque, ¿quién condena a esas mujeres, quién les arruina la vida?, ¿el libertino con quien se divierten o la sociedad que las señala y las hunde, el padre que las juzga desde el púlpito y las condena al infierno en la tierra? Tengo muy clara la respuesta.
Nunca olvidaré cuan consoladoras fueron aquellas palabras de Merteuil cuando nos inició y nos hizo ver que no estábamos solas: «…el buen padre me presentó un mal tan grande que me figuré que el placer debía de ser extremo, y al deseo de conocerlo se le sumó el deseo de disfrutarlo».
Me marcho a toda prisa, en unos minutos me recogerá mi Señor, comprenderéis que no le haga esperar… ¡llevo días ansiosa!
Adiós, mi amiga extraviada. Soy enteramente vuestra, sin cumplimientos ni reserva.
P.S. Visitadme, tenemos mucho de que hablar, una larga conversación con una amiga íntima es un goce indescriptible... por increíble que os parezca hay más placeres en esta vida que los que ofrece el lecho, ¡venid, pronto!
París, 23 de abril de 17**