demasiado bueno. cuatro crónicas íntimas y en contextos muy interesantes: vidas travestis en los 80-90', militantes en dictadura, un artista y su visión de las drogas, el uso de sustancias ante la enfermedad y el duelo.
destaqué varias partes. empezaré con las que me parecieron hermosas y luego con hechos históricos que me sorprendieron porque no sabía de ellos antes:
"Según Camila Sosa Villada, las travestis del Archivo de la Memoria Trans son las mejores contadoras de historias del mundo. Y esta mesa lo confirma. Tienen la capacidad de volver bello cualquier recuerdo. Por más hostil que haya sido el contexto, por más terribles que hayan sido los hechos, el tono de su narrativa siempre es sereno, siempre tiene chistes en el medio, siempre emana amor hacia las amigas que aparecen en el relato, nunca es solemne."
"El único que está de visita ahí soy yo, para el resto es solo un almuerzo en su espacio de trabajo: el Archivo de la Memoria Trans. Cinco travestis de más de sesenta años, vestidas como científicas con guardapolvos blancos y almorzando en una oficina luminosa ubicada en uno de los barrios más caros de Buenos Aires. Si un extraterrestre bajara de repente y viera eso, seguramente creería que la Tierra es un lugar mucho más bello y justo de lo que en realidad es. Pero no. Es solo una excepción hermosa."
"(...) si vas a pedirle a alguien que te abra la puerta a los recuerdos de su vida, mejor ponerle un plato de comida enfrente."
"Mientras tanto, sus propios días eran interminables, pero interminables bien. Como uno de esos libros largos en los que uno no quiere pasar de página para no llegar al final."
aquí los acontecimientos:
"Para una travesti de 39 años en el 2001 el calabozo era un lugar totalmente cotidiano. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, hasta el año 98, los edictos policiales permitían encarcelarlas por no respetar el artículo 2°F, que marcaba como una falta "exhibirse en la vía pública o lugares públicos vestidos o disfrazados con ropas del sexo contrario". Naturalmente, las travestis caían en cana casi todos los días de sus vidas. En Neuquén, los edictos estuvieron vigentes hasta el año 2012."
"Vine a verlas porque, como me dijo Marlene Wayar, con quien también charlé para escribir esta crónica, las travestis vieron gran parte del proceso de Argentina con respecto a las drogas. Según Marlene, las travas compartían la categoría de <> con la cocaína durante los 90, y muchas fueron parte del emerger de las drogas marginales a principios de los 2000. Tomaban drogas caras con clientes poderosos y después en sus barrios se encontraban con los residuos de esa misma cadena de producción."
"La mayoría de las travestis en Argentina no llegan a viejas, pero las que sí llegan, lo hacen a pesar de sus cuerpos, que fueron dañados por los golpes de la policía, por los golpes de los clientes y por las siliconas mal puestas. Por eso, cuando le pregunto si hoy siente algún tipo de secuela de sus años de consumo intenso, me dice que no. Que dejó más rastros la vida que la cocaína."
"Durante muchos años las travestis estuvieron obligadas a vivir de noche. Poner un pie en la calle a plena luz del día significaba terminar presa. “Salías a comprar un kilo de pan y te lo comías en la comisaría”, me dijo una vez una de las travas legendarias de Panamericana de los 80. El sol significaba encierro, represión, muerte. Y eso, según Marlene, también tiene que ver con los consumos.
—Teníamos plata, pero era imposible gastarla porque no podíamos salir a ningún lado —me dijo Marlene—. Al principio, te quedás todo el día en el hotel o en la pensión mirando el techo. Cuando laburás un poco, te comprás una tele o algo que te ayude a pasar el rato. Algunas se resignaban a que eso era la vida, algo sumamente frustrante. Pero las que no lo hacíamos necesitábamos una patada en la cabeza, algo que te quebrara. Por eso también consumíamos drogas más duras.
—Cuando sale el sol… —interrumpe Sonya—, cuando sale el sol viene la muerte para nosotras."
"La etapa del paco en la vida de Sonya duró cinco años, o seis, o siete, va cambiando el número cada vez que lo menciona. Pero los anacronismos no me preocupan. Una vez, Ceci Estalles, coordinadora del Archivo, me dijo que el colectivo trans nunca estuvo atravesado por la cronología cis, porque al ser excluidas de todo, también fueron excluidas del tiempo y del espacio, y que por eso el desafío está en construir y preservar un relato propio dentro del no tiempo. Por eso a veces los números no cierran, por eso esta crónica va y viene y parece desordenada, y por eso no está claro si los años en los que Sonya fumó paco fueron cinco, seis o diez. Lo que sí está claro es que dejar de consumir le costó muchísimo y recién pudo cuando tuvo una razón para hacerlo."
"Militar en los 70 era una actividad que difícilmente podía hacerse a medias. La persecución y el peligro eran tan grandes que las organizaciones exigían una entrega total a sus militantes, incluso a aquellos que no habían pasado a la clandestinidad. Por eso, más allá de las diferentes argumentaciones que pudieran tener —algunas con una raíz más católica, otras más marxista—, el rechazo de los dirigentes de las agrupaciones al porro era una forma más de extender el poder de la organización por sobre la vida del militante, en la búsqueda de una construcción colectiva que se antepusiera al desarrollo individual. En esa misma línea estaba, por ejemplo, la condena a los militantes que fueran infieles con sus parejas. Podía tener una argumentación moral, sí, pero en el fondo era una política que castigaba el engaño entre compañeros. La lógica era que si no eras capaz de ser fiel a tu novia, menos lo serías con la organización. Y si no podías resignar el porro, entonces tu espíritu revolucionario era débil."
"Todo mi círculo se fue armando de gente muy reventada, que estaba en la misma que yo. Y con el tiempo, lo que era divertido y espectacular se volvió bastante nefasto. La promiscuidad es terrible, cuando entrás en ese espíritu de encamarte con cualquiera es un horror, te genera un gran vacío cuando uno despierta de la fiesta y se encuentra con las ruinas a su alrededor.
Aunque el problema no era solo espiritual. Su vida nocturna se fue poniendo cada vez más peligrosa y en tres ocasiones distintas estuvo a punto de ser asesinado. Las tres veces pasó lo mismo: chongos que se había levantado en la calle y que al llegar a su casa terminaban siendo homofóbicos que lo único que querían era cagar a trompadas a un puto. Situaciones a las que una persona trans o gay estaban tristemente acostumbradas en los 90 y diría que ahora también. “No tengo idea de cómo sobreviví”, me dice Miguel, que a veces todavía se lo pregunta."