Hace no mucho tiempo, una de mis protégées me comentaba que estaba contemplando dedicarse a la rama familiar del derecho porque, con toda la cuestión de las herencias y sucesiones, pues resulta que, al parecer, ahí está el pan. Al segundo día de haber comenzado a leer este libro entendí perfectamente a lo que se refería. Y se lo comenté, efectivamente.
Esta jugosa biografía familiar fue escrita por la medievalista británica Helen Ruth Castor (Cambridge, 1968), quien previamente le entregó al mundo, entre otras obras, la que se supone es uno de los estudios biográficos mejor elaborados en torno a la Santa Patrona de Francia, Jehanne Darc —y que pretendía yo empezar a leer estos días, aunque tal vez tenga que esperar un poco. La obra se basa en una extensa bibliografía cuya base está conformada por un acervo epistolar de más de mil documentos escritos por tres generaciones de la familia Paston a lo largo de alrededor setenta años.
Voy a comenzar bien mi desglose con un topónimo: Caister. Y bien podría ser el título de toda la obra pues, en cierta medida, el castillo —ahora una triste sombra en ruinas— juega el papel de MacGuffin durante gran parte del dramma grosso de la familia Paston. Y tiene que ver con mi comentario de apertura: la suerte de los protagonistas tomó el derrotero que siguió precisamente por la decisión de insertarse en el mundo de la gentry vía la educación legal y las oportunidades laborales que de ella derivaron.
De entrada, me resultó muy interesante conocer el proceso de formación de un abogado inglés en el siglo XV, especialmente de uno nacido en el seno de la ruralidad y la relativa pobreza. De hecho, Paston es también un topónimo —en el condado de Norfolk, costa del levante de Inglaterra— y, según entiendo, seguía algo así como una estrategia por parte de algunas familias que buscaban trascender su sustrato de origen para forjarse una identidad nueva asociada al terruño, en una época en la que la cuestión de los noms de famille no estaba tan firmemente conformada como en nuestros días. Y es que resulta, y la misma Castor nos lo dice, que con sus asegunes y todo, la idea de la movilidad social y la noción —ahora muy američki— del self-made man no son precisamente productos de la sociedad industrializada. Sin embargo, precisamente el hecho de que la familia Paston tenía su génesis en uno de los bajos estratos de la sociedad inglesa, constituyó un elemento de recurrencia décadas después que vendría amenazar todos sus logros materiales, especialmente en términos de propiedades, así como el estatus que habían logrado construir.
Ya que no pretendo hacer la síntesis de todo el volumen, porque no sabría bien ni por dónde comenzar a hacerlo, dedicaré unas líneas a un par de puntos únicamente. En primer lugar, no puedo evitar sentir el coraje ajeno con tal desfile casi interminable de intriga, cosa política, una expectativa de justicia basada en el peso político de los contactos de alto rango, y la inevitable desilusión por parte de los más moralistas entre nuestros actores al darse cuenta de que sus principios y sus percepciones eran menos importantes que los contactos de peso político. Me había propuesto reescribir este párrafo de mis notas para el momento de darle forma a la reseña, pero voy a dejarlo así.
En segundo lugar, el capítulo seis que habla de la historia de vida Sir John Fastolf y su relación con John Paston I es probablemente mi favorito. Disfruté en particular la manera en la que se exponen las virtudes y las ansiedades del personaje; esos claroscuros que nos recuerdan que estas personas fueron seres humanos reales, no muy distintos de nosotros, me fascina. Y eso por no mencionar que la ineptitud política de un par de nuestros personajes principales y las consecuencias negativas derivadas de su incapacidad —un tanto “consciente”, ya que no faltó quien les advirtiera— para adecuarse al entorno social en el que vivían me hizo sentir que no estoy solo en este mundo. Sobra decir que estoy comenzando a reconsiderar algunas de mis propias actitudes, por supuesto.
Ahora, si bien la lectura comenzó siendo absolutamente interesante para mí, todo el proceso descrito en el capítulo cuatro, los pormenores sobre los juicios y las fechas, y todo el asunto tras la caída y ejecución del Duke de Suffolk —acusado de traición por mal aconsejar al incompetente rey Enrique VI y hacerlo perder las conquistas en Francia—, terminó siendo un poco tedioso, especialmente con tantos personajes nuevos y los testimonios intercalados que requirieron una relectura de cuando en cuando. Más adelante, sin embargo, el embrollo político que constituyó la carnita y la última fase de la Guerra de las Rosas —hacia el final del libro— es un chismerío sabroso y harto placentero. Eso sí, llegar al 1479 anno Domini, y que de la nada le dieran el tratamiento TWD o GOT a algunos personajes fue cosa triste y bastante penosa.
A fin de cuentas, trata de un gran libro, es gran y mucho chismecito del bueno —con todo y sus momentos lentos y no tan gozosos— que puedo recomendar con un par de reservas: primera, una buena parte del volumen se dedica a plantear la situación que ocurría más allá de lo inmediatamente concerniente a los Paston, eso podría provocar que se pierda el interés por momentos —me pasó a mí—; segunda, que por momentos hay una superabundancia de personajes de los cuales hay que llevar la cuenta, bastantes de ellos con nombres repetidos, y muchos de los cuales no vuelven a aparecer o lo hacen años después, y encima está la cuestión de los de duques, marqueses, en general, de los señores de algún lado —Norfolk, Suffolk, York, etc.— luego son, pues, y como es bien sabido, personas diferentes en momentos diferentes. Es un gran ejercicio de memoria que a mí me causó jaqueca ocasional.
Finalmente, voy a atreverme a lanzar el siguiente cuestionamiento que no busca tanto ser respondido como importunar a quien le cale: ¿quién necesita Bridgerton y esas necedades cuando existen y tenemos a la mano joyas como esta?