Clarke no necesita presentación alguna. En su momento fue uno de los tres grandes maestros de la ciencia ficción clásica, una trinidad que se completaba con Isaac Asimov y Robert A. Heinlein, este último quizá el más olvidado de los tres. La inmortalidad del británico es, sin embargo, incontestable, en gran medida gracias al cine. Su saga 2001: Odisea en el espacio y El fin de la infancia crearon el mito ufológico de que los extraterrestres siempre han estado ahí, y que su sibilina tutela ha sido la causa que ha permitido nuestro avance científico y tecnológico, y de que nuestra destrucción vendrá, en parte, precisamente al uso que demos a esa tecnología; el ojo rojo de HAL 9000 es hoy día más actual que nunca. Sin embargo, Clarke no era un ludita. Fiel representante de esa ciencia ficción de la Edad Oro, Clarke veía el progreso con optimismo, y como cada nuevo avance nos acercaría a la utopía. No en balde esta colección lleva por subtítulo "relatos de la era espacial": nada refleja de manera más manifiesta el poder del progreso humano que un transbordador venciendo a la gravedad con una espectacular llamarada.
Quizá por eso estos cuentos, escritos entre finales de los 60 y principios de los setenta, un momento fronterizo en que los paradigmas del género estaban cambiando, se vean como artefactos fuera de tiempo, unos anacronismos. El optimismo y el sentido de la maravilla de algunos de estos relatos son casi incompatibles con ese cinismo experimental de la nueva era. Incluso en lo formal estos cuentos se sienten anticuados, abundando los microrrelatos de finales sorprendentes, más propios del pulp. Pero pese a este ligero tufo alcanforado, cuando Clarke acierta sigue siendo agudo y letal, y nunca tanto como cuando habla de la inteligencia artificial. Y que uno también tiene sus debilidades: no me puedo resistir a un buen relato de ciencia ficción clásica, optimista y maravillosa.
Los relatos recogidos en esta antología son los siguientes:
El alimento de los dioses (***): el tópico que apasiona a los veganos, a saber, que comer carne es indistinguible del canibalismo.
Maelstrom II (***): un hombre aislado en un vehículo espacial deberá afrontar, al igual que el protagonista del cuento de Poe, una muerte segura a manos de las indómitas, en este caso más indiferentes, fuerzas de la naturaleza.
Criaturas abisales (****): los soviéticos han elaborado un método para producir energía limpia e ilimitada aprovechando la diferencia de temperatura entre la superficie terrestre y los gélidos fondos abisales. Cuando se disponen a estrenar la primera estación experimental descubren que algo anda mal con los cables submarinos. Y es que esa instalación se hizo de forma unilateral, sin consultar antes a los habitantes abisales...
El viento del sol (****): la tecnología de las velas solares ha permitido la creación de las regatas espaciales, carreras de naves impulsadas por la energía solar que comienzan en la estratosfera terrestre y terminan en la Luna. Esto sí es pura Edad de Oro; esto sí es sentido de la maravilla.
El secreto (***): en una estación lunar, un equipo médico ha hecho un descubrimiento que cambiará la historia de la humanidad para siempre, un descubrimiento que no saben si deben de compartir...
La última orden (***): en plena guerra fría se inventó el concepto de destrucción mutua asegurada, que decía que, en caso de un ataque nuclear, la respuesta provocaría que ambos contendientes, y la humanidad en general, se fuera al carajo. Este cuento lo popularizó.
Marque F de Frankenstein (****): una noche, todas las redes telefónicas del planeta se han conectado. A la mañana siguiente, toda la humanidad recibió una extraña llamada telefónica: la IA había nacido.
Reencuentro (*): de esas piezas breves que apuestan toda su trama en su sorprendente final. Y no, en este caso, no.
Playback (***): un hombre ha sufrido un accidente en mitad del espacio sideral. A las puertas de la muerte, por suerte, ha sido auxiliado por una nave alienígena con la tecnología suficiente como para repararle. Pero, ¿cómo reparas a una especie que hasta ahora nunca habías visto? En cierto punto recuerda a Moscas de Robert Silverberg, aunque su terror es menos visceral y más existencial.
La luz de las tinieblas (***): un científico ha encontrado la manera de librarse del dictador de su país sin convertirlo en el proceso en un mártir.
La más larga historia de ciencia-ficción jamás contada (**): otro microrrelato que juega con la repetición y el infinito. Más interesante su continuación, en la que el propio Clarke nos habla de sus lecturas favoritas y de cómo la memoria nos juega malas pasadas.
Amad ese universo (**): nuestro planeta está a punto de desaparecer en una hecatombe cósmica, y solo lograr contactar con otras civilizaciones extraterrestres podrá salvar a la humanidad de su extinción segura. Para ello deberán mandar una señal de enorme potencia. Muy cursi, muy hippie.
Cruzada (***): hasta ahora, la civilización estelar de las máquinas no había descubierto vida inteligente en el universo. Hasta ahora.
El cielo cruel (**): un millonario impedido por la talidomida y uno de sus científicos han desarrollado un ingenio mecánico que le permitirá cumplir su sueño: coronar el Everest.
Flujo de neutrones (**): una lección de humildad para esos arrogantes mandatarios que creen nuestras creaciones serán eternas.
Tránsito de la tierra (**): un hombre deberá enfrentarse estoicamente a su muerte segura en una estación espacial.
Un encuentro con Medusa (****): el protagonista, un hombre que comienza a dejar de serlo gracias a los aumentos tecnológicos que le han implantado, ha sido encargado de explorar la atmosfera de Júpiter en busca de vida. Un relato maravilloso que no solo habla de transhumanismo, sino que claramente influyó a Carl Sagan a la hora de inventar esa fauna joviana que vimos en el doblemente maravilloso Cosmos. Ay, cómo echo de menos Cosmos...