Bajo un envoltorio fantástico y lleno de simbolismo (seres que cambian de forma), Patricia García-Rojo cuenta una historia de miedos e inseguridades, de incomodidad por no sentirse como los demás, por no encajar, enmarcada en ese último verano antes de que llegue la universidad y todo cambie inevitablemente y para siempre. Es una historia conocida, pero muy bien contada, no muy larga que tiene un poco de todo: misterio, amor, desarrollo de la personalidad, amistad y lucha frente a los prejuicios. Alguien ha dicho que al leerla regresó a las historias de Los Cinco y tiene toda la razón. Leyéndola, he vuelto a aquellos días infinitos de verano, piscina y lectura, y no quería que la historia se terminara. Particularmente, me gustan mucho esos personajes que defienden sus ideas con pasión, pero que también saben ver sus puntos débiles y están dispuestos a mejorar, que abrazan el cambio (nunca mejor dicho en este caso) y la superación. Ana me ha parecido maravillosa 🙂 El único pero, tal vez, sea que en ocasiones la descripción se vuelve un poco redicha, pero rápidamente se pasa la ampulosidad y la historia vuelve a atraparte sin remedio. ¿Y aquí también te escribe la universidad para decirte que te han aceptado? Eso me ha sonado muy anglosajón, y chirría un pelín con el contexto de la novela, el entorno y el lenguaje.
Aun así le doy un 4/5. Brava.
“Rumiando aquella frase, escribí mi deseo: ‘Que me acepten en la universidad’. (…) ¿Cómo se miraba el mundo de forma maravillosa para encajar bien cualquier respuesta que viniese de la universidad? No creía que pudiese superar una negativa. Había puesto todas mis esperanzas en la capital, en mezclarme con el tumulto de animales humanos en el que yo no destacaría. Veía esa carta como un pasaje a la libertad, a mi única posibilidad de ser yo misma sin que nadie me juzgase.”