Hice bien en hacer una pausa luego de engullirme los primeros tomos, porque DIOS CÓMO LO DISFRUTÉ. Otra vez llegué a reírme en voz alta, carcajadas reales que llegaron a asustarme a mí misma en medio de la noche, jajaja.
Es genial, absolutamente genial.
SIN EMBARGO, no es el mejor que he leído. De hecho, es el menos mejor de los tomos, por así decirlo. El tema de la guerra no calienta a nadie, incluyendo al autor, porque apenas lo toca, y así las anécdotas son casi todas prestadas de otros tiempos, y algunas se hacen repetidas. Además, se nota que hay cierta carga de expectativas, porque la escritura es menos espontánea, y a veces hay más explicaciones que mera narración de hechos, como si Herriot estuviera pensando en cómo hacer el punch line.
¡Aún así es de los buenos libros que he leído! Qué felicidad que aún me quedan un par. Quizá los guarde para períodos de escasez e infelicidad.
Cita que subrayé, de cuando a Herriot le nace el primer retoño:
"
Eché la primera ojeada a mi hijo. El pequeño Jimmy estaba tan colorado como un ladrillo, y los rasgos hinchados, con aspecto disipado. Cuando me inclinaba sobre él, apretó los puñitos bajo la barbilla y se entregó por lo visto a una pelea con sus tripas.
El rostro aún se le congestionó más al contraer sus rasgos, y luego, de lo más profundo de aquellas mejillas hinchadas, sus ojos me lanzaron una mirada malévola y sacó un poquito la lengua por la comisura de los labios.
- ¡Dios mío! - exclamé. La enfermera me miró sobresaltada.
- ¿Qué ocurre?
- Bueno, esto tiene un aspecto algo extraño, ¿no?
- ¿Cómo? - sus ojos me miraban furiosos -. ¡Señor Herriot! ¿Cómo puede decir semejante cosa? ¡Es un niño precioso!
De nuevo miré fijamente la cunita. Jimmy me saludó con una sonrisita burlona, se puso de color púrpura y soltó unas burbujitas.
- ¿Está segura de que esto es normal?, pregunté. Helen soltó una risita un poco cansada, pero la enfermera Brown no estaba divertida.
- ¿Normal? ¿Qué pretende decir exactamente? -. Se erguía muy rígida. Me froté los pies nerviosamente.
- Bueno, que... que si le pasa algo raro. Creí que iba a pegarme.
- ¿Algo...? ¿Cómo se atreve? ¿De qué está hablando? Jamás he oído semejantes tonterías. Se volvió al lecho en busca de ayuda, pero Helen, con una sonrisa de agotamiento en el rostro, había cerrado los ojos.
Me llevé a un lado a aquella mujer enfurecida.
- Mire, enfermera, ¿no tendrá otro por casualidad en la casa?
- ¿Otro qué?, preguntó heladamente.
- Bebés, bebés recién nacidos. Quiero comparar a Jimmy con algún otro. Abrió los ojos de par en par.
- ¿Compararle con..? ¡Señor Herriot, me niego a seguir escuchándole...! Ya he perdido la paciencia con usted.
- Insisto, enfermera - repetí -, ¿tiene alguno más por ahí?
Hubo una larga pausa mientras me miraba como si yo fuera un monstruo extraño e increíble.
- Bien, la señora Dewburn está en la habitación inmediata. El pequeño Sidney nació poco más o menos a la vez que Jimmy.
- ¿Puedo echarle una ojeada? - le miraba suplicante. Vaciló, luego una sonrisa de lástima le cubrió el rostro.
- ¡Oh, usted... usted...! Bueno, espere un minuto.
Entró en la otra habitación y oí un murmullo de voces. Reapareció y me hizo señas. La señora Dewburn era la esposa del carnicero, y yo la conocía bien. El rostro sobre la almohada estaba tan acalorado y agitado como el de Helen.
- ¡Vaya, señor Herriot, no esperaba verle! Creía que estaba en el ejército (...).
Miré en la cunita. Sidney estaba muy colorado e hinchado y, al parecer, también sostenía una lucha con su interior. Se revelaba esa pelea en una serie de contorsiones faciales muy grotescas que culminaron en una sonrisa burlona de una boca sin dientes. Me eché atrás involuntariamente.
- ¡Qué niño más hermoso! - exclamé.
- Sí, ¿no es un encanto? -, dijo su madre, cariñosamente.
- Espléndido en verdad -. Eché otra mirada de incredulidad en la cunita. (...) ¡Qué alivio tan tremendo! El bebé de la señora Dewburn parecía todavía más extraño que mi hijo.
Cuando volví a la habitación de Helen, la enfermera Brown estaba sentada en la cama y ambas se reían indudablemente de mí. Por supuesto, ahora que pienso en ello, debí parecerles un idiota. Sidney Dweburn y mi hijo son dos jóvenes grandes, fuertes y notablemente bien parecidos, así que mis temores carecían de fundamento. La pequeña enfermera me miró con suspicacia. Yo creo que me había perdonado.
- Supongo que usted piensa que todos su terneros y potros son hermosos desde el momento en que nacen - dijo.
- Pues sí - contesté - tengo que admitirlo, creo que lo son."