Tengo este libro desde hace siglos. No desde 1986, pero posiblemente lo compraría algo después, en estas ediciones, bastante cuidadas, de Nova, que se entretuvo en alimentar nuestro apetito de ciencia ficción durante algunas décadas. En los 80 y 90 se traducía prácticamente todo lo que salía, al menos de los grandes autores que todavía estaban vivos.
En el año 86, por ejemplo, Asimov fue elegido "Gran gurú" o algo así de la ciencia ficción, un premio a toda una carrera, que acabaría pocos años más tarde. Este volumen recoge tanto el discurso de aceptación, como un cuento. Asimov literariamente no era gran cosa, pero era eficaz; en el cuento, "Sueños de robot", recoge una idea interesante, la de que los robots puedan adquirir auto-consciencia, y le añade un contexto creíble y personajes primarios y secundarios adecuados. Ninguno como para un premio, y de hecho se quedó finalista; la inclusión de un cuento aleatorio de Asimov no responde a nada relacionado con el premio, como prácticamente el resto del volumen, cuyo criterio se podría resumir en "meter cosas de autores que hayan recibido premios, pero sólo uno o dos cuentos breves que efectivamente hayan recibido el Nebula, que ya se sabe que los derechos de autor son cosa complicada".
El volumen contiene un par de premios reales: "R&R" de Lucius Shepard (traducido, por alguna razón, como "D&D", que a mi me sonaba más a Dungeons & Dragons que a otra cosa) y "La chica que cayó dentro del cielo" de Kate Wilhelm. Lucius Shepard es un autor con una formación literaria adecuada, y ha escrito tanto fantasía como ciencia ficción, mucha situada en Centro America. Aquí no se ve ni lo uno ni lo otro. La estructura circular de la historia de un soldado en su periodo de descanso no parece que funcione en ninguno de sus aspectos, ni siquiera los vagamente fantásticos. Entretiene, pero no abre la mente a nuevos mundos.
Y es curioso esto. Al leer relatos, o incluso novelas, que compraste por interés (o, entiéndase, porque estaban por 2€ en un barato) hace muchos años, te estás leyendo un poco a ti mismo, a la persona que devoraba relatos de Asimov sin pensar en la forma como reflejaban "El viaje del héroe" o cómo le daba tres dimensiones a los personajes secundarios. La literatura de género es literatura juvenil, y en general, se le perdonan bastantes cosas. Hasta Raymond Chandler lo decía en "The fine art of murder": en el género hardboiled da igual que sea una novela de duro o una de autor con sólidas pretensiones literarias: tendremos el mismo cigarro colgando de la comisura de los labios, la misma paliza al detective, los mismos arenques rojos. Quizás por eso se le perdonan: las credenciales de pertenencia a un género obligan, y también eximen.
Pero es que me da la impresión de que hay géneros a los que se le perdona bastante más. Por ejemplo, el absurdo "Sueño de Newton" incluido en este volumen, nada menos que finalista en la categoría de novela corta, y que no tiene ni pies ni cabeza. A lo más que aspira es a un plagio de las novelas de Mundo Río, que tenían su gracia (hace años que las leí, a saber ahora), pero no está claro a donde va, pero donde vaya, no consigue lograrlo. Pero oye, se le perdona, es Gregory Benford, que escribió Cronopaisaje (una novela de la que guardo buen recuerdo).
Y se le perdona quizá demasiado. ¿Sabéis quién quedó finalista ese año en la categoría de mejor novela? "El cuento de la criada". ¿Quién ganó? "La voz de los muertos", una secuela de Orson Scott Card, mala copia de "El nombre del mundo es bosque", de Ursula K. LeGuin, y una novela que nadie recuerda. Pero oye, es que era Scott Card, es ciencia ficción, no esa recién llegada que ni siquiera escribe ci-fi "de la buena".
Algo estaba cambiando, de todas formas. Neuromante ganó el Nebula, el Hugo y el Philip K. Dick en 1984 (en este año otra novela de la serie del Sprawl, "Conde Cero", resultó finalista). Creó, o afirmó, un nuevo género pero también uno con sólidos cimientos literarios. William Gibson ha ido cada vez más lejos de la ci-fi y más cerca del mainstream literario, porque la ci-fi cada vez tenía menos que ofrecerle.
Y es posible que a mi tampoco. Pero tengo una pila de libros sin leer, algunos, como este, todavía envueltos en celofán, y la pila es la pila y hay que leerla, aunque sea para expiar pecados de juventud. Continúen atentos a estas reseñas.