No sé qué pretendía quienquiera que sea Lorenzo G. Acebedo al escribir esta novela y al elegir a Gonzalo de Berceo como protagonista. No es la primera vez que veo a una importante figura de las letras hispanas real resolviendo crímenes. Jambrina ha convertido en detective a Fernando de Rojas, el autor de La celestina, y a Miguel de Unamuno, y me consta de que hay otro libro que tiene a Pio Baroja como sabueso. Asumo que en origen era una corriente interesante de explorar y que hay algunos autores clásicos cuya obra refleja cierta mirada forense, caso de Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, pero no identifico los rasgos que permitirían el ingreso de Baroja, Unamuno o el propio Gonzalo de Berceo en el gremio de Sherlock Holmes o August Dupin. Porque, en el caso que nos ocupa, Acebedo elige a Gonzalo de Berceo como podría haber elegido al Arcipreste de Hita, y para cómo lo presenta, quizá este segundo hubiera sido una elección más adecuada a sus pretensiones, muy alejadas de la novela histórica.
A aquellos que se acerquen a este libro porque disfrutaron de El nombre de la rosa o sientan curiosidad por la vida de ese monje poeta que estudiaron en la escuela les invito a que se lo piensen dos veces. El único parecido con la novela de Eco es que se comete un asesinato misterioso en una comunidad religiosa, y con Gonzalo de Berceo tiene el nombre. Del crimen no tengo queja, es un misterio interesante, como Dios manda: un hombre troceado aparece en un guiso y no lo descubren hasta que uno de los monjes se saca de la boca una falange. Así empieza la novela, in media res, con un crimen que, en realidad, ocurre muy avanzada la novela, por lo que no es el detonante de la investigación. El primer crimen ocurre antes, y entre el primero y el segundo pasan demasiadas cosas que no interesan a nadie. Y es que Acebedo se extravía al tratar de ofrecer lo que, imagino que para él o el asiduo consumidor de novela histórica, es un retrato del siglo XIII español.
Soy más lector de ensayo histórico que de novela histórica, por lo que me gustaría no ser metonímico y tomar la parte por el todo. Cuando un escritor, guionista o director se dispone a abordar la difícil tarea de recrear una época histórica, más difícil cuanto más lejana, asumo que hay un periodo de documentación, de investigación, de lectura comprensiva y, finalmente, de adecuación. Ante todo hay que escribir una novela, ficción, y ubicar unos personajes en un contexto determinado, la historia, sin que se sientan como viajeros del tiempo. Aquí, considero, se encuentra la principal dificultad, a saber, plasmar lo que la historia dice y lo que la historiografía recoge, que no siempre suele coincidir, sin provocar la extrañeza en el lector. En muchas ocasiones, el lector tiene un conocimiento superficial del tema a tratar, en este caso, la Edad Media, por lo que cree tener una idea de lo que va a encontrar, y si esas ideas se ven confirmadas en el texto dirá que la recreación histórica es excelente; sin embargo, puede ocurrir lo contrario, que el contenido no se ajuste en absoluto a sus preconcepciones, y entonces dirá que la novela es anacrónica, que es ficción histórica, que, en suma, no hace bien su trabajo. He aquí la paradoja: puede que la novela que nos provoca este choque cognitivo tenga mucha más veracidad histórica que aquella que confirma lo que pensamos que sabemos, mientras que la que considerábamos histórica no es más que derivación habitual de una corriente historiográfica ya superada. Entonces el escritor, que asumo ha leído y ha investigado se hace una pregunta respecto a la novela que quiere escribir, una histórica o una aparentemente histórica, una que cuente lo que se sabe de ese periodo histórico o una que reafirme lo que la gente cree que sabe de ese periodo histórico.
La taberna de Silos no es una buena novela histórica, y como novela de detectives, pese a su potente inicio, es mediocre. No es una buena novela histórica principalmente por dos motivos, el primero, su protagonista, que, como ya he dicho, solo se parece a Gonzalo de Berceo en el nombre y en que ambos escriben poesía, y el segundo, por su presentismo; dos problemas que, en realidad, son uno.
El protagonista es una suerte de goliardo sedentario, un hedonista amante del vino que golpea un saco de boxeo porque es veterano de Navas de Tolosa, experiencia que le ha vuelto un ateo cínico, y por tanto, un privilegiado interprete de su época. También escribe poemas, o eso dice el autor. La mirada del monje desencantado es la que podría tener un ateo desencantado actual, y eso, para el autor, lo coloca en una posición de superioridad respecto al resto de personajes: solo el interpreta correctamente su mundo y a las personas que en él viven. Ningún monje, por muy ateo y desencantado que fuera, formado dentro de la escolástica medieval podría conducirse y opinar como lo hace este trampantojo de religioso. Para Guillermo de Baskerville, protagonista de la novela de Eco, la escolástica es herramienta suficiente para desentrañar los misterios, precisamente porque esta metodología filosófica no rechaza la razón, sino que es uno de sus dos pilares maestros junto con la fe. La pugna ciencia y religión no existía en el siglo XIII, no podía existir porque la religión era consuetudinaria y regía cada aspecto de la vida, por muy escéptico que uno pudiera ser en ese entonces. Que Tomas de Aquino o Alberto Magno fueran religiosos y creyentes, aunque suene redundante, no les convertía en imbéciles, como imbecil tampoco era Gregor Mendel, Georges Lamaitre ni Isaac Newton. En un mundo como el occidental actual, mayormente secularizado, entender esta religiosidad cotidiana es complicado, pero ese es el trabajo del escritor, hacer creíble lo improbable. Acebedo, en cambio, elige el camino facil y nos presenta a un Gonzalo de Berceo amable con el lector, cuyas convicciones nos son simpáticas por cercanas, cuando, de tener la posibilidad de conversar con el Gonzalo real, nos resultaría un ser marciano, casi ajeno por completo a nosotros social y espiritualmente, como nos parecería cualquier personaje histórico que hubiera nacido hace más de dos siglos.
Trampantojo es la época que nos describe también. Habría que ser muy ingenuo para creer que en la época medieval la sordidez no estaba a la orden del día, que los prelados solo tuvieran la ambición como único motor vital, que el celibato se incumpliera constantemente, que los abusos sexuales y de poder estaban a la orden del día. Pero Acebedo lo lleva a extremos Juego de Tronos que, ya casi al final, resultan ridículos, incluso diría que impensables para la época que describe. Pero esta es una Edad Media sensiblera, extrema en la crudeza y ñoña en lo presuntamente galante: hay más Edad Media en un disco de Enigma.
Lo peor, lo que no le perdono a la novela, es que Acebedo escriba tan bien. Si al menos estuviera mal escrita la hubiera dejado a la primera tontada, pero no, el maldito me ha tenido bien agarrado hasta el final, y hasta me ha hecho disfrutar pasajes enteros, sobre todo los iniciales, pues, como ya he dicho, el arranque en in media res es una brutalidad. Pero al poco se desinfla, la trama se escora y termina yendo a la deriva hasta que, finalmente, arriba de manera accidentada arrasando el muelle en el proceso.
Amantes de la novela histórica, absténganse; aficionados a la novela policiaca, quizá os sepa a poco; lingüistas y entusiastas de la literatura medieval, contengan el impulso de usar la brea y las plumas.