Si hablamos del Hollywood clásico y moderno, hablamos de Pat McGilligan. Hay biógrafos comparables. Pero suelen elegir un periodo. Del clásico, acudimos a Scott Eyman o a Tag Gallagher o a Todd McCarthy, incluso los hay especializados en actores u actrices, como Lee Server. Para el moderno, cabe acudir a John Baxter, cuyos trabajos dedicados a Stanley Kubrick, Ken Russell o Steven Spielberg son hoy fundamentales.
El libro empieza con muchas resistencias de su autor a aceptar, precisamente, el primer opus hitchockiano: el libro de Donald Spoto, en el que Hitchock, a la manera de uno de sus personajes, era un artista que terminado obsesionado eróticamente por Tippi Hedren, que ejercía de fantasma de sus dos rubias, Ingrid Bergman y Grace Kelly.
Sin embargo, que se resista a aceptarlo, no significa que no aplique una correcta interpretación ética y una justa comprensión humana. Dicho en bruto, este Hitchcock no queda, ni mucho menos, absuelto y tiene una conducta impropia, poco conocida, contada en sus últimas páginas, además de los incidentes con Heddren. De hecho, el Hitch de McGilligan es, posiblemente, eunuco o reprimido o ambas a la vez. No se decanta, pero ofrece una interpretación plausible.
El libro, además, presta una atención inusual a la etapa británica y a la estrecha relación de Hitch con sus colaboradores (escritores y montadores). Es tan detallada, que este trabajo solamente cabe calificarse de monumental y convincente, una tarea gigantesca muy bien resuelta y llena de datos asombrosos. Citaré uno: el famoso apelativo del "mago del suspense" con el que sería conocido el director británico viene de....la radio, donde impulsó el programa Suspense mientras que su productor habitual, el tozudo y legendario David O'Selznick, prefirió venderlo y publicitarlo como "el maestro del melodrama".
Y un reproche, por supuesto: McGilligan se centra tanto en los hechos, las colaboraciones, las suposiciones razonables de los asuntos humanos del cine que en la fase final, olvida el cine. Olvida, en fin, la enorme experimentación de Hitch que se inicia en La soga y alcanza Con la muerte en los talones. No hay mención alguna de la revolución del Vistavision ni por qué razones fue tan perfeccionista Hitch con rodar planos parejos en Vértigo ni su empleo del technicolor. Sí hay atención a Edith Head, pero no más.
Es un reproche, entiendo que escape del alcance de este trabajo, pero el resto es extraordinario. También ajusta bastante el rol ecléctico de guionistas como Ernest Lehman en su carrera y hasta restituye a la divina Jay Presson Allen, colaboradora tardía, de la etapa "simbólica".
Otra cosita más que me ha encantado saber es que Hitch estaba totalmente obsesionado con Antonioni. ¡Blanco sobre blanco! dijo al ver una de sus obras maestras de la trilogía de la soledad. Qué cosa tan contraintuitiva es imaginar al maestro viendo El desierto rojo (una y otra vez, al parecer) o Blow Up. ¡Cine!