Libro que debería ser de obligada lectura en tiempos como estos (y en todos).
El nobel Romain Rolland narra fantásticamente la metamorfosis que sufre Clerambault, su protagonista, al sufrir la muerte de su hijo durante los inicios de la I Guerra Mundial. Tras ser un beligerante patriota más, que considera la guerra como un acto natural de defensa de unos intereses justos, siempre justos para ambos bandos paradójicamente, su actitud cambia al conocer de primera mano lo que en verdad supone la guerra: devastación. Los himnos corales que la política azuza son vertidos como mantras que el pueblo corriente hace propios. Las victorias son de todos, pero las derrotas y la muerte sólo lo son del pueblo llano. Más de veinte millones de personas, hasta treinta y uno se dice que murieron, sin contar heridos ni mutilados.
A partir de este momento se producirá una anagnórisis que llevará a Clerambault a proclamar la ineficacia de las guerras y la búsqueda de La Paz a toda costa. El pueblo, los medios de comunicación y sus amigos se le echarán encima hasta el punto de convertirlo en un apestado. Él continuará manifestando su lógica a aquellos que se lo permitan.
Más allá de este argumento, la obra está cubierta por un halo existencialista y por muchos fragmentos sublimes. Nos harán pensar y nos colocarán en el sitio que nos merecemos. Un libro para todos los momentos. Conforme leía el libro y asentía mentalmente, me estremecía al pensar en Rolland y en todo lo que se le iba a avecinar unos años más tarde. Poco se debió de aprender.
Romain Rolland consiguió el Nobel en 1915 y se publicó Clerambault cinco años después, lo cual dicta la calidad de este autor no tan conocido. Hay que seguir leyéndolo y aprendiendo.
“Cabe preguntarse cómo es posible que haya personas que, por lo general, no son mala gente y normalmente serían dados a la tolerancia mutua, o incluso a la diferencia, pueden llegar a esas explosiones de fanatismo colérico donde abdican a la vez tanto de su corazón como de su sentido común”.
Bravo.