Me ha recordado a ciertas películas españolas, me refiero a las buenas, que te muestran un mundo reconocible y si bien el relato te entretiene no te fascina, no te conquista con el asombro, sino con la cercanía.
La historia se centra en los recuerdos de Tomás, un adolescente que se va de vacaciones a un lugar que no es nombrado, aunque se intuye que debe ser Galicia. Él está en esa edad en la que comprende que ya no es un niño y por lo tanto todo lo que tenga ver con esa etapa superada le despierta rechazo. A la vez, el mundo adulto todavía no ha adquirido sus verdaderos contornos, sencillamente se ha descorrido el velo de ingenuidad.
Sumergido en ese clima, se junta con el grupo de amigos del pueblo, que resultan ser unos brutos y junto a ellos se adentra en ese mundo de humillaciones, brutalidad y quizás algo de diversión. En ese verano, el madrileño Tomás experimenta la muerte, la violencia y la culpa, todo sin introducir elementos de género, al contrario, todo se mantiene dentro de lo reconocible y tanto es así que el epicentro de la historia se ubica en un acto terrible que desde hace unos años se ha convertido en un tipo de noticia bastante frecuente en las noticias nacionales, un hecho que obviamente despierta mucha indignación y que Barba aborda con un punto cruel, aunque con el visible esfuerzo de transitar hacia costas más humanas y racionales.
Valoro y aplaudo todo lo anterior, pero lo que quizás me ha acabado de convencer ha sido la prosa de Barba, mejor de la que recordaba en su República luminosa, una escritura de colores apagados, pero con buen regusto, elasticidad y que discurre como un camino de bajada, dando cabida tanto a la sutileza psicológica, como al acto obsceno o a los elementos oníricos. No debe estar entre las mayores exquisiteces que haya leído este año, pero sí que está entre los ejercicios verbales más pulidos y a la vez sucios de mi 2022 como lector.
Mi escena favorita es cuando acuerda con una chica el practicarse mutuamente sexo oral. Por turnos. Tomás cumple el primero y, cuando llega la hora de recibir, ella sencillamente se esfuma y ahí deja al chaval, con cara de bobo. Más español que eso no hay nada.