Alejandro Marcos siempre nos sorprende. De los pocos autores de género a los que sigo de nuestra península, junto al gallego Darío Vilas y al catalán Ricard Millàs. En este caso ha dado el salto a un gran grupo editorial, que ya os digo yo que no ha confiado mucho en él (la novela salió el 25 de enero, que es cuando salen los autores noveles con las que la editorial no sabe qué hacer), y es una lástima, porque Alejandro siempre sorprende y tiene una escritura que atrapa y seduce a partes iguales. Sus argumentos, sus intrigas, son lo de menos, pues nunca pretende esconderlas bien (al menos en los leídos El final del duelo y Vientos del este , de los que hay reseña en mi perfil de Goodreads), pero su escritura hipnótica y su construcción de personajes hacen que no puedas abandonar sus libros.
Por primera vez, Alejandro se adentra en los terrenos del terror y lo hace con una historia de fantasmas a la vieja usanza en la castilla profunda, con una manera de narrar que, más que recordarme a Stephen King como nos machacan en la contraportada, a mí me recuerda al Dan Simmons de Un verano tenebroso y al Valle Inclán de Jardín Umbrío, pero es que además es la Castilla de Delibes y Machado la que nos acompaña durante toda la narración.
Nos encontramos ante una novela coral en la que además cada personaje es narrado con una viz narrativa distinta, y en la que poco a poco vamos acercándonos a un clímax que ya vimos venir casi desde el principio pero que, gracias a la maravillosa escritura poética de Alejandro, disfrutamos igual y esperamos con sumo interés. Una novela de ambientes y sobre todo, de sentimientos, con unos personajes muy bien definidos, a destacar Carlos, Javier y Almudena. Me gusta mucho su certera descripción de un matrimonio plenamente feliz, de la aceptación de su propio carácter por parte de Javier.
Curva de Arla es el Elm Haven español, y se nos queda en la memoria durante algún tiempo después de haber leído la novela, pero no de una manera profunda y duradera, si no con la ligereza de un buen besteller. Aquí Alejandro es el heredero directo de la Elia Barceló de los últimos años, la que se ha pasado al Cozy Crime más amable. Podríamos decir que esta es una novela de terror amable, sin abandonar la crudeza de algunas situaciones (para eso es una novela de terror, claro).
Yo me dejé llevar, como siempre hago con los libros de Alejandro, y si os dejáis llevar, la disfrutaréis también mucho. Si estáis de vacaciones o tenéis unos días de solaz, es una novela perfecta para desconectar.