Tras completar el intensísimo proceso que supone la lectura de Querelle de Brest, estoy seguro de haber accedido a una novela única, una obra literaria como ya nunca más volverá a escribirse, por ser el producto de una determinada etapa de la Historia de la Literatura -transmisora de una manera de ver el mundo que, por múltiples razones, ya jamás podría volver- y, sobre todo, por ser la más icónica creación de un artista tan independiente e irrepetible como Jean Genet. Con todo esto, ya considero que merece la pena sumergirse en las páginas del Querelle, que -todo sea dicho- puede llegar a exigirle al lector un verdadero esfuerzo a la hora de enfrentarse a los dificultosos procedimientos narrativos, la enredada forma de redacción y las rebuscadas referencias que -junto a otros rasgos positivos que también quedarán referidos inmediatamente- dan forma a esta singular creación.
Primeramente, he de destacar el maravilloso estilo de escritura que Jean Genet despliega en muchísimas de las estampas que articulan su novela. A través de ellas, el lector no dejará de impresionarse con la apreciación de descripciones de lo más especiales, hermosísimas metáforas y comparaciones con base en elementos tan inicialmente inimaginables como finalmente ilustrativos. También he de destacar un muy elevado lirismo al que el autor es capaz de llegar para, inmediatamente después, pasar a combinarlo de una manera muy inteligente con palabras malsonantes y voces procedentes del argot más callejero, que, por cierto, están también muy bien elegidas. Además, no puedo abandonar este pequeño apartado del estilo sin dejar de destacar la notoria utilización que Genet -considerablemente precursor en este caso- realiza de la técnica de la anticipación narrativa, que tan presente estaría en las creaciones de muchísimos escritores posteriores.
En segundo lugar, merece una mención aparte la caracterización de los personajes. En este sentido, sobresale de manera innegable el protagonista de la novela, Georges Querelle, que puede llegar a causar sobre el lector un efecto tan auténticamente sugestivo como el que ocasiona sobre el resto de los personajes de la obra: según ésta avanza, se hace casi comprensible el hecho de que la belleza y la sensualidad extrema de Querelle, mágica y fatalmente combinadas con la violencia y el crimen, lleguen a desencadenar los estragos que el lector, también irremediablemente imbuido por el hechizo del viril marinero, se verá forzado a contemplar. A pesar de que Querelle refulja con un brillo del todo superior, también son muy sugerentes las profundidades de otras de las figuras de esta historia. Así, también me han resultado llamativos personajes como el teniente Seblon -muy especialmente resaltable por toda la belleza contenida en las anotaciones de su cuaderno íntimo-, el joven Gil -del que principalmente me ha impresionado el particular vínculo que le une al todavía más joven Roger- o la opulenta Madame Lysiane, que terminará tan turbada como el lector a causa de la intensa unión que fusiona al potente Querelle con otro personaje bastante curioso, su hermano Robert.
Por último, destaco el punto que, con diferencia, más me ha llamado la atención de toda la obra: el tan singular tratamiento del tema de la homosexualidad que en ella se lleva a cabo. Es impactante observar cómo en la mayoría de las situaciones literarias del Querelle, creado por una figura tan manifiestamente homosexual como Genet, se enfoca esta orientación desde una perspectiva del todo salvaje y forzosamente llevada a lo violento. A día de hoy, esta visión del asunto podría ser vista como políticamente incorrecta e incluso llegar a causar crispaciones entre determinados grupos. No obstante, lo cierto es que la homosexualidad se encuentra presente a lo largo de toda la obra y que, de hecho, esta ferocidad erótica desde la que se aborda el tema precisamente termina funcionando como un claro punto de unión entre casi todos los personajes, que, en mayor o menor medida, se ven arrastrados por este uranismo indómito. Además de que, a pesar de ser así de negativamente fiera, esta concepción de la homosexualidad tiene una importancia capital en la obra, considero positivamente destacable el siguiente hecho: si esta visión simplemente se observa, sin cortapisas, como una caracterización literaria, puede llegar a resultar muy interesante, tanto para un lector aficionado como para un estudioso específicamente interesado en el análisis de las distintas perspectivas desde las que se ha plasmado, con mayor o menor acierto, la homosexualidad a lo largo de la Historia del Arte. En este último sentido, quizás tanto para bien como para mal, Querelle de Brest supone, tal y como adelantaba al comienzo de mi reseña, un testimonio literario verdaderamente único.