Ya no recuerdo cuándo leí este libro por primera vez. He intentado volver a mis quince, dieciséis años, pero no logro encontrar el momento exacto en que vi, sobre alguna estantería, “Soledad“, el primer poemario que leí de Ángela Botero López (Medellín, 1959).
Para muchos lectores puede ser difícil aceptar que lo que escribe Botero López es poesía. Acostumbrados quizá a las estructuras complejas, a las palabras rimbombantes y solemnes, encontrarse con la sencillez de los versos de esta poeta paisa podría parecer, en principio, un acto ordinario. Y es precisamente ahí donde está la luz, lo dulce, lo extraño: en la sencillez.
Hay cotidianidad en sus versos sobre el amor, el dolor, la soledad y los sueños. Botero López contempla la vida y se deja sorprender por las cosas pequeñas. Y que no te engañe la palabra «sencillo», porque crear como crea Ángela Botero López no lo logra cualquiera.
Uno de mis poemas favoritos de “Soledad” dice:
«El viento vino a eso de las cuatro, no lo esperaba; vaya charla tan amena y agradable, vaya, que logró despeinarme».