"Noches Blancas" es apenas un relato, casi un suspiro, y sin embargo es capaz de condensar la ternura, la desesperación y la ridiculez de todo un ser humano que sueña demasiado. Dostoyevski no necesita grandes escenarios ni intrigas, porque aquí el verdadero escenario es el alma de un soñador, vulnerable y desarmado, que cree haber encontrado en una noche aquello que podría justificar una vida entera.
El narrador es ingenuo hasta lo patético, y en esa ingenuidad se esconde la primera crítica: la incapacidad de aceptar la vida tal cual es, la necesidad de adornarla con fantasías para poder soportarla. Y, sin embargo, esa fragilidad se convierte en una fuerza literaria arrolladora. Su voz, tan transparente, tan carente de defensas, nos incomoda porque nos refleja. Todos hemos habitado esa ilusión momentánea que se deshace con el amanecer, y todos hemos sentido cómo el recuerdo de ese instante pesa más que años enteros de existencia.
Sí, hay repeticiones, desvíos, frases que parecen estirar la confesión más allá de lo necesario. Pero esas imperfecciones no debilitan el texto: son parte de su naturaleza. El narrador prolonga su relato como quien alarga un sueño para no despertar, y en ese gesto radica la verdad de la obra. Dostoyevski convierte esa voz torpe en un espejo incómodo de nuestra propia necesidad de creer en lo imposible.
Lo verdaderamente devastador es que el lector sabe, desde el principio, que no hay esperanza. El desenlace se intuye, inevitable y cruel, pero seguimos leyendo como si quisiéramos proteger al soñador, como si su ilusión pudiera sobrevivir si la acompañamos. Cuando la realidad se impone, no sorprende: duele precisamente porque sabíamos que no podía ser de otra manera.
"Noches Blancas" no es un relato sobre el amor, sino sobre la fugacidad de la felicidad y la condena de haberla sentido alguna vez. Un texto breve, sí, pero que captura lo más difícil: esa mezcla de vergüenza y nostalgia que sentimos cuando recordamos la intensidad de un sueño perdido. Dostoyevski lo escribió como una miniatura, pero el eco que deja es el de una novela entera.
“Mi noche ha pasado como un minuto de felicidad; ¡y toda una vida no basta para pagarla!”
-Narrador
P.D: Casi na de diferencia con Tolstói eh, casi na.