Ante el pragmatismo que impone la modernidad capitalista en las formas del hacer humano, se hace ineludible la búsqueda de una actitud vital integradora. Por principio, ésta debería ser la actitud del ser humano como ente de cultura. Las múltiples acepciones del concepto cultura a lo largo de la historia moderna muestran el enfrentamiento constante entre las disciplinas antropológicas por encontrar lo específico del ser humano en sociedad. Esta oposición representativa del debate moderno en la definición de la cultura es ejemplificada por Bolívar Echeverría a través del enfrentamiento entre el estructuralismo de Lévi–Strauss y el existencialismo de Sartre. A partir de la teoría crítica de iniciada por Marx, pasando por los aportes posteriores de autores como Lukács, Bloch, Lefebvre, así como Horkheimer, Adorno y Benjamin, entre otros, Echeverría propone una crítica a la concepción de cultura propia de la tradición occidental. Se apoya para el efecto en la reconstrucción de la antropología implícita en la ontología fenomenológica y formula un concepto de cultura que permite el acercamiento a las distintas "lenguas" de las ciencias de lo humano, pasando por la mítica, pero necesaria, "prueba de Babel".
El libro, que corresponde a la transcripción de unas clases que impartió Echeverría, busca establecer las líneas directrices en la construcción de una definición crítica de la cultura. Para esto, Echeverría retoma brevemente una discusión que había relegado la definición de la cultura en una oscuridad semántica muy problemática. De ella –la discusión–, sin embargo, rescata algunos elementos importantes que se vuelcan hacia su consideración material y distintiva y hace el esfuerzo por inscribirla en el contexto de (re)producción de la vida humana, bajo una perspectiva marxista. No hay que olvidar que Echeverría, pensador ecuatoriano, formado en Alemania y en México –lugar en el que produjo una buena parte de su obra–, pertenece a una generación de marxistas en México que se caracteriza por retomar los aportes de Marx –del Marx maduro de «El capital», por sobre todo– con una fuerte influencia de la teoría crítica de la escuela de Frankfurt y de Heidegger y derivados; asimismo, por establecer un debate fecundo con el estructuralismo (entre los que resaltan Lévi-Strauss y los lingüistas después de De Saussure, es decir, Jakobson, Hjelmslev y otros). Razón por la que en su posicionamiento destaca la ilación entre la producción económica y semiótica, pero también entre éstas y la sociabilidad (fundamento de lo político) inscrita en un horizonte dialéctico y totalizante que, no obstante, no parece tener una clausura definitiva.
Sin duda es un libro bastante complejo que solicita del lector paciencia y conocimientos previos; pero que, pese a ello, le ofrece una multiplicidad de consideraciones que seguramente le darán mucho que pensar.
Este libro no es una introducción a un concepto de cultura, ni al estudio de ella. Sino que tal como dice su titulo, una definición de cultura, que viene influida y delimitada por la posición del autor y su tradición filosófica. Por lo tanto, no es un libro para legos en el tema de la filosofía y ciencias sociales. Aun así, es muy interesante, porque el autor adscribe a un conjunto de corrientes que en principio parecen incompatibles, desde Marx, a la lingüistica de Jakobson, el existencialismo de Heidegger y Sartre, la crítica a la cultura de la escuela de Frankfort, etc.
La verdadera lección del libro es la manera de exponer y desarrollar un problema. El autor presenta un trabajo cuidadoso en el que conjuga varias perspectivas y, además, se da el lujo de escribir de forma muy atractiva, aunque compleja. Me gustó bastante, seguiré volviendo a él.