Sé que todavía faltan como dos capítulos para completar el tomo, pero está claro que no llegarán pronto por el hiatus y que, con el material por el momento disponible, hay suficiente como para dedicarle una reseña.
Comenzando por el capítulo inicial, Ichikawa vuelve a la exposición. Se le perdona porque el resultado es excelente: conocemos más del mundo pre-Kongô, ampliamos el trasfondo de la gente selenita y, sobre todo, nos encontramos con un nuevo giro de guion: Aechmea es Enma/Yama, aquel que juzga las almas de los muertos en el budismo. Esto tiene un uso directo en los últimos capítulos, en que Phos descubre la sombra de Aechmea acechando todas sus acciones hasta la actualidad. De nuevo, la autora parece tratar la figura de Enma desde un punto de vista macabro: en lugar de juzgar las almas de los muertos, busca el dolor de Phos para completar su transformación en ser humano y, en lugar de juzgarlo, prolonga su sufrimiento diez mil años.
Mientras tanto, en la Tierra, continúa la invasión. Si los últimos capítulos ya habían sido desgarradores, Ichikawa no deja títere con cabeza en estos. Phos abriéndose paso hasta Sensei es, narrativamente, una estructura perfecta para demostrar su tenacidad. Todas las escenas muestran su nueva personalidad egoísta: primero ignora a Rutile, una gema que ha sufrido igual que Phos (perdiendo su salud mental en busca de un objetivo inalcanzable); después destruye a Jade, cuya preocupación por Phos llega al punto de disculparse por no haberle entendido. Phos tan solo busca amor, pero su nueva personalidad le impide darse cuenta de cómo está abandonando a su familia progresivamente. Cuando llega el enfrentamiento con Cinnabar, visualmente impresionante, la alegoría es clara. Es una batalla entre dos parias que, unidos por la necesidad de validación y la forma en que se ayudan mutuamente, se contraponen: Phos rechaza a su familia, sintiéndose invalidada por el mundo entero, y Cinnabar la acepta pese a que su validación pueda tener origen en la lástima. La lucha es rápida, triste y un colofón perfecto para este arco, marcando la desgarradora victoria de Phos. La escena en que Phos, habiendo olvidado a su antiguo yo, proyecta los recuerdos de Cinnabar, es la guinda sobre el pastel de tristeza: con todo lo sucedido, Cinnabar continuaba recordando a Phos como aquella gema despreocupada que tomó la decisión de ayudar a Cinnabar con su soledad. Y, sin embargo, este es el final que ambos personajes han recibido. La transformación de Phos en ser humano es brillante, con esa forma a medio camino entre la gema y el humano, entre el traje de su antiguo yo y la placenta del renacimiento.
Tras tanto dolor, llega un desenlace al arco incluso más intenso: inesperadamente, Kongô se rompe y Enma añade la gota que colma el vaso al sufrimiento de Phos. Mientras el resto de las gemas viven en paz con la gente selenita (si bien también abre un debate interesante sobre si la pérdida de identidad de una de las dos partes era el cierre más razonable para un conflicto milenario), Phos se sume en un sufrimiento de diez mil años. Sabiendo que, gracias a la influencia de Lapis, Phos ahora tiene total consciencia del paso del tiempo, no me imagino cómo saldrá tras semejante lapso. Más aún si tenemos en cuenta lo que 220 años provocaron en su mente quebrada. Ichikawa parece dispuesta a todo para destruir a su protagonista y estoy muy dentro de este barco (de Teseo). Que el hiatus lleve ya prolongándose 330 días me hace sospechar de la espectacular maniobra por parte de la autora: hacer que el lector sufra una pequeña porción del tiempo de espera de Phos para reforzar la empatía por un personaje que, al final, no es sino víctima de las circunstancias, de tendencias depresivas y cuyas decisiones no son enteramente culpa suya.
Como siempre en esta serie, no sé qué puede suceder en los próximos capítulos. Con lo que hay ahora mismo, Houseki no Kuni ya se ha convertido en uno de mis mangas favoritos. Qué personajes, qué narrativa, qué ambientación y cuánto sufrimiento. Espero que el final sea, por lo menos, bonito; bastante ha sufrido ya Phos como para continuar así. Si de verdad termina en el capítulo 108 (por ser el símbolo numérico budista por excelencia), creo que Ichikawa va a tener tiempo de sobra para rematar la serie con un broche de oro.