Francisco Rico Manrique (Barcelona, 28 de abril de 1942- 27 abril 2024), filólogo y académico de la lengua española, fue discípulo de José Manuel Blecua y Martín de Riquer. Fue profesor visitante en la Johns Hopkins University en 1965-1966, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales en la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de la Real Academia Española desde 1987, así como de la Accademia Nazionale dei Lincei, la British Academy y el Institut de France en la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres.
Ha editado clásicos medievales y del Siglo de Oro español, en especial el Quijote, y ha escrito sobre literatura e historia medieval y renacentista, con especial atención al Humanismo. Ha dirigido asimismo la Historia y crítica de la literatura española (editada por Crítica, compuesta por nueve volúmenes, más nueve suplementos). Director de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, iniciada en la editorial Crítica, bajo las pautas del Centro para la Edición de los Clásicos Españoles que el propio Rico promovió.
En 1998 ganó el XII Premio Internacional Menéndez Pelayo, en el 2004 el Premio Nacional de Investigación Ramón Menéndez Pidal y en el 2013 el Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald y el Premio Internacional Alfonso Reyes del Colegio de México.
Comento algunos de los cuentos de esta colección que no he comentado por separado en otra reseña. «La ladrona de niños» de Erckmann-Chatrian es un terrible relato de crónica negra no sé si inspirado o no en hechos reales. No nos ahorra la crítica social en el retrato del ridículo e inútil preboste que desdeña a la pobre loca que ha perdido a su hijita y no hace nada para investigar el secuestro. «El ahorcado de la Piroche» de Dumas hijo es uno de los mejores cuentos de esta selección para mi gusto. Está escrito con un humor negro zumbón. Es genial la reflexión que hace sobre las excesivas descripciones paisajísticas que él pretende evitar: «no temáis que abuse de mi ciencia para haceros una descripción, y sobre todo porque—dicho sea entre nosotros—las descripciones son muy aburridas. Esto a menos que no se trate de las selvas vírgenes de América como en Cooper, o del Mississippi como en Chateaubriand, es decir de países que no están al alcance de la mano, y para los cuales la imaginación necesita la ayuda de los viajeros poetas que los han visitado a fin de poder representárselos mejor en todo su detalle. En general, las descripciones no sirven de gran cosa si no es para que el lector se las salte… Confieso, pues, por mi parte y, salvo mejor opinión, que, cuando me encuentro en el caso de tener que describir un país que todo el mundo puede haber visto o que todo el mundo puede ver, sea porque esté próximo, sea porque no difiera gran cosa del nuestro, prefiero dejar al lector el placer de recordarlo, si lo ha visto, o de figurárselo si no lo conoce todavía. Al lector le gusta que se le deje su parte creadora en la obra que está leyendo; esto le halaga y le lleva a creer que también podría hacer el resto». «El deseo de ser un hombre» de Villiers es uno de sus «Cuentos crueles» y es realmente cruel. Un actor envejecido y a punto de retirarse, tras mirarse en un espejo callejero, se da cuenta de que nunca ha sentido nada real, sólo ha sido una sombra de los personajes que ha interpretado. Para sentir algo de verdad, aunque sea el arrepentimiento o la culpa, incendia un barrio de París. Brillante y muy literario, con un estilo recargado y decadente, lleno de adjetivación a veces excesiva y con citas eruditas. «El cura de Cucuñán» de Daudet pertenece a sus «Cartas desde mi molino» es un cuento de sencilla devoción popular. El cura alecciona a sus fieles con una visión que ha tenido supuestamente del paraíso, el purgatorio y el infierno en la que encuentra a sus paisanos en este último lugar. Una divina comedia simpática y popular. «Los ladrones y el asno» de Zola pertenece a los “Cuentos a Ninón”, obra de sus veinte años. Es una encantadora historia de amor juvenil entre un misógino y una joven ligera. No parece el Zola típico en absoluto. «Barbazure» de Thackeray es una parodia de novelas históricas de la época como Ivanhoe de Walter Scott. El Barbazure del título es, creo, Barbazul o un émulo. El relato está lleno de la misma ironía que encontramos en «La feria de las vanidades» aquí trasplantada al siglo XVII, con caballeros andantes, torneos y venganzas implacables. Describe la conducta irreprochable del tal Barbazure: «…Que el barón Raúl cobrase pontazgo en el río y porte en tierra; que de vez en cuando exigiese rescate a un ciudadano, despojase a un vecino o arrebatase el botín a un judío; que quemara el castillo de un enemigo con la esposa y los hijos dentro..., todos estos eran detalles por los cuales la comarca conocía y respetaba al intrépido barón. Cuando regresaba victorioso, era seguro que dotaba a la Iglesia con una parte de su botín, de modo que siempre que salía en campaña iba acompañado de sus bendiciones. Así vivía el barón Raúl, orgullo del país en que moraba, ornato de la corte, de la Iglesia y de sus comarcanos». Ejemplo de ironía inglesa. «El fatalista» de Lermontov es un relato extraído de «Un héroe de nuestro tiempo» y nos presenta a un personaje, el que da título al relato, que cree tanto en la predestinación que hace la prueba con sus compañeros de campamento apretando el gatillo de un revólver cargado contra su sien, lo que llamamos jugar a la ruleta rusa. El revólver no dispara y sí lo hace cuando vuelve a probar esta vez contra la pared. Piensa que no era la hora de su muerte. La ironía del destino hace que el fatalista muera ese mismo día a manos de un asesino enloquecido (el narrador anteriormente nos anticipa la muerte del fatalista antes de la ruleta rusa: «Tengo observado, y muchos combatientes veteranos lo confirman, que el rostro del hombre destinado a morir en breves horas suele llevar impreso el extraño sello del sino ineluctable, hasta el punto de que un ojo experto se equivoca rara vez. —Usted morirá hoy —le dije yo. Se volvió rápidamente hacia mí, pero su réplica fue pausada y tranquila. —Puede que sí, puede que no…»). Esta anticipación nos crea el suspense y anticipa la ironía final de la historia. El autor no filosofa ni profundiza en las implicaciones de la predestinación: se limita a plantear la cuestión de forma narrativa a través de un personaje. Esta historia es de las que dejan poso y sigue resonando tiempo después en el lector. «Toc…toc…toc» de Turgueniev parece continuación del anterior. Tiene un argumento similar, aunque aquí parece que el autor no comparte el fatalismo del personaje: todas las casualidades que el fatalista interpreta como obra del destino, acaban teniendo una explicación lógica y realista. Lermontov era un romántico amigo de Pushkin, que acabó como él: muerto en un duelo antes de cumplir los treinta años. Turgueniev era un realista. «La mujer que redujo al mendigo a la miseria» de Jan Neruda es un cuento tierno y triste sobre un falso mendigo, al final descubierto y despreciado por todos que muere abandonado y congelado. «El raquero» de Pereda es un cuadro costumbrista picaresco con un lenguaje castizo y un estilo algo enrevesado. «Protesto» de Clarín hace referencia al ídem de la letra de cambio mercantil. Don Fermín Zaldúa, el típico y tópico prestamista usurero, cuando empieza a peinar canas se empieza a preocupar por el “otro negocio” (la salvación de su alma). Empieza a gastar en obras pías y a rodearse de curas, pero tras un sueño vuelve a su ser natural avariento. En el sueño, sus méritos se reflejan en una letra de cambio a la vista cuyo pago rechaza San Pedro: “Pero fue el caso que el Apóstol, arrugado el entrecejo, leyó y releyó el documento, le dio mil vueltas, y por fin, sin mirar al portador, dijo malhumorado: ¡Ni pago ni acepto!”. Es curioso que aquí Clarín diferencia entre contrición y atrición. Nos dice que Don Fermín Zaldúa “se aplicó de buena fe a las prácticas religiosas, y si, modestamente, al sentir el dolor de sus pecados, se contentó con el de atrición, fue porque comprendió con su gran golpe de vista …que a don Fermín Zaldúa no había que pedirle la contrición, porque no la entendía”. Según la RAE la atrición es en el catolicismo, arrepentimiento de los pecados por temor al castigo divino y la contrición es dolor de haber ofendido a Dios, por el amor que se le tiene. Estos términos a día de hoy requieren una nota a pie de página. «Historia del niño malo que no tuvo contratiempos» de Mark Twain parodia los cuentos morales piadosos de los libros de escuela dominical. Al Jaimito de este cuento todas sus maldades y travesuras le salen bien y no tienen castigo ejemplarizante. «El desventurado novio de Aurelia» de Mark Twain es un divertido cuento de humor negro. El novio de Aurelio va depreciándose conforme se acerca su boda, pierde brazos, piernas, ojo, padece viruelas… «Hubiera sido una feliz idea por parte de Caruthers empezar por el cuello y haberse desnucado lo primero; pero ya que ha creído más conveniente elegir una política distinta y prolongarse durante el mayor tiempo posible, no creo que debamos echárselo en cara, si ello le divierte. Hagamos lo que podamos, dadas las circunstancias, y tratemos de no impacientarnos con él». «Un suceso en el puente sobre el río Owl» de Ambrose Bierce nos cuenta el ahorcamiento de un civil sudista en el puente del título. Bierce nos engaña: creemos que nos cuenta la escapatoria del ahorcado por la ruptura de la cuerda y resulta que lo que nos cuenta es la ensoñación ante mortem del ejecutado. «Noche de almirante» de Machado de Assis es uno de los cuentos que más me ha gustado de la colección y me ha descubierto a este autor, del que me entran ganas de bucear más en su obra. Deolindo llega a tierra tras una larga travesía marina con enormes ganas de encontrarse con su amada Genoveva: le espera una noche de almirante memorable. Como podemos esperar, nada va a ser como se imagina. Se han jurado amor eterno y cuando la encuentra resulta que se ha ido con otro, un vendedor ambulante. El encuentro entre Deolindo y Genoveva no puede ser narrado con más sutileza: ella es una criatura sin sentido moral alguno, que se deja llevar de sus impulsos e instintos y es incapaz de empatizar en modo alguno con el pobre Deolindo. Él es un pobre hombre que es incapaz de tomar una decisión drástica y al final prefiere mentir y disimular por vergüenza de la realidad. «Lo cierto es que el marinero no se mató. Al día siguiente, algunos de sus compañeros palmearon su hombro, felicitándolo por la noche de almirante y le preguntaron por Genoveva, si estaba linda, si había llorado mucho su ausencia, etc. Él respondía a todo con una sonrisa satisfecha y discreta, una sonrisa de alguien que vivió una gran noche. Parece que tuvo vergüenza de la realidad y prefirió mentir.» Es de un realismo psicológico auténtico, lleno de sutileza y a la vez de sencillez. Magnífico. «Los dos rostros» de Henry James nos cuenta cómo una bella y encopetada dama (lady Grantham) se venga de su antiguo pretendiente (lord Gwyther) en la persona de su reciente esposa. El Lord pide a la dama que introduzca en la alta sociedad londinense a su esposa y la vengativa lady utiliza a su modista para convertirla en un ridículo mamarracho. «La pobre criatura está perdida. —¿Perdida? —Sin remedio. Sí, como decíamos, todo depende de la primera impresión, ¡la primera impresión ya está hecha! Dios! ¡Hecha y fraguada! Ahora no podrá deshacerla jamás. Y su marido, que es tan orgulloso, estará indignado con ella. No entiendo cómo pudieron pensar que su belleza era suficiente para salvarla: apenas un poco de frescura palpitante y aterrada. ¿Qué le habrá visto él? Todo se ha consumado con una maestría feroz. —¿Usted supone que también la modista es un demonio? —¡Oh! ¡Las mujeres londinenses y sus modistas!—y la señorita Banker soltó una carcajada.» Este sencillo argumento se convierte en manos de Henry James (o de su traductor) en un enrevesado texto, lleno de sutilezas y que a veces hay que releer para entenderlo. Lo mejor para mí es el diálogo transcrito. «Mi señor el niño» de Tagore es un cuento muy hindú. Tiene de fondo el tema de la reencarnación. El sirviente Raicharán pierde al hijito de su amo, que fallece ahogado en un río en un descuido. Se queda tan traumatizado que el hijo que tiene poco después su mujer cree que es la reencarnación del amito muerto. Lo malcrió como al hijo de un rico y cuando es mayor se lo devuelve a sus antiguos amos. «El susceptible» de Schnitzler es un cuento burlesco. A una joven cantante que ha perdido la voz, le receta un médico para poder recuperarla echarse un amante (curiosa idea la de que el sexo mejore la voz). Éste, al enterarse que ha sido utilizado con fin terapéutico y abandonado en cuanto la terapia hace efecto, se suicida. Por simple susceptibilidad. Nos dice Schnitzler: «uno piensa que conquistó a una jovencita inocente y después se entera de que sólo fue para ella algo prescrito como un medicamento. Seguro que después de leer esa carta se sintió despreciable. Todo el tiempo que estuvo con ella llegaría a parecerle algo emponzoñado». Humor teutón.
«El águila negra» de O´Henry nos cuenta las aventuras de «Tragapollos», un vagabundo despreciable y ratero que llega a robar a los niños. Al llegar el invierno se desplaza al sur y allí es tenido por un forajido por su aspecto fiero, incluso llega a liderar una banda criminal con el sobrenombre del «Águila negra». Incita a su banda a asaltar un tren y cuando llega el momento le entra nostalgia de su viaje de ida al sur en el tren y se acomoda en la paja del vagón y vuelve a su tierra.
«El velorio» de d´Annunzio es un cuento perturbador. Durante el velorio, ante el cadáver del marido, la viuda acaba besándose con su cuñado (el hermano clérigo del difunto). Quizá escandalizara en su momento (principios de siglo XX). Me llama la atención el detalle morboso que sigue: «En aquella tranquilidad perfecta Rosa oyó una especie de gorgoteo ronco que procedía del cadáver, y con gesto de horror se levantó de la silla como para alejarse. —No tengas miedo Rosa, son humores —dijo el cuñado tendiéndole la mano para tranquilizarla. Ella tomó la mano, instintivamente, y siguió de pie. Aguzaba el oído para escuchar, pero miraba a otra parte. Los gorgoteos continuaban en el vientre del muerto y parecían querer subir hacia la boca». El estilo muy rebuscado y descriptivo lastran la fluidez del relato y lo convierten en demasiado artificioso.
«La grande-Brière» de Schwob es un relato exterior y descriptivo. Nos cuenta todo lo que se percibe con los ojos pero nada de lo que sucede en el interior de los personajes, entre los que encontramos una asesina despechada. La descripción de la naturaleza desolada es exhaustiva. Es el relato de un crimen durante la caza de grullas en las marismas del título. «Las plumas del Caburé» de Blasco Ibáñez es un cuento sobre la superstición indígena guaraní de la invulnerabilidad que dan las plumas del título. El chusco final destruye esa falsa creencia de la manera más definitiva: el poseedor de las plumas reta a un escocés borracho a que le dispare al pecho, confiado en su invulnerabilidad. Como es lógico, las plumas no son suficientes para evitar el destrozo. Es un cuento maravillosamente escrito, muy divertido: no se puede contar esta historia de mejor manera. Prefiero a Blasco Ibáñez en los relatos que en las novelas largas.
«El velo de la reina Mab» de Rubén Darío es una prosa poética más que un cuento. La reina Mab inocula un velo de esperanza en la vida cuatro desdichados artistas que gracias a ello consiguen ver la vida de color de rosa. «Un incidente» de Máximo Gorki es muy característico de su autor. Nos presenta a tres desgraciados del estrato más bajo de la sociedad que se hacen amigos y trabajan juntos en labores muy humildes, como limpiar pozos negros o derruir cabañas. Un día una vieja les ofrece cinco rublos por derribar un baño y limpiar un pozo negro. Mientras trabajan la ven leer un grueso libro muy lujoso con bordes de plata. Uno de los amigos, el más fatalista y cristiano le pregunta a la vieja por el libro y le pide que le lea algo: resultan ser los evangelios. El más pagano, en un descuido acaba robándole a la vieja los broches de plata del libro. Cuando acaban el trabajo y se van, el ladrón enseña los broches y el más piadoso (aunque borracho incorregible) le pide comprarlos para devolvérselos a la vieja. Todo el cuento rezuma amor a la humanidad más marginada y menesterosa.
«Agonía» de Víctor Catalá es un brillante relato naturalista sobre la confesión de una esposa adúltera en el lecho de muerte. No nos ahorra detalles siniestros: «La enferma se removió angustiada, y salió de la cama una vaharada de fuerte sudor, de orines, un insoportable olor de cosa descompuesta. El estertor se hizo más fatigoso, y más largo el silbido». «Bergamot y Garaska» de Andreiev tiene un punto conmovedoramente amargo. Bergamot es un guardia bruto y primitivo que una noche de Pascua se encuentra con el borracho y alborotador Garaska y lo detiene. Garaska tenía un huevo de Pascua que le iba a regalar que se rompe al ser detenido. Este hecho conmueve al guardia que lo lleva a cenar a su casa. Allí acaba llorando al verse tratado con consideración y cariño y llamado por primera vez por su patronímico: «—Sírvase más sopa —dijo María, alargándole la sopera a Garaska—, sírvase más sopa, Guerasim... No sé cuál es su patronímico. —Andreich. —Sírvase más sopa, Guerasim Andreich. A Garaska se le atragantó la cucharada que se disponía a deglutir. Soltó la cuchara, y dejó caer la cabeza sobre la mesa. Un plañido como los que media hora antes habían turbado tanto a Bargamot brotó de su pecho. Los niños, que empezaban ya a mirarle sin inquietud, soltaron también las cucharas y se echaron a llorar. Bargamot miró consternado a su mujer. —¿Por qué llora usted, Guerasim Andreich? inquirió ella, compasiva, cariñosamente. —Me llaman por el doble nombre… —balbuceó, sollozante, el borracho—, Es la primera vez... desde que nací... que me llaman así». «De cómo el viejo Timofei murió cantando» de Rilke es un nostálgico homenaje a la transmisión oral de los poemas, narraciones y canciones. Timofei se enfada con su hijo porque no le gusta la mujer que ha elegido por esposa. El hijo abandona al padre y cuando éste está en su lecho de muerte, el hijo, avisado por un vecino, acude y recoge los cuentos y canciones de labios de su padre moribundo. La tradición se mantiene.
«El Señor Cuenca y su sucesor» de Gabriel Miró es un conmovedor recuerdo de la triste infancia en un frío internado de jesuitas del narrador Sigüenza. Salvado el primer párrafo, que se hace bola con su descriptivismo barroco y recargado, la historia del Señor Cuenca y la insensibilidad de los padres jesuitas y del interlocutor del narrador dejan un amargo sabor de boca.
«Arabia» de James Joyce parece una anécdota autobiográfica narrada en primera persona del plural por un adolescente que forma parte de una pandilla de jóvenes. Se trata de un amor frustrado por una vecina que le sugiere que vaya a una feria que se llama la Arabia. Cuando consigue ir llega demasiado tarde y se siente enrabietado y ridículo. Es muy poética la descripción del enamoramiento del narrador: «Por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría o no a hablarle y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como dedos que recorrieran mis cuerdas.»