«La princesa de Éboli» nos hace viajar a la España del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II.
Ana de Mendoza, princesa de Éboli, sufre un accidente durante su adolescencia —mientras entrenaba con un florete— y pierde un ojo. A partir de ese momento, la confianza en si misma se incrementa y el parche que oculta la cicatriz será objeto de miradas en la Corte.
Obligada a casarse con un hombre mayor que ella, pero con un puesto muy cercano al rey, Ana entablará amistad con la reina Isabel de Valois —tercera esposa del rey Felipe— y ello le permitirá estar muy cerca de la familia real, al igual que su marido.
Una relación amorosa con uno de los secretarios del monarca y los diversos enemigos que fueron surgiendo a causa de las actividades conspiratorias, supuestamente incurridas por el hermano bastardo del rey, don Juan de Austria, provocan que la princesa acabe encarcelada en su propio palacio.
La novela, escrita en primera persona, cuenta la historia en boca de la propia princesa, hacia su hija, en su lecho de muerte. Durante toda la historia y, aunque Ana se enfrentara a todos sus enemigos sin pestañear, la figura de las mujeres en la Corte siempre quedaba relegada a la costura, la concepción de descendientes (a poder ser un varón, como mínimo) y a no inmiscuirse en los temas tratados por los hombres. El papel de la princesa, por una parte, es de ser discreta y que no se note su interés por participar en asuntos de Estado; intenta transmitir sus ideas e inquietudes a través de su marido o de su amante; o, incluso, conversando con la reina Isabel.
Aunque existen muchas escenas dramáticas y de tensión, la comedia en algunas situaciones hace calmar los ánimos al lector.
El vocabulario es fácil y una lectura bastante ágil.
En definitiva, se trata de novela histórica escrita por una descendiente directa de la princesa, Almudena de Arteaga del Alcázar, de la familia de los Mendoza.
NOTA: 8/10