Hay quien dice que el nuevo Nueva York es Doha, capital de Catar con un skyline espectacular. Tampoco la economía mundial se mueve ahora por Wall Street. Pero lo que ha hecho Nueva York ser lo que sigue siendo es su gente y los que vivieron allí, junto con todo el imaginario que durante años se ha desarrollado en sus calles. Paul Auster, Woody Allen, Philip Roth, Truman Capote, Salinger, Patti Smith, Lou Reed, Harvey Keitel o Martin Scorsese no serían lo mismo ni tampoco las historias que transcurren en esta antigua capital del mundo. Cine y literatura aquí se dan la mano.
Se trata del primer libro que leo de la autora, y si lo he hecho ha sido porque visité Nueva York, y aunque hubiera querido leerlo antes de estar allí, lo he leído unas pocas semanas después de estar, aún con el color de sus calles en mis ojos.
Elvira Lindo junto con su marido Antonio Muñoz Molina que da clases en la universidad de Nueva York viven la mitad del año en Nueva York, y la otra mitad en España. El primer lugar al que nos lleva la escritora en este libro sobre la ciudad de Nueva York es a Queens, uno de los cinco distritos de Nueva York City y quizás donde más millonarios vivan, para acudir a un psiquiatra uruguayo que sea capaz de aliviarle sus problemas de ansiedad y que derivan en unos terribles dolores de estómago y musculares en espalda y cuello.
Su trabajo le permite vagabundear gran parte del día y con ella nos sumergimos en su universo particular de Nueva York con sus cafeterías, restaurantes y demás establecimientos.
Vivió al principio en Upper East junto al barrio de Harlem en Manhattan. Ella misma nos cuenta que apenas quedan reminiscencias de los elementos que pueblan nuestra representación de un Harlem con músicos negros o de ceremonias religiosas auténticas. Todo se ha ido diluyendo con el paso de los años y los avances sociales, y los vestigios que observamos hoy en día son edificios remodelados y adaptados a muestras comodidades actuales.
Tampoco ella es una neoyorquina auténtica, y quizás por eso aún existen para alguien de su nivel restaurantes donde nunca puede acceder a una mesa en la sala interior donde siempre está llena, y tenga que conformarse con tener mesa junto a la terraza desde donde observa toda la fauna de seres humanos que se mueven por esta maravillosa urbe.
En las largas caminatas con las inconmensurables vistas de la 6ª avenida, el Empire State o el Rockefeller Center, Elvira nos cuenta lo mal que lo pasó cuando le boicotearon en Barcelona su pregón de las Fiestas de la Mercè. También nos cuenta la historia de locales cerrados como el Rose’s Turn y su peculiar cantante Terri White quien renació de sus cenizas tras el cierre del negocio. En este piano bar actuaron grandes pianistas del Music Hall con su clientela de gays y bolleras. Mencionar también el Florent que fue una estupenda cafetería de aire retro en donde se reunían gays, drag Queens, homeless, trabajadores de los almacenes y celebridades varias. En esta cafetería se celebraba el Orgullo Gay cuando era algo novedoso, y también conmemoraban la Revolución francesa. En todos estos lugares se propicia la comunicación entre los diferentes seres humanos sean quienes sean estos. ¡Qué lejos han quedado los tiempos en que estaban mal vistos! Hoy en día se mueven orgullosos y orgullosas por sus calles, y lo único que deben soportar y cada vez menos es la mirada de algún paleto de provincias, mientras pasean con sus trajes ajustados y sus tacones sobre plataformas.
Algo que pertenece a Nueva York es la obsesión por ser lo más en todo, y aparecer en listas: El local más cool de la ciudad, las mejores hamburguesas de todo New York, los mejores restaurantes italianos, las mejores experiencias… Esto hace que parezca que en Nueva York solamente vivan los jóvenes, pero no es así puesto que también hay viejos y personas que no quieren entrar en estas vertiginosas vorágines.
Una de las partes más divertidas del libro es cuando la autora nos cuenta su experiencia en el gimnasio del barrio Paris Paris. Es tiernamente delicioso todo cuanto nos relata.
Elvira Lindo nos dice que al final un neoyorquino de Manhattan apenas mueve el culo de su barrio. Viven el barrio que les tocó en suerte, construyendo su propio hábitat en él para hacerlo más habitable y sin sentir la necesidad de abarcar esta inmensa ciudad, para estar integrado en ella.
También nos habla de la dureza y crueldad de la ciudad, “donde se dejan a un lado a los débiles”, y sigue siendo una apisonadora de sueños de muchos de los que llegan ilusionados por cambiar a mejor su vida.
Decía mi admirado Javier Reverte que cuando viajaba a un país o ciudad siempre tenía que haber en estos lugares un trasfondo literario, de historias contadas en los libros. Parece que Elvira también se deja llevar por esta máxima y nos presenta su pasión por los libros y los grandes autores como Salinger o Mark Twain como precursores de la literatura moderna, el “hijoputilla” de Truman Capote o Louisa May Alcott, y también nos muestra el poco cariño que le tiene al mundillo literario con sus mesas literarias o charlas abiertas con público, y toda la endémica fauna que se mueve por estos lugares tan poco apetecibles.
Nota 6,5