La del reino suevo de Hispania es una historia desafortunada. Ignorada en la mayoría de las historias de España, valorada como apéndice en el mejor de los casos, o como mero comparsa en las del reino visigodo, el primer reino germánico de Occidente ha sido siempre objeto de maltrato. En manos de historiadores no profesionales o no siempre respetuosos con la crítica histórica, los intentos de aproximación a sus vicisitudes han sido escasos y se encuentran absolutamente dispersos. Así, la presente monografía se presenta como la primera gran exposición del devenir de este reino peninsular, que entre los siglos IV y VI de nuestra era ocupó el área noroccidental de la Península, hasta su desaparición e integración dentro del reino visigodo de Toledo. Rescatar del olvido la historia de este reino y contextualizarla es, hoy, una labor obligada que nos ayudará a comprender mejor la de España, más allá de los tópicos historiográficos tan comunes en los relatos en torno a ella.
Es bien sabido que hay determinadas épocas de la historia que han sido dejadas al margen o infravaloradas en favor de una construcción idealizada del pasado nacional, sea español, como en este caso, o de cualquier otra nación del mundo. Pero centrándonos en la Península Ibérica, ese caso más flagrante, posiblemente, haya sido el del reino suevo, el primer estado post-impero romano que llegó a construirse en Europa.
Y es que a veces la Historia no es justa. Sometido las más de las veces a la necesidad de ensalzar lo visigodo como germen de lo español, el reino suevo ha sido condenado, a veces consciente y otras inconscientemente, a un olvido injusto en el que simplemente era una nota al margen sin la menor importancia, como si sus 170 años de existencia no hubiesen sido más que una vulgar ola dentro de un océano de acontecimientos.
Sin embargo, en las últimas décadas se ha llevado a cabo una revisión historiográfica que pretende conceder al reino suevo la importancia que se le ha negado desde que los visigodos lo sometieron en el año 585 de nuestra era. Porque sí, ya desde aquellos tiempos se pretendió borrar su huella como si una vez no hubiese existido un efímero reino que fue pionero en Europa.
«El reino suevo» de Pablo C. Díaz intenta hacer una revisión sobre el tema evitando la excesiva euforia que se ha dado unas veces o la demasiada indiferencia de la que ha sido objeto otras. De hecho, hay pocos estudios sobre uno de los momentos determinantes en la historia de la península y sobre un reino que fue pionero en europa y que marcó el devenir de lo que vendría después en su territorio. De hecho, a la mente me vienen ahora pocos ejemplos que, siendo honestos, no siempre son del todo objetivos, sea en un sentido u otro.
Pablo C. Díaz no se anda con sentimentalismos ni medias tintas y le da al César lo que es del César. Aborda la cuestión desde una objetividad impuesta como forma para alcanzar la verdad, intentado reconstruir dentro de lo posible la evolución de una estructura social y administrativa que en muchos aspectos nos es imposible conocer.
Porque el problema principal que nos encontramos es la escasez de fuentes, notables, sin embargo, en lo que es el conjunto de la península, lo que no ha impedido afirmar una y otra vez que el rincón noroeste, donde se asentaron los suevos, era una zona aislada y demasiado rústica, muy alejada de las sutilezas y la alta cultura del imperio romano, lo cual no deja de ser un lugar común que no es del todo cierto. Aun así, hay un periodo de 100 años entre las últimas noticias de Hidacio de Chaves, que llega hasta finales del siglo V, y las de Juan de Biclaro, que las retoma a finales del VI. Un periodo, sin embargo, que fue clave en la formación y conformación del reino suevo, unos años en los que tomó forma administrativa y consistencia terriotrial.
En esencia, el estudio de Pablo C. Díaz nos muestra la apasionate historia de unos pueblos que cruzaron el Rin en el año 406 y que entraron en la Península Ibérica en el 409. De todos ellos, suevos, alanos y vándalos asdingos y silingos, solo los primeros permanecieron para fundar un reino que sería la antesala de lo que iba a suceder a lo largo y ancho de la Europa que una vez había formado parte del Imperio Romano. Una visión de un reino que se formó desde el caos inicial de la invasión hasta el ordenamiento alcanzado en el siglo VI, donde se aprecia la integración entre los suevos y los romanos que habitaban el cuadrante noroeste de la Península.
El reino suevo fue el primero en Europa en acuñar moneda propia, aunque bajo criterios romanos, el primero en convertirse al cristianismo o en establecer una forma de estado que luego se repetiría por todo el continente. Integró lo nuevo y lo viejo para construir algo diferente, estructuró y delimitó su territorio y asimiló por primera vez los destinos de la monarquía con los de la Iglesia católica, un hecho que marcaría el devenir de Europa en los siglos futuros.
Y, sin embargo, todo se ha olvidado. Todo ha quedado en un segundo plano, sin recibir la atención que merecía porque era más interesante e interesado fijarse en otras cosas. Desde el siglo VI hasta nuestros días, lo que aquí construyeron los suevos inmigrantes y los romanos habitantes, desapareció de las historias y de los estudios para ser, en el mejor de los casos, una nota al pie o un mero apéndice de algo considerado mucho mayor y más grande.
Y no deja de sorpender que de todos aquellos pueblos llegados a la Península Ibérica en el año 409 fuesen precisamente los más débiles los que al final, por diferentes circunstancias, permaneciesen por más tiempo en ella, estableciendo el germen de lo que sería el futuro de Europa, aunque su historia haya sido ninguneada en favor de un poder mayor bajo cuya sombra simepre vivió: los visigodos. Un ejemplo perfecto de que la Historia muchas veces depende de cómo nos la cuenten, y un libro perfecto para conocer aquello que no siempre es objeto de los focos