"Es decir, sé qué recuerdos guardo de ti, pero ¿y tú, qué pensabas cuando pensabas en mí?"
Ahora sé que cuando pierdes a alguien, también te pierdes a ti, solía ver esa herida muy superficial, claro, a la distancia todo nos parece demasiado poco, sin embargo, lo que quema debajo de esa piel es completamente inconcebible, cuando lo supe, me desmoroné y me aferré a ese dolor como si fuera la única balsa en el mar del desasosiego, estaba equivocado, ese nudo viene empaquetado de tantas formas que es imposible dilucidarlo, lo entiendo, pero cada balsa recorre su propio mar.
"¿cómo puede ser que allí donde clavamos una cruz todavía respire la vida?"
En esta historia, una chica vela a su abuelo, un ser que tuvo una vida que ella amo, pero no está sola en ese abismo, tiene dos grandes compañías, la de la memoria y la de la imaginación. Mientras los cerezos se desnudan, la ley del invierno se impone para recordarnos que para renacer es necesario antes dejar ir, es necesario reinventarse, dejarse deshacer en el viento para encontrar las partes en los recuerdos, este libro me hizo pensar en el relato que escribió mi hermano Hugo despues de que nuestro padre falleció, por que si, en esa insondable anegación de dolor, queda la memoria y la imaginación para curarnos.
"¿Cómo puede ser que la leña que guardabas para cuando llegara el invierno la esté quemando yo?"
Es una novela intima, desagradable, no por mala, sino por que duele en el duelo personal, ya pun así, es mágica, intuitiva, hace visible lo invisible, esas personas que no están, pero persisten en el oído, en la voz, en la fatiga y el éxito, en la luz y en las tinieblas, viven en el amor que dejamos existir cuando necesitamos que exista y la forma como suplimos (y suplicamos) cada ausencia.