Los pequeños soliloquios se pasan como agua. Los sitios aparecen y desfilan, se caen y levantan, la pregunta del ¿dónde? recobra la fuerza del asombro de la niñez. Agustín, como siempre, no permite que esto se vuelva una mera literatura de lugares, de turismo, sin todo lo contrario. No se trata del sitio en que se pierde uno, sino es el propio sitio (sitio será entendido como el lugar de uno y por ende, sea que una cosa no es más que el sitio que ocupa).
El anexo a la lírica ferroviaria es, si cabe, aún mejor, trayendo de nuevo el género de la canción a cuestas para seguir devanando ventanillas de tren. ¡Precioso! Realmente alentadora toda la obra de Agustín. Un lujazo.