Gran poeta española, Córdoba, 1945. Desarrolla su propio lenguaje acorde a la tradición andaluza y a escrituras coetáneas. Recurre a términos casi en desuso hoy día en el lenguaje habitual más extendido, pero que al referirse en su mayoría a conceptos y temas de la tierra, agricultura, campo... resultan cercanos y bonitos en su simpleza. Reivindica a la mujer en su condición de ser humano, no en tanto "hembra" distinta al "hombre". Poemas que nos hablan del pasado de una manera de vivir y percibir. Versos que se quedan, intuitivos y se despliegan dentro de ti. Olvido García Valdes en el prólogo habla de: "múltiples yo (...) cierre estético, altura hiriente de una extraña sintaxis (arte de cetrería) (...) la clara intención de dotar a la mujer de ser y de historia".
Que tu luz no me busque, Apolo, porque soy una hoja que vive con el viento. Toda la savia es una caricia blanda, Tengo verdes los brazos de besarme en las ramas, de mirar en las sombras el cristal desvaído de mi cuerpo. Los helechos me abren su corazón de agua, poseo dos mil lunas ganadas al ocaso, los tilos, el espliego, la frescura de todos los diamantes que se mueren de frío, las lianas que adornan la libertad, el talle, las avenas, mis pestañas, las rosas, los pedernales tiernos de los frutos, las blancas mariposas donde beben su plata las raíces, donde el bosque se espesa de semillas y muerte. No deseo tu fuego, adoro la ceniza que es espora del trigo y no quiero otro rayo que el resplandor redondo en las naranjas, el cenit que atomiza la techumbre calada de los árboles, los troncos como dioses, las auroras cebadas en su vientre de polen solitario. Es inútil que corras, porque este paraíso que fecundan tus ojos me pertenece ya, es la textura del fondo de mi carne y crezco vegetal desde la dermis al vello más oscuro donde duermen los mundos, es inútil que corras, inútil que me alcances, porque tengo las plantas vaciadas en la tierra y el laurel es ya un triunfo de oro en mi cabeza.