La novela Balún Canán (1961) es mucho mejor que la novela Los recuerdos del porvenir (1963), lo único malo es que Rosario Castellanos no estaba casada con Octavio Paz y, por lo tanto, para la narrativa feminista del resentimiento, no queda tan bien. Rosario Castellanos sí estaba casada con Ricardo (y según la película Los adioses dirigida por Natalia Beristáin) éste también le impedía escribir y la engañaba constantemente, lo que llevó a Rosario al deterioro físico y psicológico que, por suerte para nosotros, se convirtió en poesía sentida y narrativa maravillosa.
Pienso que otro motivo de que Balún Canán no sea tan valorada, es que hay términos que deliberadamente son propios de la zona (Chiapas), de hecho, es de los pocos lugares mexicanos en donde se cambia el “tú” por el “vos”; es una narrativa en donde es importante la mitología de la región y donde la escritura viene directamente dictada por la poesía de los árboles, la selva, el viento.
Agradezco, por una parte, ser lector y, por otra, ser mexicano. Para mí no está velada la literatura española (El Quijote es mi segunda novela favorita de la vida) y tampoco la literatura latinoamericana. Este es el caso, siento las palabras de Rosario Castellanos entrar directamente en mi torrente sanguíneo, juega con mis sentidos, sale en suspiros. Y es que sí, me quedé enamorado de la prosa. Pero no es una prosa accesible a los lectores de España por las reseñas que he leído, así que tal vez lo mejor para ellos sea leer la versión de Cátedra que te va explicando los términos.
Después de leer a Faulkner, todo te parece faulkneriano y me parece que es el caso con muchos de los escritores mexicanos. Rulfo, Castellanos y hasta Melchor. La primera y tercera parte en su mayoría está dictado por el flujo de conciencia de una niña, pero en la segunda parte vamos saltando de conciencia en conciencia como hace Faulkner, sin avisarnos, sólo tenemos que estar atentos para saber quién está hablando. Estos pequeños atisbos nos van pintando las características de los personajes. Y sí, amigos españoles, estamos en la familia de los malos.
Lázaro Cárdenas fue uno de los mejores presidentes de México, expropio el petróleo, legisló respeto y educación para los indígenas de México e hizo el reparto agrario siguiendo el famoso lema de Zapata: la tierra es de quien la trabaja. En la novela, Balún Canán, en cambio, estamos dentro de una familia de hacendados venidos a menos debido a esta situación. Aunque nos encariñemos con la niña, la niña pertenece a una familia que ha explotado y denigrado a sus trabajadores indígenas durante años. De hecho, asistimos a un par de escenas que son ejemplo de lo que digo.
El hecho de que Rosario Castellanos nos narre la historia de los “malos” sólo es parte de su compromiso político. Se mete en las fauces de la bestia para domarla y destruirla. Lo digo porque he leído reseñas que se indignan con los indígenas, tal vez porque los lectores nos encariñamos con nuestros personajes principales, pero para el devenir político e histórico de México, este tipo de familias debían ser derrocadas. Rosario Castellanos siempre mostró un interés por los pueblos originarios y se nota el acercamiento con respeto, valor y talento.
Lo último que mencionaré es que las páginas del incendio me parecen terribles, claro, pero también hermosas. No sólo estamos en el pináculo de la literatura mexicana, también estamos en el vientre de la gran literatura universal. Hablando de Chiapas habla de la condición humana, del universo y su creación, de dioses y demonios, de brujería, de amor. El sexo, por Dios, así se narra la sutileza del sexo: dejando caer una copa al suelo. Estoy enamorado de Rosario Castellanos, pero no le digan a mi esposa.