Poemas sólidos en esta colección. Sin llegar a ser brillante ni deslumbrante, tiene algunas elegías bastante buenas.
El prólogo de José Vasconcelos es algo digno de leerse en sí mismo. Sobre todo en las partes en las que no habla de Pellicer y se hace un bosquejo de una "religión" del paisaje. Bastante curioso, por lo demás, y tal y como he venido señalándolo desde el primer libro que leí de Pellicer, recalcando ese carácter paisajista del poeta y, por tanto, hijo del imperio de la imagen y del turismo.
También resulta curioso que Vasconcelos tenga que defender a Pellicer de quienes le han acusado de "falta de sentimiento". No sé exactamente a qué se refieren con eso de "falta de sentimiento" y si por "sentimiento" entienden únicamente la pasión por las mujeres. Pellicer, y esto lo señala bien Vasconcelos, tiene alto sentimiento por otras cosas. Es el poeta del horizonte, del turismo, de la ensoñación lírica ante el lugar.
Quizá es por eso que sus poemarios a la vez que no son tan deslumbrantes, tampoco carecen de ciertas virtudes.
Piedra de sacrificios es exactamente lo mismo. Un collage o álbum de recortes de un viaje por América. Disfrazado de un gran poema, en realidad son una serie de estampas al que (acaso en un afán de unidad) se les ha borrado el título original para numerarlos y solo al final de cada poema se ofrece en pequeño y alineado a la derecha el título que originalmente llevaba cada poema.
Esperaba, por el título, algo mucho más épico. Eso no significa que no haya ciertos poemas que merecen relectura y dan cierta alegría a los oídos.
El mar se baña entre mis brazos,
el Sol ve soles con mi fe.
Las olas beben de mi mano
mórbidas perlas de placer.
Y la ciudad maravillosa
que en un gran gesto de ajedrez
el Pao de Assucar adelanta
sobre el Atlántico, ha de ser
la curva eterna de mi gozo
que sobre el mundo he de tender.