Qué dificil hablar sobre este libro.
Hay una cita de Julieta Venegas -sí, Julieta Venegas- que me parece afortunada: "es un juego con las palabras, en donde los elementos entran y salen como si fueran gotas de agua apareciendo en el texto".
Un ejercicio demencialmente iterativo que puede parecer un acto de locura, pues el libro está separado por 50 "apartados", si acaso breves. Estos elaboran y reelaboran núcleos de secuencia vivenciados por los protagonistas ("Alberto y yo"). Estamos hablando de constantes evoluciones protéicas que dan lugar a tropos propios de la ¿historia?
Allá donde el libro empieza en un salón universitario, con un alumno de dos metros y medio que se intenta comer a Alberto, veremos el mismo sintagma volver, pero mutado... engordado. Y, entre mas cosas pasan, más elementos regresan; la cosa se convierte en un cubo rubik de incontables piezas, todas moviéndose al mismo tiempo.
Ahora bien, esto ya como una lectura personal: "Qué hacer" expresa la ansiedad de tomar decisiones, de verse pasmado frente al no saber que hacer.
Si la repetición formuláica, con sus pequeñas variaciones, que aparentan novedad, generan una aceleración (llamaremos a esto rutina), el apartado 38 presenta un pasmo, un freno. Los protagonistas se detienen: "Alberto me dice que es demasiasdo que esto sea así." (llamaremos a Esto, vida).
"Yo le digo que pienso lo mismo, que todo podría estar mejor hecho, que elegir entre caminos es lamentable. De todos modos, dudamos sobre qué hacer"
Se detienen las apariciones neo fantásticas, las bocas llenas algún material misterioso, los hombres sin ojos, el olor a trapo sucio, los estudiantes de dos metros y medio que los cagan a palos, las escobas de oro, las meseras desnudas que Alberto no puede ver, las botitas negras. Hay un acto interno, un cuestionamiento nacido del cansancio de dejarse llevar.
Todo esto, sintetizado en la figuras de la isla; utopía que nunca van a alcanzar.
En el apartado siguiente (39), trae una caída tras el quiebre de enfrentar la duda; un estudiante (en efecto, de dos metros y medio), les reclama "ustedes hablan basura, mienten, no saben lo que dicen, nos tratan de estúpidos, se creen que son..." (llamemos a la Basura, la honesta incertidumbre).
Empero, en el último aprtado (50), cuando "Alberto y yo" admiten no saber qué hacer, desnudan a todos, nadie realmente sabe qué hacer, entonces, Alberto cierra el libro más o menos así:
"Creo que es bastante evidente lo que hay que hacer {...} quizá el problema sea que uno piensa que tiene que decidir cosas en ocasiones en las que la decisión sólo puede resultar un problema {...} Entonces lo que se hace, casi siempre, es algo que a uno le ocurre, no algo que uno decide..."
En criollo: No vale pena desgastar la vida en ansiedades sobre nuestras decisiones.
Y esto puede parecer una obviedad, pero experimentar este libro realmente encarnece la sensación de un samsara infernal, onírico, alucinado de la indecisión o, más apropiadamente, de la acción escapatoria. Lo importante es que la respuesta a "¿Qué hacer?" no sea huir.
Y el libro no te dice estas cosas, estas se van desprendiendo como pedacitos de hojaldre que encuentras sobre tu cama y debes cuestionar. En ese sentido, Kadchadjian no trata a sus lectores como tarados y eso se aprecia enormemente.