«mientras un hombre, mientras un solo hombre sobre toda la tierra, no sobre la tierra redonda y grande, no sobre la hermosa tierra enmarañada de mares y continentes y ríos y montañas, sino sólo sobre esta tierra, sobre este pequeño mundo de José Trigo, sobre estos campamentos mágicos de ferrocarriles como serpientes luminosas que elevan al infinito infinitamente como una columna de aire sólido el gemido infinito de su vientre preñado de carbón al rojo vivo, un solo hombre, un hombre, él, el hombre, él amaba, él vivía, él soñaba; y con nuestras dos veces conchas alargadas, pabellones cóncavos retorcidos, hélices, lóbulos abultados y colgantes, oírlas, comprenderlas, retenerlas y contarlas; y sus labios se abren y escupen palabras y con nuestras orejas, oírlas, oír a don Pedro el carpintero que cuenta:...»
¿Cómo se reseña un libro de poesía? ¿Qué puedes decir en específico sobre ese libro que no suene a lo mismo o lo esperado en todo libro de poesía? ¿Que te gustó, que no te gustó, que te encantó, que te durmió, que te encandiló, o maravilló o decepcionó? Quizá un poco de todo eso, sí, añadiendo tal vez que las palabras del autor te arrastraron, te atraparon, te sujetaron con fuerza y no te dejaron ir, que la maestría con que maneja el lenguaje y juega con él, modificándolo, transformándolo, elevándolo, te hicieron saborear las palabras como pocas veces y deleitarte en su hechizo, gozando de veras, embriagándote y envolviéndote en su cálido abrazo...
No sé muy bien qué sea José Trigo, si novela o poesía, o poesía hecha novela o narrativa poética o largo poema en prosa, rara narración sin mucho sentido que malea, replantea, construye y hace todo tipo de malabares con el lenguaje, cuya historia no es más que una especie de excusa, o de medio, o de trasfondo a través del cual nos sumergimos y empapamos de palabras, pues más que el evanescente José Trigo, o Eduviges, o Luciano, o Manuel Ángel o el viejo Todolosantos o la madre Buenaventura, o la historia del movimiento ferrocarrilero que culminó en el año de 1960, es el mismo lenguaje el protagonista del relato, el medio y también el mensaje, la recreación que de él hace Fernando del Paso, no sólo llevándolo a sus límites sino traspasándolos, irreverente, desbocado, iconoclasta y forjador de mundos.
Todavía más que en sus dos posteriores novelas, Palinuro de México y Noticias del Imperio, en donde es también el lenguaje mismo parte esencial del relato, en José Trigo apenas y es posible encontrar una trama, sus personajes son como sombras, o fantasmas, o rumores, o recuerdos de hechos inexistentes o borrosos y ya desaparecidos; envueltos en sus frondosas frases, de la mano de los juegos de palabras e intrincados, casi ininteligibles largos enunciados, nos adentramos y exploramos la historia del ferrocarril en México y sus ferrocarrileros, su difícil existencia y siempre complicada lucha, centrada en la región de Nonoalco-Tlatelolco, en el año de 1960, que culminó con la desaparición del movimiento y el desvanecimiento de sus líderes, luego que el sacrosanto gobierno decidiera que ya era soportar demasiado jaleo.
A través de las vidas de sus personajes, el autor nos va pintando además un retrato de los tiempos, una panorámica de la pobreza, la impotencia, la desesperación del México posrevolucionario, con sus incongruencias, sus mezquindades, su indignidad y nula justeza, el mundo de los de abajo que entre basura, detritos, tierra seca y piedra dura nacieron, crecieron y murieron, aferrándose a lo poco que tenían, a lo casi nada que con el ferrocarril consiguieron, orgullosos de su casta.
Además, por intermedio de Buenaventura y el viejo Todolosantos atravesamos por la Cristiada y todas sus inconsecuencias, el absurdo de una bestial guerra a muerte en nombre de un dios de amor, liderada a final de cuentas por simples y sanguinarios cabezas duras, que en ella encontraron la mejor forma de descargar su demasiado coraje y esconder su mezquindad. La tragedia de entregarlo todo a cambio de nada, de sufrir y sufrir y sufrir más para al cabo seguir sufriendo más y más, con los ojos puestos no digamos ya en algún más allá sino en ninguna parte.
Así como el Ulises de Joyce, José Trigo es en parte un experimento, en parte un precursor, un derribamuros, abrecaminos, que intenta darle un giro renovador a toda la narrativa previa, reflorecer la palabra escrita, señalar sus infinitas posibilidades y sacarla de ese restringido marco en que, con el tiempo, en todo lugar, se le suele encerrar, pese a las mejores intenciones.
Ciertamente no es un libro para todo lector, su complejidad, enmarañamiento y llana incoherencia espantarán a más de alguno, pero, de nuevo, es su poesía lo que lo vuelve entrañable, provocador, y lo que de verdad hace que valga la pena su lectura.