“EL ADIVINO” DE PAULINE GEDGE
Junto a Huy, en tiempos de Tutmosis III, recorremos las exóticas tierras fértiles del Bajo Egipto; aspirando con deleite sus aromáticos perfumes; celebrando con efusividad la esperada crecida del río, que abona los campos esparciendo el prodigioso limo allá donde deposita sus sedimentos; o adorando a las múltiples y misteriosas deidades, para que les otorguen fortuna con su suprema benevolencia. Desde la campesina y poco relevante ciudad de Atribis, situada en el Delta del Nilo, hasta la exquisita y sofisticada Heliópolis, reservada casi en exclusiva al noble linaje, Huy nos incitará a atravesar, con denotada cautela, un camino incierto y polvoriento, rebosante de peligrosos y enmascarados baches, pero, al mismo tiempo, vislumbrando un horizonte radiante y prometedor, escondido en la letanía de su propia conciencia. Allí, tras la muralla del templo de Ra, Huy aprenderá a forjar los rudimentos de la escritura, cuyos símbolos dibujados en las palabras, no tardarán en deslumbrar a sus maestros, que percibirán atónitos sus imparables progresos ante el resto de los privilegiados alumnos. En cambio, el lastimoso y complejo jeroglífico de la vida restaurada por obra divina, hará que los pasos renacidos de Huy viren por completo, hasta acabar rozando los abrumadores designios estipulados por los dioses. Momento en el que una nebulosa comenzará a usurpar sus sueños, mostrándole un fantasioso universo donde el don de saber lo que está por venir, aparecerá implacable detrás de su retina. Desde ese fatídico instante de revelación, sus visiones jamás se desprenderán de él, al igual que su paleta de escriba, que le dictará mentalmente los enrevesados enunciados del Libro de Thoth; al igual también que su más fiel compañera, Ishat, con quien ha compartido un hilo temporal quebradizo, aunque nunca fragmentado, evocándole aquel jardín de infancia contemplado entre el halo de intensos olores expandidos por su madre.
“El adivino” retrata de manera muy visual, como si se tratara de un cuadro de época en continuo movimiento, uno de los mayores periodos de esplendor de la cultura y la civilización egipcia, cuando todos sus territorios formaban parte del denominado Imperio Nuevo. A través de las peripecias del escriba y vidente Huy, nos adentramos en los deberes sagrados de aquella fructífera sociedad, de obligado cumplimiento y veneración tanto por las clases más humildes, con su vagar descalzo y sus toscas casas de adobe; como por los más altos dignatarios, sumos sacerdotes e importantes gobernadores; e incluso por la más excelsa aristocracia, imperturbable entre el inagotable caudal de lujo y ostentación que decora hasta el más mínimo detalle de sus refulgentes palacios; todos los estratos sociales mantienen a raya su devoción, así como sus anquilosadas costumbres, que se hacen eco en el retumbar de sus gentes. Asimismo, nos empuja a nadar en el largo periplo que ha canalizado e irrigado la historia del Antiguo Egipto, ubicándonos allá por el 1449 a.n.e., dándonos a conocer los declamados ritos y supersticiones de la mentalidad egipcia, o mostrándonos la cara interna del sucesor al trono de Horus, un nuevo rey-dios sujeto también a las profecías y a las abigarradas creencias religiosas inherentes al tórrido Egipto. La autora, a través de una narrativa un tanto superficial y en demasía descriptiva, con algunos pasajes algo tediosos, nos va plasmando, eso sí, con contrastada veracidad histórica, la genuina existencia de Huy, hijo de Hapu, un niño campesino que, tras pasar su infancia y parte de su adolescencia en la escuela de escribas del templo y, además, haber sido víctima de un irresoluble accidente, se convertirá en sanador y profeta; sosteniendo su influjo bajo las tranquilas aguas fecundas, insertas en el Gran Verde, evocándonos la plácida exuberancia de los espacios paisajísticos de ensueño que irradia Egipto, un país que emergió, próspero y pionero, de sus lodosas orillas.
*RESEÑA DE RAQUEL VICTORIA