Tercer libro que leo de la escritora de novela histórica Pauline Gedge, y segunda vez que su pluma me convence cuanto menos. La primera obra que leí de ella “La Casa de los Sueños” me gustó mucho en su momento, aunque tenga más de ficción histórica que de Historia con mayúsculas, ya que representa de manera muy libre la conjura del Harén contra el faraón Ramsés III, por medio de una protagonista tan ambiciosa que acababa cayéndote hasta bien (o desesperándote de lo odiosa que era, supongo que la percepción cambiará según el tipo de personaje que te guste encontrar entre las páginas de tu lectura). Este libro tuvo una segunda parte “El Templo de las Ilusiones”, que me pareció muy inferior y me gustó bastante menos. La lectura que voy a reseñar ahora “La Dama del Nilo” me ha dejado un sabor de boca que se encuentra a medio camino entre estas dos percepciones.
Egipto, siglo XIV A.C. Tutmosis I ha llegado a ser faraón gracias a sus méritos militares, y no porque pertenezca a la familia real. Durante su reinado las fronteras de Egipto se han asentado y el país del Nilo goza de prosperidad. Pero Tutmosis sabe que para que esta bonanza continúe, en el trono no debe sentarse ninguno de sus débiles hijos mayores, sino la más joven de su descendencia, la princesa Hatshepsut. A medida que vaya creciendo, Hatshepsut se convertirá en una soberana astuta y decidida, dispuesta a luchar para que la dejen ejercer el papel para el que se sabe nacida como hija de Amón, y dejar así su nombre en la posteridad Egipcia.
Nos encontramos ante una obra que fue escrita y publicada en los años 70, y eso, a mi modo de ver, ha sido una de las cosas que más le ha pesado a esta lectura. De la cultura egipcia. Cada vez sabemos más, pero aún nos quedan muchísimas cosas por descubrir y comprender de este pueblo tan fascinante. Durante el periodo de tiempo que ha ido desde este libro salió a la luz hasta que yo lo he leído se han hecho muchísimos descubrimientos tanto históricos o arqueológicos de esta cultura y de la biografía de la reina Hatshepsut, y eso ha hecho que esta lectura tenga un sesgo muy desactualizado y añejo del que, por supuesto, ni la autora ni su trabajo tienen la culpa. No tengo dudas de qué Gedge manejo muchas fuentes y bibliografía para preparar esta novela, todo hay que decirlo. Pero siento que esta escritora ha caído en una de las manías más típicas que ya he visto en otros varios autores del antiguo Egipto, y es la de centrarse en lo más espectacular y llamativo, en los elementos más característicos de la época, como las grandes ceremonias religiosas, las celebraciones y las complejidades dinástica de las familias que gobernaron el país de las pirámides. Obviamente, que hable de esas cuestiones Gedge o cualquier otro autor no me parece mal. Pero siento que muchas veces esas curiosidades tienen más importancia que la trama propiamente dicha, que se aboga más por lo espectacular y por lo llamativo que por lo puramente histórico y exacto. Mientras leía “La Dama del Nilo”, me quedaba la sensación de que incluso manejando toda esa información tam jugosa y todos esos datos, la trama iba a trompicones en muchos momentos. Soy una apasionada de la cultura e historia del Egipto Antiguo, y tenía la espinita de no haber leído nunca nada de uno de sus personajes más famosos , la faraón Hatshepsut, que, durante más de 100 años, fue la única gobernante del país en un mundo y una cultura lideradas por hombres, y que fue, posteriormente y durante muchos siglos, olvidada por la historia debido a una campaña de Damnatio memoriae orquestada por sus sucesores, siendo borrado su nombre y el de sus colaboradores, de la gran cantidad de templos, estatuas y demás obras arquitectónicas que surgieron durante su reinado, siendo posiblemente la más esplendorosa el templo de Dyeser-Dyeseru. Por suerte, la arqueología ha permitido sacar a la luz los restos de la incansable actividad constructora a la que se dedico durante sus años en el gobierno, lo que junto al descubrimiento de su momia en 2005 (mucho después de la publicación del libro, obviamente) han permitido que no caiga en el olvido la historia de una mujer que con un carisma y una inteligencia colosales logro hacer lo que todos los faraones ansiaban y realmente pocos han logrado: la inmortalidad.
Volviendo a “La Dama del Nilo”, a lo largo de toda la lectura me he encontrado con escenas y situaciones que no aportaban nada a la trama, daba la impresión de que estaban ahí por relleno y para darle la oportunidad a Gedge de lucirse usando como excusa ese marco incomparable que es el mundo egipcio. Insisto, se puede entender que esta mujer haga eso. Pero, en todo caso, si esas escenas y situaciones están ahí por puro adorno, que no sean fragmentos tan absurdamente largos, o que de alguna manera aporten algo mínimamente interesante a la trama o al desarrollo de los personajes. Porque para mí eso es lo que más le ha faltado esta lectura. Siento que la trama ha ido muy fragmentada en todo momento, ha habido giros de guion y de tuerca, que muchas veces, no llevaban a ningún lado, que pasaban cosas que realmente no conseguían despertar mi interés, y que el desarrollo de muchos personajes quedaba por ello terrible y delictivamente aparcado; cuando no estaban ahí por rellenar espacio, ya que su auténtica aportación a la trama de la novela iba demostrando según iba desarrollándose la narración como inexistente o ridículamente secundaria, lo cual hay muchos casos era una pena, ya que a muchos de esos personajes podría haberse sacado más jugo. y a todo esto hay que sumar que para mí la novela prácticamente sus dos primeros cuartos en arrancar realmente, todos esas páginas de el principio (que os daréis cuenta que es una cantidad considerable) están ahí para preparar el terreno para que se precipita hacia el final. Con deciros, que aunque empecé este libro con muchas ganas y convencida de que iba a ser una lectura ligera, hubo momentos en los primeros días que pensé seriamente en aparcarlo, por lo menos, que no dejarlo definitivamente, porque estaba convencida de que iba a poder con la lectura. Pero teniendo en cuenta lo que esperaba de este libro, el que tan solo me plantease aparcarlo, dice mucho de lo poco que llegó a convencerme los inicios de esta lectura.
De todas maneras, esto no ha sido un impedimento para que al final haya disfrutado bastante de “La Dama del Nilo”. Ya os dije que en su momento me encanto “La Casa de las Ilusiones”, en la que se manejaba de forma muy libre y literaria, un hecho histórico de la historia egipcia. Así que teniendo en cuenta de que eso es lo que hace Pauline Gedge, ficción histórica pura y dura, y que, como ya mencionado antes también, los datos históricos que esta mujer tuvo a su alcance en los años 70, no son los mismos que ahora, es normal que ella haya sacado partido a todo lo que disponía, valiéndose de bastante inventiva. Y creo que en ese terreno se ha movido muy bien. Independientemente de que sepamos ahora más que los años 70 sobre Hatsheput y el mundo egipcio en general, siga habiendo muchos huecos en estas historias. Y la autora los rellena con bastante gracia y soltura, usando esos espacios vacíos para crear una potente historia de intrigas, políticas, amores trágicos, muerte, deseo y conspiraciones políticas, que a lo largo largo de más de 20 años, va dando tumbos y encadenando diferentes situaciones y hechos de una forma muy buena. De forma que, pese a lo arrítmica que es la narración para mi, también hay que reconocer que el libro resulta bastante entretenido, y cuando remonta de sus baches lo hace por la puerta grande. Además, Gedge crea una ambientación luminosa y potente del mundo del antiguo egipcio, demostrándonos la grandeza de este pueblo, y consiguiendo transportar plenamente al lector a este mundo, de palacios, pirámides, aguas que dejaban tras de sí, un sedimento negro, calor, opresor, lujo y ansias por la inmortalidad. Y desde luego, no obvia el retrato humano de la gran protagonista de la novela. Hatsheput es un personaje tan misterioso como fascinante, y en “La Dama del Nilo”. es retratada como una mujer segura de sí misma, ambiciosa y llena de deseos. Deseo por la vida, deseo por el disfrute, deseo por ser recordada y amada y deseo por gobernar y llevar a Egipto a la prosperidad hay una lujuria vital en ella que Gedge representa muy bien. Como muchas veces se enseñan a lo largo de la historia, es faraón, pero también es mujer. Y esas dos personalidades se entrelazan en el retrato de un gobernante que se enamora hasta él, que ama país y que rompe con todas las convenciones de su mundo al nombrarse asimismo, faraón, ejercer el poder sin ningún tipo de pudor o pasearse con fadellín y la barba postiza, tal y como aparece en muchas de las decoraciones y estatuas que han sobrevivido al paso del tiempo y la destrucción. Incluso aunque a veces me haya molestado la manía que tiene la autora de presentarla como la más inteligente, bella, eficiente, hábil y perfecta de todo Egipto, y hacer que todos los personajes varones, o casi todos, estén enamorados de ella y la desen (lo cual, a mí, en ningún tipo de obra, es algo que me guste encontrar, la verdad), también tiene un poso humano y vivaz que la hace muy cercana y matizada; mostrándose bajo la pluma de Gedge como una mujer apasionada, tierna, inteligente, a veces, demasiado creída, y con una perspicacia política y humana, que siempre por encima del resto de personajes excepto de su amado Senmut.