Azaña, novela galardonada con el Premio Planeta 1973, no es un libro más sobre nuestra guerra civil. Es, ante todo, un extraordinario retrato del que fue presidente de la República española; retrato que, enmarcado en un contexto histórico documentado con minucia y rigor, trasciende el estricto valor biográfico para erigirse en creación literaria de primera magnitud.
Azaña agoniza en su exilio en Francia. Desde allí va rememorando su vida, especialmente su carrera en el gobierno de la República de aquel país del que no puede recordar el nombre. Azaña se desdobla en dos hombres: el de la carne, lleno de terrores y egoísmo, y el del espíritu, que se limita a ser testigo de la tragedia de la guerra civil, sin juzgar a las personas e intentando llegar a un pacto cuanto antes con los sublevados. Delante de él y del lector pasan las miserias personales de gente como Negrín (éste especialmente) Companys, o las miserias institucionales del parlamento vasco, el partido comunista o la Generalidad. El bando republicano se desmoronaba por las luchas internas, y él siempre creyó que era mejor pactar que ir a una guerra que no era posible ganar.
Rojas traza una especie de autobiografía novelada de uno de los protagonistas indiscutibles del siglo XX en España. El propio protagonista nos cuenta sus ideas políticas, morales, religiosas, filosóficas, artísticas y literarias. El autor propone un texto en el que él habla por Azaña, Azaña habla por él, e incluso Azaña habla por Azaña, en una obra que referencia constantemente al Quijote en ese juego de personajes que se piensan y sueñan a si mismos, piensan y sueñan el mundo, y piensan y sueñan como un autor les pensará y soñará el día que decida escribir sobre ellos. Premio Planeta en 1973. La verdad es que me ha parecido muy interesante. Recomendable.
El Azaña que construye Carlos Rojas no es un héroe ni un traidor, tampoco un icono de bando. Es algo más incómodo: un hombre lúcido en una época que ya no admitía la lucidez. Un ilustrado atrapado en una guerra donde la razón había sido expulsada por los instintos, y donde la política había dejado de existir para convertirse en violencia organizada.
Este Azaña cree —y lo dice sin ambigüedades— que ninguna causa justifica el exterminio del enemigo, que el odio engendra miedo, el miedo injusticia y la injusticia violencia. Defiende la cultura como memoria larga (el Museo del Prado por encima de la República y la monarquía juntas), desconfía del fanatismo revolucionario tanto como del fascista, y rechaza la mentira moral de la victoria a cualquier precio. Su pensamiento es coherente, éticamente irreprochable, intelectualmente brillante.
Y sin embargo, hay en él algo profundamente trágico: su verdad no sirve para ganar.
Azaña sabe muy pronto que la guerra está perdida. No por inferioridad moral, sino por descomposición política: una República fragmentada en cabildos, partidos, facciones, gobiernos paralelos, propaganda y luchas internas. La guerra civil dentro de la guerra civil. Frente a Negrín —que quiere resistir en nombre de los muertos— Azaña se niega a sacrificar a los vivos. Frente al bolchevismo latente, intuye que una hipotética victoria habría desembocado en otra forma de tiranía. Y frente al fascismo, rechaza convertirse en su reflejo invertido.
Pero ahí aparece el límite de su grandeza: Azaña es, en cierto sentido, un naíf. No porque ignore el mal, sino porque confía en que la razón, por sí sola, pueda contenerlo. La historia demuestra una y otra vez que no basta. Las huestes no sobreviven solo con lucidez moral; necesitan decisión, fuerza, incluso brutalidad. Churchill —autoritario, egocéntrico, reaccionario en muchos aspectos— fue necesario para frenar al nazismo. Neville Chamberlain, racional y conciliador, pasó a la historia como un cobarde. No porque tuviera menos razón, sino porque el mundo al que se enfrentaba no jugaba con las mismas reglas.
Azaña lo intuye, y ahí radica su drama. Está atrapado entre dos imposibilidades: no puede aceptar la barbarie del enemigo, pero tampoco la barbarie de los suyos. Su ética le impide cruzar ciertas líneas, aun sabiendo que quienes las cruzan suelen vencer. En ese sentido, su figura no es débil: es trágica. Pertenece a una estirpe que la historia suele devorar.
El libro de Rojas no idealiza ni absuelve. Muestra a un Azaña solo, agotado, consciente de que la ilustración —como toda ideología— también puede acabar en los patíbulos. Un hombre que habría preferido no nacer antes que vivir aquello. Un presidente sin poder real, rodeado de fanáticos, burócratas y estrategas de la muerte.
Leer Azaña hoy resulta incómodo y necesario. Porque cuestiona el relato fácil de buenos y malos, porque desmonta la épica retrospectiva, y porque recuerda algo esencial: la razón puede tener razón y, aun así, perder. Y cuando pierde, no siempre queda nada que redimir.
La historia, al final, no juzga las intenciones sino los efectos, y a menudo convierte en virtud lo que ayer parecía brutalidad, y en ingenuidad lo que entonces se llamó lucidez.
Lectura imprescindible hoy en día, pues mientras lo estaba leyendo, el gran Tribunal Supremo de esta gran democracia llamada España, dice que "penaliza la exhumación de Franco, por interés general del que fuera jefe de Estado, desde Octubre de 1936". Sí, desde Octubre del 36. El legítimo jefe militar será nombrado, muy democráticamente, en una reunión de los altos mandos militares que se habían alzado en armas contra el legítimo gobierno. Todo muy legal para el Tribunal Supremo. ¿Qué garantía de justicia tenemos en este país cuando así se pronuncia el Tribunal Supremo? ¿De qué sirvió que se muriera el dictador si las instituciones siguen podridas y rezumando dictadura franquista?