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307 pages, Unknown Binding
Published January 1, 1973
Tú no pensabas que existiesen otras cosas. Sabías, ¡claro!, que había guerras en el mundo, que en la Península había trenes y pasaban, a veces, algunas cosas: que las mujeres se encerraban en las iglesias, que los estudiantes estaban siempre de huelga y que algunos se tiraban, ¡fíjese usted qué cosas!, por las ventanas. Claro está que sabías más cosas, que en Europa había mucha más libertad para todo, los chicos y las chicas salían solos siempre y no hacía falta estar casados, ni ser ni novios ni nada para..., ¡y muchas más cosas, pues no faltaba más! Pero era lejano, como cuando nos explican algo y se queda un poquito por el camino y solo nos llega la sombra, o el eco, o vaya usted a saber; como las frases que están en los libros del Instituto o en los apuntes de clase: la renta per capita, el Modernismo, la segunda república, la guerra civil, la generación del 27.
(...) porque todo, todo, todo, empieza y termina entre estas cuatro costas que nos unen, que nos separan, que nos encierran, que nos limitan, ¡esa!, ¡esa es la palabra!: que nos limitan, que nos constriñen, que nos marcan la falsilla a la cual debemos atenernos forzosamente, nos basta con eso..., estamos excusados de todo lo que vaya más allá del terreno que podemos recorrer con los zapatos, nada ―nada verdaderamente importante, queda claro― puede trascender en absoluto por encima de las aguas azuladas: nada puede caminar por encima de las olas sin hundirse, sin anularse definitivamente: es necesario que todo quede entre nosotros, que nos pertenezca verdaderamente, para que podamos manejarlo como creamos más conveniente, para que podamos darle la forma que nos apetezca (...)