En un inevitablemente aburrido y pesado viaje en tren, que, con motivo de una oposición, hice en junio de 1990 desde Cartagena a Santiago de Compostela (toda la península en diagonal), me llevé para el camino, entre otros libros, Columnae (había salido en 1987) de Jaime Siles. Quería tomar una serie de notas (que he conservado) con la intención de que fueran la base para un artículo sobre el libro, cuya propuesta formal me había interesado en mi primera lectura. Para mí, Siles entraba en la nómina de los poetas de la generación novísima que más me habían interesado desde mis tiempos de estudiante en la Universidad de Barcelona; era uno de los nuevos nombres que los aprendices de filólogo con intereses poéticos barajábamos entonces (junto a Carnero o a Villena) en nuestros intercambios diarios sobre gustos poéticos en el patio de letras Más de una vez salió su nombre también en conversaciones (siempre complicadas, por sus dificultades auditivas) con el maestro José Manuel Blecua padre; y recuerdo que él, un clásico muy moderno en cuestiones de avizorar poesía donde la hubiere, se mostraba de acuerdo con la elección.
«(…) y la luz en las hojas cicatriza un deseo de plisados países donde nunca estarás. (…) Bajo vientos vidriados o en las aguas de ágata o en las pálidas dársenas de la noche polar. (…) A todo lo que existe más allá de uno mismo. A todo lo lejano, navegar, navegar.»
Iba a puntuarlo con 2 estrellas porque, en conjunto, me pareció excesivamente repetitivo, pero entonces llegué a «‘Lo azul y lo lejano’», que me resonó en mí y por el que le daría 4 estrellas con gusto a este poemario.