Compré este libro en una ocasión que cometí el error de vacacionar con amigos de mi hermana.
Mientras derrochaban billetes en los antros, yo me escapé a un Sanborns y compré este libro. Lo llevé al hotel y lo comencé a leer bajo las mejores circunstancias de lectura: alcohol, brisa, tiempo libre, ganas de un buen libro.
Quizá mis expectativas eran demasiadas, quizá mi cabeza tenía ánimos de algo más profundo, o quizá esta historia la he visto una y otra y otra vez en cada canal del cable.
Este libro es novato, producto evidente de un manual aburridísimo para escribir novelas. Primero comienzas con esto, luego introduces a este mono, luego un poquito de suspenso, y lueg-- No sólo insulta a la inteligencia, también insulta a los escritores que hacen excelentes historias y no reciben ni las gracias.
La novela es un mecánico intento por asombrar a madres de familia, contadores y abogados con tiempo libre. Podía imaginar a Katzenbach consultando su "Novelas de misterio para dummies" en cada párrafo. Primero esto, órale, y luego esto otro, zaz, y entonces que llega, va, y una carta misteriosa, simón, y entonces el teléfono, ajá, y que sufre un accidente, mhm, y que otra llamada, ay ya ya estuvo, no va a pasar nada.
Perdí el interés al grado de dejar de predecir lo que se venía, los clichés eran demasiados, la imposibilidad era absurda (vamos a mandarnos recaditos en el periódico en forma de poemas enigmáticos que nomás tú y yo entendamos, ¿sobres? sobres. ¡uy qué listos soy! a que sorprendo al lector como nadie.
Ya sé que de esto se tratan los Best-Sellers pero eso no justifica nunca una mala pasada. De manera grosera y ofensiva, Katzenbach echa en cara un "top-10" de las historias de misterio, sin creatividad, sin desarrollo, sin construcción de personaje. Poner a un sujeto a que huya de otro durante 400 páginas es algo que Allan Poe, Horacio Quiroga y Connan Doyle ya habían podido dominar en 50.
Buen libro para principiantes o lectores que se incursionen en el hábito (que no en la cultura) de leer. Por mi parte, siento que mi umbral de impresión está más allá de este ensamble de fórmulas predeterminadas que ocultan una obvia ausencia de talento.