Un poema que tiene la luminosidad de un rayo de sol matutino que entra por la ventana y en el que brillan los átomos, pero también esas sombras que quedan de la noche y ese rayo no es suficiente para disipar, a las que, al contrario, en su contraste, condensan. La presencia de la muerte en la infancia, una presencia constante que atraviesa la vida y atraviesa este libro; con su lírico estilo Bracho nos envuelve en este jardín, en el humus del que está hecho, en sus aromas, en su frescor y en la luminosidad para hablar de la muerte, de los muertos que nos ven, que se nos acercan en los sueños, que a veces hasta nos hablan.