Jump to ratings and reviews
Rate this book

Mémoires: Le voleur dans la maison vide

Rate this book
Du jeune Marseillais né en Afrique portugaise jusqu'au familier des grands, on découvre un homme et une vie d'une exceptionnelle richesse.

Après vingt-cinq ouvrages publiés en quarante années, avec le retentissement mondial que l'on sait, Jean-François Revel a écrit celui qui, sans doute, lui tenait le plus à coeur : des Mémoires où il livre, à sa fantaisie, le sel de sa vie, laquelle n'en a pas manqué. De l'écolier marseillais à qui les quatre cents coups ne faisaient pas peur, jusqu'au directeur de L'Express, familier des plus grands, l'invitation au voyage, à travers le monde et à l'intérieur de soi-même, tient toutes ses promesses. Occupation et Résistance à la fois tragiques et burlesques, rencontres et portraits, longs dépaysements en Algérie, au Mexique, en Italie, qui forment un écrivain à la fois cosmopolite et très français, servitudes et grandeur du journalisme - la plume acide, affectueuse ou inspirée de l'auteur fait merveille, dans le registre de l'émotion comme dans celui de l'humour.
Elle brille en particulier dans les portraits, tant de personnages obscurs mais prodigieusement pittoresques, que de personnalités célèbres dans la politique, le cinéma, la littérature, la philosophie, l'édition, les affaires ou les arts, que l'auteur a connus, parfois intimement : François Mitterrand, Luis Bunuel, Louis Althusser, Jimmy Goldsmith, Raymond Aron, Cioran, de grands résistants comme Charles Tillon ou le colonel Rémy prennent un relief inattendu.
Le titre Le Voleur dans la maison vide s'inspire d'un proverbe bouddhiste : tout homme entre dans la vie comme un voleur qui s'introduit dans une maison pour s'apercevoir, en fin de compte, qu'elle est vide. Non pas que Revel soit pessimiste : il a participé aux grandes batailles idéologiques du siècle et peut être tenu pour l'un de ceux qui y ont vu clair le plus tôt. Mais aucune victoire n'est garante de l'avenir.
Ne pas se prendre au sérieux et se prendre au sérieux : Jean-François Revel applique l'axiome à la lettre dans ce livre de Mémoires hors norme qui sous ses apparences de simplicité et d'improvisation souvent joyeuse, cache un travail subtil de composition. Le bonheur d'écriture, lui, ne fait jamais défaut.

649 pages, Paperback

First published January 1, 1997

4 people are currently reading
48 people want to read

About the author

Jean-François Revel

84 books106 followers
Jean-François Revel was a French politician, journalist, author, prolific philosopher and member of the Académie française since June 1998.

He was best known for his books Without Marx or Jesus: The New American Revolution Has Begun, The Flight from Truth : The Reign of Deceit in the Age of Information and his 2002 book Anti-Americanism, one year after the September 11, 2001 terrorist attacks. In the latter book, Revel criticised those Europeans who argued that the United States had brought about the terrorist attacks upon itself through misguided foreign policies. He wrote thus: "Obsessed by their hatred and floundering in illogicality, these dupes forget that the United States, acting in her own self-interest, is also acting in the interest of us Europeans and in the interests of many other countries, threatened, or already subverted and ruined, by terrorism." In 1975 he delivered the Huizinga Lecture in Leiden, The Netherlands, under the title: La tentation totalitaire (The Totalitarian Temptation).

Ratings & Reviews

What do you think?
Rate this book

Friends & Following

Create a free account to discover what your friends think of this book!

Community Reviews

5 stars
8 (36%)
4 stars
8 (36%)
3 stars
5 (22%)
2 stars
1 (4%)
1 star
0 (0%)
Displaying 1 - 2 of 2 reviews
Profile Image for Madame de Bargeton.
44 reviews
September 22, 2025
Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta. No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué. Mi memoria me recuerda tan pronto una orientación crucial de mi existencia como un detalle fútil de mi conducta en un episodio sin importancia. Pero casi no pasa un día sin que, en la mesa, en la cama, por la calle, en la playa, no emita un ronco gemido de arrepentimiento y vergüenza. Es cuando me remuerde el recuerdo de una estupidez fatal, una reacción vulgar, una mentira degradante, una fanfarronada ridícula que cometí hace mucho, hace poco o anteayer.

---

De modo que, si bien contraje con la filosofía un legítimo matrimonio universitario, desde el principio hice todo lo posible para no quedarme atrapado en ella y por juzgarla con libertad total, sin mentalidad de capilla. El descubrimiento temprano de Montaigne me ayudó a lograr esta libertad. Fue durante el verano siguiente al bachillerato de filosofía cuando, evitando los “fragmentos escogidos” a los que apenas se presta el genio de Montaigne, hice mi primera inmersión completa en los Ensayos. Esta lectura apabullante me llevó, por contraste, a hacerme una pregunta sacrílega: ¿y si los sistemas filosóficos solo sirven para suplir la falta de ideas? ¿No será que nos vemos impelidos a construir una teoría cuando y porque estamos estupefactos ante cada manifestación de una realidad cuya diversidad nos aturde? Montaigne mostraba con una impetuosidad inagotable lo que es pensar sin teoría, pensar directamente sobre lo real, él, el más fino “escucha” del hombre. Montaigne sólo es escéptico ante el error disfrazado de ciencia, amoral ante la impostura maquillada de virtud, conservador frente a los enterradores camuflados de salvadores. Mi eclecticismo díscolo me libró de la ortodoxia. No me convertí en el joven profesor de filosofía modélico ni en el intelectual parisino típico de los años cincuenta, halagado si de vez en cuando Les Temps Modernes publicaba una crónica suya, beatíficamente instalado en los tres tópicos del momento, el existencialismo, el psicoanálisis y el marxismo. Ninguna de estas tres doctrinas es despreciable, por supuesto, yo mismo he sacado mucho provecho de las tres, pero con un distanciamiento que me libró de la santurronería parisina.

---

En 1971 François Mitterrand no me mostró la misma tolerancia ni la misma comprensión amistosa cuando le declaré que ya no creía en el socialismo. Como él sólo creía desde hacía seis meses, o al menos hacía creer que creía, me imagino, es cierto que pudo atribuir mi abjuración a un deseo perverso de llevar la contraria a su recién estrenada conversión. La diferencia entre esos dos hombres radica en que Nicolet profesaba una fe real y se interesaba profundamente por las razones intelectuales que me llevaban a ponerla en cuestión, mientras que para Mitterrand el socialismo no era más que un medio de conquistar el poder en la coyuntura electoral y política de la Francia de los años setenta. Al tomarme por un desertor de la sagrada causa de su carrera personal, no veía ningún sentido en una discusión que sólo tenía por objeto la búsqueda de la verdad. Poco le importaban la validez teórica y práctica del socialismo. ni del socialismo ni de cualquier otra doctrina, tema o realidad, por otra parte. Nunca, a lo largo de los años en que conversamos con bastante regularidad, me planteó Mitterrand la menor pregunta exclusivamente para informarse o aceptar una opinión (no digamos ya para tenerla en cuenta) sobre los temas que yo podía conocer mejor que él: la educación nacional, la prensa, Estados Unidos, qué sé yo. A este respecto, en cualquier cosa, se limitaba a presentar, de forma particularmente acentuada, un defecto propio de casi todos los políticos: la incapacidad de interesarse por el conocimiento en sí mismo. Y es que para poder interesarse por el conocimiento hay que ser desinteresado. Nicolet, por su parte, profesaba la moral del desinterés. En la puerta de la clase había colgado un cartel: “Que nadie entre si desea hacer algo útil”, máxima que apuntaba directamente al placer del estudio, al otium litteratum de los clásicos.

---

Desde mi pubertad he conocido por lo menos cinco “revoluciones sexuales” y he participado modestamente en ellas. Cada clase de edad se imagina que conquista por primera vez en la historia la libertad del placer. A finales de los años cuarenta no padecíamos una represión social en nuestras relaciones con las chicas mayor que la que conoce la juventud de hoy. Y nuestros amigos homosexuales tampoco sufrían la menor reprobación por seguir el dictado de su sensibilidad. No diré que “tolerábamos” su preferencia (un término que habría implicado el derecho inverso a prohibirla): nos dejaba por completo indiferentes. Y en el ámbito de la vida privada, ¿acaso no es la indiferencia la forma más civilizada de respeto? La ilusión periódica de la “liberación de las costumbres” quizá satisfaga la necesidad que tiene cada generación de creerse innovadora

---

La bohemia es una nebulosa que toca los dos extremos de la fortuna. Junta a personas muy ricas con personas muy pobres. Ambas tienen algo en común: no ejercen ningún oficio. Las primeras porque no lo necesitan, las segundas porque les repugna cualquier actividad mercenaria.

---

La cultura se transmite renovándose entre mentes que, en lugar de repetir ideas y gustos asimilados, los reviven, los evalúan de nuevo y los rehacen para sí y en sí mismos. Casi todo lo que he aprendido y comprendido en materia de arte y literatura se lo debo a esta clase de individuos. Normalmente por medio de una breve indicación, de una fugaz alusión, me abrían una ventana, me remitían a la experiencia directa de las obras y me revelaban de golpe que había adoptado como juicio lo que no era más que un prejuicio.

---

En 1960, cuando envié a Cioran Sur Proust, me escribió una carta a la vuelta de una de esas excursiones a pie de varios días o semanas que tanto le gustaban. Lo había leído por partes, cada noche donde se hospedaba. Después de varios comentarios, terminaba con esta observación: “Para terminar, mi querido Revel, una pregunta: ¿cuándo se decidirá a dejar de ser un “intelectual de izquierdas”?”. Me di cuenta de que la expresión, en su pluma, carecía de significado técnicamente político. Sencillamente me señalaba que en el libro, a intervalos regulares y a menudo fuera de contexto, me arreglaba el nudo de la corbata de “hombre de izquierdas” de cara a la galería.

---

Por citar a Charles Péguy: “Nunca se sabrán las cobardías que han cometido nuestros franceses por miedo a no parecer suficientemente de izquierdas”. En realidad, lo sabemos muy bien. La cuenta es fácil de hacer, pero incluso después de que se desmoronara el comunismo en el Este y el socialismo fracasara en el Oeste, la izquierda se las ha arreglado, con una habilidad sin escrúpulos, para que la cuenta no saliera.

---

El ingenio que gastan los humanos, desde el origen de los tiempos, para inventar o rehabilitar argumentos a favor de errores es mucho mayor que el dedicado a buscar y demostrar verdades.

---

[A Aron] no le gustaba nada tomar decisiones, definirse claramente, excepto en el orden de las ideas. Sus cualidades morales empezaban a notarse allí donde se interrumpían los caminos de la acción. Pero entonces eran grandes. Nunca tuvo la mezquindad de esos déspotas universitarios que agarrotan la invención intelectual en Francia. A veces susceptible y egocéntrico hasta la puerilidad, también sabía mostrarse afectuoso y generoso, sin ahorrar tiempo ni esfuerzos, con un desinterés sincero, siempre dispuesto a dar un consejo, un apoyo, un prólogo a los principiantes más desconocidos si veía que tenían mérito y talento. En su entierro, en 1983, en el cementerio de Montparnasse, al que por deseo de su viuda Suzanne fuimos muy pocos los autorizados a acudir, no pude contener los sollozos. Alguien, detrás de mí, me posó amablemente el consuelo de su mano en el antebrazo: era Jimmy Goldsmith, alta torre humana enfundada en un enorme gabán negro.
This entire review has been hidden because of spoilers.
Profile Image for Rafa Sánchez.
464 reviews110 followers
January 22, 2018
Un poco decepcionante... es su biografía profesional con algún comentario político-filosofico. Pensaba que iba a ser al revés. Su mejor libro es "El conocimiento inútil".
Displaying 1 - 2 of 2 reviews

Can't find what you're looking for?

Get help and learn more about the design.