Historia del niño que era rey y quería casarse con la niña que no era reina es una hermosa historia de amor. El pequeño que era rey, por amor a la niña a quien no conoce pero ya ama, cruza el océano, sube a la ciudad del alto valle y lucha por ella en unos juegos en que el perdedor debe morir. Sus fieles amigos, el búho y el hechicero, le ayudan a triunfar en su empresa, amenazada por mortales peligros
Es un texto que se deja leer y, más aún, que exige ser leído en distintas circunstancias y en distintos lugares. En mi caso, lo terminé en Babahoyo, y ese dato no es menor.
El wuawua sueña, se prepara y sale en busca de su sueño. En el camino encuentra amigos, guías, presencias que no reemplazan el rumbo, pero lo sostienen.
El texto me coloca en tres momentos decisivos: tres interrogatorios, cada uno con tres preguntas, donde de las respuestas depende la vida. No es exageración: es el peso exacto de la palabra cuando deja de ser adorno y se vuelve destino.
Aquí la palabra no separa, une. Y es en la palabra, no en la promesa, no en la consigna, donde el amor se despliega y se vuelve posible.