El monstruo de Frankestein ha echado invulnerables raíces en nuestra cultura: no hay quien desconozca al ser reanimado gracias a la alquimia del doctor Víctor, pedazos de carne vueltos a la vida. La creadora de este “moderno Prometeo”, Mary Shelley, pasará a la historia precisamente por este relato, pero cabe destacar que no fue, ni mucho menos, su única obra: escribió más novelas, poemas, diarios y muchos relatos breves, como los que aparecen en “Transformación y otros cuentos”.
Apenas tres cuentos conforman esta antología: el que da título al libro (“una de las obras maestras de la narrativa gótica”, según los editores), en donde un hombre empobrecido decide hacer un trueque con un extraño ser: a cambio de fortuna, deberá “prestarle” su identidad, incluido por supuesto su cuerpo. “El mortal inmortal”, quien, como el propio título señala, decide contar la historia de sus más de trescientos años de existencia, plagados de amor y de alquimia misteriosa. Finalmente, “El mal de ojo” –la más extensa de las tres narraciones– nos transporta a un mundo de seres malditos e inocentes criaturas expuestas al sacrificio.
Lo más interesante de estos textos, como lo señala Marian Womack, traductora y escritora de la introducción a este volumen, es que en la época de Shelley el cuento corto aún no adquiría la forma con que lo conocemos hoy en día: una sola trama, pocos personajes, y un único desenlace. No: cuando Shelley elaboró estos relatos, se les concebían como “novelas mínimas”, reducidas en extensión mas no profundidad (además, claro, de ser un notable ejemplo de las “ansiedades temáticas concebidas” por la progenitora de uno de los mitos modernos más trascendentales de la literatura).