El ajedrez siempre ha tenido ese componente casi mágico para mí, como cuando admirado observo a un músico callejero tocando cualquier instrumento musical. Inmediatamente me cautiva. Al igual que Nabokov me ha cautivado por completo con esta novela.
En "La Defensa" Nabokov presenta a Luzhin, un joven inadaptado aunque muy especial, carente de habilidades sociales y con un absoluto desinterés por relacionarse con el resto de la sociedad que descubre en el ajedrez una razón para vivir.
Al descubrir el ajedrez su mundo empieza a tomar forma. Cuando el padre se da cuenta de ello se dirá “no solo se divierte con el ajedrez, sino que parece celebrar un rito sagrado”. Y es que Luzhin, “no contemplaba las talladas crines de los caballos ni las cabezas brillantes de los peones, pero sentía con toda claridad que esta o aquella casilla imaginaria estaba ocupada por una fuerza definida y concentrada, de modo que le era posible concebir el movimiento de una pieza como una descarga, una sacudida o el fulgor de un relámpago, y el tablero entero de ajedrez se imantaba de tensión, y sobre esta tensión él ejercía un dominio total, concentrando aquí y liberando allá toda la energía eléctrica, el cansancio físico no era nada en comparación con la fatiga mental que era su premio por el intenso esfuerzo y el éxtasis implícito en el juego mismo, que él dirigía desde una dimensión celestial en la que sus instrumentos eran cantidades incorpóreas”... Extraordinaria, maravillosa descripción que muy pocos pueden escribir, un genio como Nabokov SÍ.
La entrega por el juego y todas sus posibilidades acaba convirtiéndose en una obsesión y Luzhin “aceptaba la vida exterior como algo inevitable, pero ni mucho menos interesante”, toda su vida estaba en esas 64 casillas negras y blancas. Su obsesión termina por descontrolarse con la muerte de su padre, y, a raíz de ese acontecimiento, nuestro protagonista “se sumergió con melancólica pasión en nuevos cálculos, inventó combinaciones y vagamente comenzó a intuir la clase de defensa que le era necesaria: una defensa deslumbrante”. En este momento Nabokov empieza a diluir la delgada línea que separa la realidad del juego, y esa defensa ajedrecística se puede entender también como una defensa psicológica, vital, de supervivencia, el escudo que crea Luzhin ante ese mundo neblinoso que le rodea. Llegará a ser un gran maestro. Llegará a la cúspide del ajedrez. Y en su partida cumbre… será devorado por sí mismo y por un movimiento inesperado de su oponente. Ese momento es también el zénit de la novela, Nabokov vuelve a deslumbrarnos con su genio y su ritmo literario: la partida decisiva con el gran maestro Turati, rival de Luzhin. Aquí Nabokov convierte al ajedrez en un elemento poético, sublime, rozando la perfección. Dos mentes brillantes. Dos concepciones de ser y estar. Dos universos.
A partir de ahí la vida de Luzhin cae sin remedio a los infiernos. Así como la lectura comienza a tornarse más contenida, taciturna, lúgubre, gris. La locura que viene después de la obsesión absorbe la historia y el lector baja a los infiernos en los que Luzhin se mantiene con vida, diría que casi sin pulso, a merced de los cuidados de su esposa, pero sin un motivo para sonreír. Esta decadencia alcanza sus cotas más altas con alucinaciones, como los "mensajes ocultos" en los periódicos. Luzhin empieza a ver como su vida tras el ajedrez es una repetición de su miserable vida antes del ajedrez, “con vaga admiración y vago horror observó cuán pasmosamente, con qué elegancia y flexibilidad, jugada tras jugada, se habían repetido las imágenes de su infancia, pero no lograba comprender por qué esa repetición le inspiraba tanto temor a su alma”. A partir de este momento “no habría descanso para él; debía, si era posible, idear una defensa contra esa pérfida combinación, liberarse de ella y para ello tenía que prever un objetivo final, una dirección definitiva, lo que aún no parecía posible hacer. Y era tan alarmante la idea de que la repetición probablemente continuara, que sintió la necesidad de detener el reloj de su vida, suspender para siempre la partida, permanecer inmóvil, y al mismo tiempo se dio cuenta de que continuaba existiendo, que una especie de preparativos se habían puesto en marcha, un desarrollo furtivo, y que él no tenía poder para detener ese movimiento”. El destino como contrincante en la partida de ajedrez que era su vida.
"La Defensa" desde mi punto de vista es una novela extremadamente bien pensada, muy detallada, la cual posee una cantidad de elementos que le dan una belleza estética a la patética vida de nuestro protagonista. Y ante esto uno se pregunta ¿Cómo puede ser bello lo patético? ¿Cómo se logra eso? La respuesta para mí es mediante la manera única que tiene Nabokov de escribir, en la que sus textos buscan el arte, el placer estético y no tan sólo una narración entretenida.
Al terminar de leer el libro no sabes si la locura de Luzhin es real o infundida. Es la maestría de Nabokov para profundizar en la mente de sus personajes y retorcerlos implacablemente la que brilla en toda la novela.
Para mi Nabokov es un escritor muy especial, y adoro sus novelas ya que la forma que tiene de apreciar la literatura como un arte es lo que él mismo plantea en sus escritos. Absolutamente todo lo que narra tiene una unión, una conjunción que da como resultado el florecimiento de sentimientos, unos sentimientos que construyen la atmósfera que busca con sus descripciones, cada trazo que escribe, cada elemento está ahí por algún motivo, para completar un cuadro y así integrar completamente al personaje en la ficción que está creando.
Así, desde mi punto de vista, Nabokov crea una novela perfecta.