La poesia de Claudio Rodriguez es la mas original de la generacion del 50, la mas fiel a si misma. Su proceso creador resulta un metodo de conocimiento que, basado en referentes sencillos de los que se nutre y a los que transforma, instaura una nueva realidad mediante un lexico comun.
[…] Sigo. Seguir es mi única esperanza. Seguir oyendo el ruido de mis pasos con la fruición de un pobre lazarillo. Pero ahora eres tú y estás en todo. Si yo muriese harías de mí un surco, un surco inalterable: ni pedrisca, ni ese luto del ángel, nieve, ni ese cierzo con tantos fuegos clandestinos cambiarían su línea, que interpreta la estación claramente. ¿ y qué lugares más sobrios que estos para ir esperando? ¡Es Castilla, sufridlo! En otros tiempos, cuando se me nombraba como a hijo, no podía pensar que la de ella fuera la única voz que me quedase, la única intimidad bien sosegada que dejara en mis ojos fe de cepa. De cepa madre. Y tú, corazón, uva roja, la más ebria, la que menos vendimiaron los hombres, ¿cómo ibas a saber que no estabas en racimo, que no te sostenía tallo alguno?
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[…] Queda, ráfaga de un beber de gaviota, la extraña forma de crear, la bella costumbre de decir: "hágase". Quedas tú misma, tú, exigencia que alguien tiene. Sencillamente amar una vez sola. Arcaduz de los meses, vieja y nueva ignorancia de la metamorfosis que va de junio a junio. Ve: no espera nada ni nadie en mí. ¿Qué necesitas? Nada ni nadie para mi existencia.
[…]
¡Qué diferencia de emoción existe entre el surco derecho y el izquierdo, entre esa rama baja y esa alta! La belleza anterior a toda forma nos va haciendo a su misma semejanza. Y es que es así niveles de algún día para caer sin vértigo de magias, en todo: en lo sembrado por el aire y en la tierra, que no pudo ser rampa de castidad. Y así tiene que vernos. La luz nace entre piedras y las gasta. Junta de danzas invisibles, muere también amontonándose en sus alas. Pero es distinto ya, es distinto, es tan distinto que puede hacerse nada. Si breve es el ocaso que alguien hubo de iluminar, ahora yo de cada cenit voy mendigando una ladera como el relente un sol de lo que mana. Miro a voces en ti, mira ese río en la sombra del árbol reflejada igual, lo mismo, entre la diferencia de emoción, del sentir, que hace la escala doblemente vital. Leche de brisas para dar de beber a la eficacia de los caminos blancos, que se pierden por querer ir donde se va sin nada. Ah, destempladme. ¿Quién me necesita? ¿Quién tiembla sólo de pensar que el alba o algún pájaro vuelan hacia un lado más suyo? Rama baja y rama alta. La belleza anterior a toda forma nos va haciendo a su misma semejanza.
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¡Qué hostia la del aliento, qué manera de crear, qué taller claro de muerte! No sé cómo he vivido hasta ahora ni en qué cuerpo he sentido pero algo me levanta al día puro, me comunica un corazón inmenso, como el de la meseta, y mi conjuro es el del aire, tenso por la respiración del campo henchida muy cerca de mi alma en el momento en que pongo la vida al voraz paso de cualquier aliento.
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A las puertas de la ciudad
Voy a esperar un poco a que se ponga el sol, aunque estos pasos se me vayan allí, hacia el baile mío, hacia la vida mía. Tantos años hice buena pareja con vosotros, amigos. Y os dejé, y me fui a mi barrio de juventud creyendo que allí estaría mi verbena en vano. ¡Si creí que podíais seguir siempre con la seca impiedad, con el engaño de la ciudad a cuestas! ¡Si creía que ella, la bien cercada, mal cercado os tuvo siempre el corazón, y era todo sencillo, todo tan a mano como el alzar la olla, oler el guiso y ver que está en su punto! ¡Si era claro: tanta alegría por tan poco costo era verdad, era verdad! Ah, cuándo me daré cuenta de que todo es simple. ¿Qué estaba yo mirando que no lo vi? ¿Qué hacía tan tranquila mi juventud bajo el inmenso arado del cielo si en cualquier parte, en la calle, se nos hincaba, hacia el trabajo removiéndonos hondo a pesar nuestro? Años y años confiando en nuestros pobres laboreos, como si fuera nuestra la cosecha, y cuánto, cuánto granar nos iba cerniendo la azul criba del espacio, nada era nuestro ya: todo nuestro amo. Como el Duero en abril entra la casa del hombre y allí suena, allí va dando su eterna empresa y su labor, y, entonces, ¿qué se podría hacer: ponerse a salvo con el río a la puerta, vivir como si no entrara hasta el cuarto, hasta el más simple adobe el puro riego de la tierra y del mundo?; y bien, al cabo así nosotros, ¿qué otra cosa haríamos sino tender nuestra humildad al raso, secar al sol nuestra alegría, nuestra sola camisa limpia para siempre? Basta de hablar en vano que hoy debo hacer lo que debí haber hecho. Perdón si antes no os quise dar la mano pero yo qué sabía. Vuelvo alegre y esta calma de puesta da a mis pasos el buen compás, la buena marcha hacia la ciudad de mis pecados. ¡De par en par las puertas! Voy. Y entro tan seguro, tan llano como el que barbechó en enero y sabe que la tierra no falla, y un buen día se va tranquilo a recoger su grano.
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A LAS GOLONDRINAS
Gracias, gracias os doy con la mirada porque me habéis traído aquellos días, vosotras, que podéis ir y volver sin perder nada.
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ALTO JORNAL
Dichoso el que un buen día sale humilde y se va por la calle, como tantos días más de su vida, y no lo espera y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto y ve, pone el oído al mundo y oye, anda, y siente subirle entre los pasos el amor de la tierra, y sigue, y abre su taller verdadero, y en sus manos brilla limpio su oficio, y nos lo entrega de corazón porque ama, y va al trabajo temblando como un niño que comulga mas sin caber en el pellejo, y cuando se ha dado cuenta al fin de lo sencillo que ha sido todo, ya el jornal ganado, vuelve a su casa alegre y siente que alguien empuña su aldabón, y no es en vano.
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La contrata de los mozos
¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Qué hacemos todos en medio de la plaza y a estas horas? Con tanto sol, ¿quién va a salir de casa sólo por ver qué tal está la compra, por ver si tiene buena cara el fruto de nuestra vida, si no son las sobras de nuestros años lo que vendemos? ¡A cerrar ya! ¡Vámonos pronto a otra feria donde haya buen mercado, donde regatee la gente, y sise, y coja con sus manos nuestra uva, y nos la tiente a ver si es que está pasa! ¿A qué otra cosa hemos venido aquí sino a vendernos? Y hoy se fía, venid, que hoy no se cobra. Es tan sencillo, da tanta alegría ponerse al sol una mañana hermosa, pregonar nuestro precio y todo cuanto de hombres darlo a la redonda. Hemos venido así a esta plaza siempre, con la esperanza del que ofrece su obra, su juventud al aire. ¿Y sólo el aire ha de ser nuestro cliente? ¿Sin parroquia ha de seguir el que es alquiladizo, el que viene a pagar su renta? Próspera fue en otro tiempo nuestra mercancía, cuando la tierra nos la compró toda. Entonces, lejos de esta plaza, entonces, en el mercado de la luz. Ved ahora en que paró aquel género. Contrata, lonja servil, teatro de deshonra. Junto a las duras piedras del rastrillo, junto a la hoz y la criba, el bieldo y la horca, ved aquí al hombre, ved aquí al apero del tiempo. Junto al ajo y la cebolla, ved la mocil cosecha de la vida. Ved aquí al mocerío. A ver, ¿quién compra este de pocos años, de la tierra del pan, de buen riñón, de mano sobria para la siega; este otro, de la tierra del vino, algo coplero, de tan corta talla y tan fuerte brazo, el que más rinde en el trajín del acarreo? ¡Cosa regalada!
Y no viene nadie, y pronto el sol de junio irá de puesta. Próspera fue en otro tiempo nuestra mercancía. Pero esperad, no recordéis ahora. ¡Nuestra feria está aquí! Si hoy no, mañana; si no mañana, un día. Lo que importa es que vendrán, vendrán de todas partes, de mil pueblos del mundo, de remotas patrias vendrán los grandes compradores, los del limpio almacén. ¡Nadie recoja su corazón aún! Ya sé que es tarde pero vendrán, vendrán. ¡Tened la boca lista para el pregón, tened la vida presta para el primero que la coja! Ya sé que hoy es igual que el primer día y así han pasado una mañana y otra pero nuestra uva no se ablanda, siempre, siempre está en su sazón, nunca está pocha. Tened calma, los oigo. Ahí, ahí vienen.
Y así seguimos mientras cae la tarde, mientras sobre la plaza caen las sombras.
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CÁSCARAS
1 El nombre de las cosas que es mentira y es caridad, el traje que cubre el cuerpo amado para que no muramos por la calle ante él, las cuatro copas que nos alegran al entrar en esos edificios donde hay sangre y hay llanto, hay vino y carcajadas, el precinto y los cascos, la cautela del sobre que protege traición o amor, dinero o trampa, la inmensa cicatriz que oculta la honda herida, son nuestro ruin amparo. Los sindicatos, las cooperativas, los montepíos, los concursos, ese prieto vendaje de la costumbre, que nos tapa el ojo para que no ceguemos, la vana golosina de un día y otro día templándonos la boca para que el diente no busque la pulpa fatal, son un engaño venenoso y piadoso. Centinelas vigilan. Nunca, nunca darán la contraseña que conduce a la terrible munición, a la verdad que mata.
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“Por tierra de lobos” ARRODILLADO sobre tantos días perdidos contemplo hoy mi trabajo como a esa ciudad lejana, a campo abierto. Y tú me culpas de ello, corazón, duro amo. Que recuerde y olvide, que aligere y que cante para pasar el tiempo, para perder el miedo; que tantos años vayan de vacío por si nos llega algo que cobije a los hombres. Como siempre, ¿eso quieres? En manada, no astutos sino desconfiados, unas veces altivos otras menesterosos, por inercia e ignorancia, en los brazos del rencor, con la honra de su ajo crudo y de su vino puro, tú recuerda, recuerda cuánto en su compañía ganamos y perdimos. ¿Cómo podrás ahora acompasar deber con alegría, dicha con dinero? Mas sigue. No hay que buscar ningún beneficio. Lejos están aquellas mañanas. Las mañanas aquellas pobres de vestuario como la muerte, llenas de rodillas beatas y de manos del marfil de la envidia y de unos dientes muy blancos y cobardes, de conejo. Esas calles de hundida proa con costumbre añosa de señera pobreza, de raída arrogancia, como cuñas que sostienen tan sólo una carcoma irremediable. Y notas de sociedad, linaje, favor público, de terciopelo y pana, caqui y dril, donde la adulación color lagarto junto con la avaricia olor a incienso me era como enemigos de nacimiento. Aquellas mañanas con su fuerte luz de meseta, tan consoladora. Aquellas niñas que iban al colegio de ojos castaños casi todas ellas, aún no lejos del sueño y ya muy cerca de la alegría. Sí, y aquellos hombres en los que confié, tan sólo ávidos de municiones y de víveres… A veces, sin embargo, en esas tierras floreció la amistad. Y muchas veces hasta el amor. Doy gracias.
II
Erguido sobre tantos días alegres, sigo la marcha. No podré habitarte, ciudad cercana. Siempre seré huésped, nunca vecino. Ahora ya el sol tramonta. De esos cerros baja un olor que es frío aquí en el llano. El color oro mate poco a poco se hace bruñida plata. Cae la noche. No me importó otras veces la alta noche, recordadlo. Sé que era lamentable el trato aquel, el hueco repertorio de gestos desvencijados sobre cuerpos de vario surtido y con tan poca gracia para actuar. Y los misales y las iglesias parroquiales, y la sotana y la badana, hombres con diminutos ojos triangulares como los de la abeja, legitimando oficialmente el fraude, la perfidia, y haciendo la vida negociable; las mujeres de honor pulimentado, liquidadas por cese o por derribo, su mocedad y su frescura cristalizadas en ansiedad, rutina vitalicia, encogiendo como algodón. Sí, sí, la vieja historia. Como en la vieja historia oí aquellas palabras a alta noche, con alcohol, o de piel de gamuza o bien correosas, córneas, nunca humanas. Vi la decrepitud, el mimbre negro. Oí que eran dolorosas las campanas a las claras del alba. Es hora muy tardía mas quiero entrar en la ciudad. Y sigo. Va a amanecer. ¿Dónde hallaré vivienda?
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Cuando amanece alguien con gracia de tan sencillas como a su lado son las cosas, casi parecen nuevas, casi sentimos el castigo, el miedo oscuro de poseer. Para esa propagación inmensa del que ama floja es la sangre nuestra. La eficacia de este hombre, sin ensayo, el negocio del mar que eran sus gestos ola a ola, flor y fruto a la vez, y muerte y nacimiento al mismo tiempo, y ese gran peligro de su ternura, de su modo de ir por las calles nos daban la única justicia: la alegría. Como quien fuma al pie de un polvorín sin darse cuenta íbamos con él y como era tan fácil de invitar no veíamos que besaba al beber y que al hacerle trampas en el tute, más en el mus, jugaba de verdad, con sus cartas sin marca. Él, cuyo oficio sin horario era la compañía, ¿cómo iba a saber que su Duero es mal vecino?
II
Caminos por ventilar que oreó con su asma, son de tambores del que él hizo arrullo siendo de guerra, leyes que dividían a tajo hombre por hombre de las que él hizo injertos para poblar su agrio vacío no con saña, menos con propaganda, sino con lo más fértil, su llaneza, todo ardía en el horno de sus setenta y dos años. Allí todo era alma siempre atizada, incendio sin cenizas
desde el sueldo hasta el hijo, desde las canas hasta la ronquera, desde la pana al alma. Como alondra se agachaba al andar y se le abría un poco el compás de las piernas, con el aire del que ha cargado mucho (tan distinto del que monta a caballo o del marino). Apagada la oreja, oliendo a cal, a arena, a vino, a sebo, iba sin despedida: todo él era retorno. Esa velocidad conquistadora de su vida, su sangre de lagartija, de águila y de perro, se nos metían en el cuerpo como música caminera. Ciegos para el misterio y, por lo tanto, tuertos para lo real, ricos en imágenes y sólo de recuerdos, ¿cómo vamos ahora a celebrar lo que es suceso puro, noticia sin historia, trabajo que es hazaña?
III
No bajo la cabeza, Eugenio, aunque yo bien sé que ahora no me conocerían ni aun en casa. La muerte no es un río, como el Duero, Ni tampoco es un mar. Como el amor, el mar siempre acaba entre cuatro paredes. Y tú, Eugenio, por mil cauces sin crecida o sequía, sin puentes, sin mujeres lavando ropa, ¿en qué aguas te has metido? Pero tú no reflejas, como el agua; como tierra, posees. Y el hilván de las calles de tu barriada al par del río, y las sobadas briscas, y el dar la mano sin dar ya veranon i realidad, ni vida a mansalva, y la lengua ya tonta de decir «adiós», «adiós», y el sol ladrón y huido, y esas torres de húmeda pólvora, de calibre perdido, y yo con este aire de primero de junio que hace ruido en mi pecho, y los amigos... Mucho, en poco tiempo mucho ha terminado. Ya cuesta arriba o cuesta abajo, hacia la plaza o hacia tu taller, todo nos mira ahora de soslayo, nos coge fuera de sitio. Nos da como vergüenza vivir, nos da vergüenza respirar, ver lo hermosa que cae la tarde. Pero por el ojo de todas la cerraduras del mundo pasa tu llave y abre familiar, luminosa y así entramos en casa como aquel que regresa de una cita cumplida.
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UN SUCESO
Tal vez, valiendo lo que vale un día, sea mejor que el de hoy acabe pronto. La novedad de este suceso, de esta muchacha, casi niña pero de ojos bien sazonados ya y de carne a punto de miel, de andar menudo, con su moño castaño claro, su tobillo hendido tan armoniosamente, con su airoso pecho que me deslumbra más que nada la lengua... Y no hay remedio, y le hablo ronco como la gaviota, a flor de labio (de mi boca gastada), y me emociono disimulando ciencia e inocencia como quien no distingue un abalorio de un diamante, y le hablo de detalles de mi vida, y la voz se me va, y me oigo y me persigo, muy desconfiado de mi estudiada habilidad, y pongo cuidado en el aliento, en la mirada y en las manos, y casi me perdono al sentir tan preciosa libertad cerca de mí. Bien sé que esto no es sólo tentación. Cómo renuncio a mi deseo ahora. Me lastimo y me sonrojo junto a esta muchacha a la que hoy amo, a la que hoy pierdo, a la que muy pronto voy a besar muy castamente sin que sepa que en ese beso va un sollozo.
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NOCHE ABIERTA
Bienvenida la noche para quien va seguro y con los ojos claros mira sereno el campo, y con la vida limpia mira con paz el cielo, su ciudad y su casa, su familia y su obra.
Pero a quien anda a tientas y ve sombra, ve el duro ceño del cielo y vive la condena de su tierra y la malevolencia de sus seres queridos, enemiga es la noche y su piedad acoso.
Y aún más en este páramo de la alta Rioja donde se abre con tanta claridad que deslumbra, palpita tan cerca que sobrecoge, y muy en el alma se entra, y la remueve a fondo.
Porque la noche siempre, como el fuego, revela, refina, pule el tiempo, la oración y el sollozo, da tersura al pecado, limpidez al recuerdo, castigando y salvando toda una vida entera.
Bienvenida la noche con su peligro hermoso.
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AMANECIDA
Dentro de poco saldrá el sol. El viento, aún con su fresca suavidad nocturna, lava y aclara el sueño y da viveza, incertidumbre a los sentidos. Nubes de pardo ceniciento, azul turquesa, por un momento traen quietud, levantan la vida y engrandecen su pequeña luz. Luz que pide, tenue y tierna, pero venturosa, porque ama. Casi a medio camino entre la noche y la mañana, cuando todo me acoge, cuando hasta mi corazón me es muy amigo, ¿cómo puedo dudar, no bendecir el alba si aún en mi cuerpo hay juventud y hay en mis labios amor?
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UNA LUZ
Esta luz cobre, la que más me ayuda en tareas de amor y de sosiego, me saca fuerzas de flaqueza. Este beneficio de que vicioso aliento hace rezo, cariño de lascivia, y alza de la ceniza llama, y da alas a la alianza; estos minutos que protegen, montan y ensamblan treinta años, poniendo en ellos sombra y mimo, perseverancia y humildad y agudo sacrificio, esta gracia, esta hermosura, esta tortura que me da en la cara, luz tan mía, tan fiel siempre y tan poco duradera, por la que sé que soy sencillo de reseña, por la que ahora vivo sin andamiajes, sin programas, sin repertorios. A esta luz yo quiero, de tan cárdena, cobre. Luz que toma cuerpo en mí, tiempo en mí, luz que es mi vida porque me da la vida: lo que pido para mi amor y para mi sosiego.
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BALLET DE PAPEL
A Francisco Brines
...Y va el papel volando con vuelo bajo a veces, otras con aleteo sagaz, a media ala, con la celeridad tan musical, de rapiña, del halcón, ahora aquí, por esta calle, cuando la tarde cae y se avecina el viento del oeste, aún muy sereno, y con él el enjambre y la cadencia de la miel, tan fiel, la entraña de la danza: las suaves cabriolas de una hoja de periódico, las piruetas de un papel de estraza, las siluetas de las servilletas de papel de seda, y el cartón con pies bobos. Todos los envoltorios con cuerpo ágil, tan libre y tan usado, bailando todavía este momento, con la soltura de su soledad, antes de arrodillarse en el asfalto. Va anocheciendo. El viento huele a lluvia y su compás se altera. Y vivo la armonía, ya fugitiva, del pulso del papel bajo las nubes grosella oscuro, casi emprendiendo el vuelo, tan sediento y meciéndose, siempre abiertas las alas sin destino, sin nido, junto al ladrillo al lado, muy cercano de mi niñez perdida y ahora recién ganada tan delicadamente, gracias a este rocío de estos papeles, que se van de puntillas, ligeros y descalzos, con sonrisa y con mancha. Adiós, y buena suerte. Buena suerte. (De El vuelo de la celebración)