Matías intenta asumir la muerte de su esposa, Raquel, y hace lo que puede para salir adelante junto a un hijo de corta edad que no deja de hacer preguntas para las que Matías no tiene respuesta. La policía habla de un posible suicidio, ya que el cuerpo fue encontrado sobre la acera bajo la ventana del domicilio familiar, pe ro él se niega a considerar esa posibilidad. Sostiene que todo iba bien, razonablemente bien. Nada en la conducta de Raquel le había permitido sospechar que se sentía mal; tampoco a ninguno de los que la conocieron en vida. Ni la menor señal, ni un momento de debilidad, ni una lágrima. Nada. La investigación, asignada a Enric Nasarre, un policía cargado de años y de buenas intenciones al que la experiencia ha enseñado a desconfiar de todo y de todos, permite desvelar los motivos y entender el infierno en el que Raquel vivió sus últimos días.
Pensando en qué salvar de este libro, no se me ocurre mucho: el argumento tiene agujeros gigantes, la trama no se sostiene, los personajes son tan clichés que les puedes poner la cara del personaje de televisión de turno y la prosa es de bajísima calidad, todo lugares comunes y frases hechas.
Además, es tan machista que cuesta creer que se haya escrito en este siglo. Todos los personajes femeninos (todos, hasta un secundario tangencial con una sola frase) están hipersexualizados y se presentan en función de hasta dónde les llega el escote o cuánto les marca el culo la falda. Por supuesto, a más atractivo sexual, más "malvado" es el personaje femenino (¿cómo se atreve?). Del primer protagonista masculino no sabemos si es alto o bajo, si tiene barba o se afeita, si es guapo o es feo... pero claro, ellos hacen, llevan la trama, no son meros objetos de la (babosa, en este caso) mirada masculina.